“Bodega”, de Marcelo Gobbo: Leves Instrucciones

Luis Gregorich, en su libro Cómo leer un libro (CEAL, 1972) admite que, después de más de dos milenios de producciones de libros, no parece lícito (ni honesto) que se hable de la especie “libro” como de algo fijo y esencial. Recuerda además que Paul Valéry lo llamó “máquina para leer”, hecha la salvedad de que no podía usárselo mecánicamente. Y (aquí lo que puntualmente nos atañe esta noche) define al libro así: “El libro no es sino cierta intersección afortunada de texto y lectura”.

Hablar de ciertas intersecciones entre texto y lectura presupone, al mismo tiempo, la existencia de las no intersecciones entre estos dos fenómenos, de su desencuentro. Hay citas con textos que nunca se dan o que llegan tal vez demasiado tarde (o demasiado pronto). Pero hay otra instancia, posterior a la del encuentro entre texto y lectura: podríamos definirla como la/s clave/s de acceso al texto. Estas claves de acceso son las que (materialmente, simbólicamente) posibilitan y acaso producen la lectura.

A partir de este concepto, quiero abordar las cualidades de la novela Bodega, del escritor Marcelo Gobbo, contando con el auxilio del propio autor y de la artista Viviana Errecalde.

Clave de acceso 1: El Género. Bodega está escrita con un estilo puntual, preciso, económico. Pero nó la economía verbal de Borges, que se escribía cuentos de 20 páginas, con largos períodos plenos de subordinadas (que nos encanta, ojo). No, la economía de la Bodega de Gobbo (guarda con la polisemia) es literal: está engendrada por el hecho de que el texto originalmente era un guión.

Rara avis: el camino común suele ser el inverso: las novelas se transforman en guiones, que devienen películas. Otras veces (las peores, acaso), los guiones devenidos películas, o películas que ni siquiera conocieron guión alguno, engendran la conveniente novela para solaz de los desprevenidos lectores.

Bodega fue, originalmente, un guión. Las escenas están cantadas, podríamos decir. Vemos el escenario, vemos los actores, los pasajes de transición. Lo cual nos lleva de lleno a la siguiente clave de acceso de la novela.

Clave de acceso 2: La estructura. La estructura de Bodega responde a la de las tragedias griegas: el hecho fundamental, catalizador de la acción, ya ha ocurrido. En las tragedias clásicas ya todo ha ocurrido: las naves no pueden zarpar y el oráculo ha dictaminado que Agamenpon debe sacrificar a Ifigenia; la peste invade Tebas y Edipo no sabe que el causante es él mismo, que ha matado a su propio padre.

En la novela Bodega, asistimos al lento desenlace, a la escena ulterior, a los resabios de ese big bang invisible. Como el Neo de “Matrix”, los personajes (me cuesta mucho no decir “actores”) no tienen que decidir, sino entender las decisiones que ya tomaron. Los bandos son puramente nominales: el enemigo es invisible, inaccesible.

Quisiera compartir un fragmento de un texto de Nietzsche, titulado “Sócrates y la tragedia” que nos cae pintiparado para la ocasión: “La tragedia, surgida de la profunda fuente de la compasión, es pesimista por esencia. La existencia es en ella algo muy horrible; el ser humano, algo muy insensato. El héroe de la tragedia no se evidencia, como cree la estética moderna, en la lucha con el destino, tampoco sufre lo que merece. Antes bien, se precipita a su desgracia ciego y con la cabeza tapada: y el desconsolado pero noble gesto con que se detiene ante ese mundo de espanto ante ese mundo que acaba de conocer, se clava como una espina en nuestra alma”.

La pregunta que se desprende de esta lectura es: si Bodega es una tragedia (o al menos, responde a la estructura y a la visión “trágicas”), entonces ¿quién es el héroe en Bodega? ¿hay héroes posibles en ese mundo pesimista y sin horizonte?

Clave de acceso 3. El Escenario. La escena de Bodega transcurre en el futuro, una versión del futuro, una versión indeseable (seamos honestos). Todo lo contrario de una Utopía: una Distopía, una versión distópica de la humanidad.

Una leve digresión sobre esto. Hubo un tiempo en que casi todas las culturas de la mentada humanidad ubicaban la Edad de Oro en el pasado: los griegos, los chinos, los egipcios. La revolución industrial y el liberalismo ubicaron la Edad de oro en el futuro (el Cristianismo lo ubicó directamente en otro plano). Las versiones distópicas de la humanidad volvieron a la Edad de Oro a su plaza original: el pasado. Los ejemplos abundan: basta ver un montón de series y películas de ciencia ficción de los ‘80s, de las cuales sólo baste mencionar la trilogía “Mad Max” de George Miller o la “Brazil” de Terry Gillian.

Todo este largo fárrago para presentar el escenario de “Bodega”: la distopía. Pero es una versión particular de la distopía, una tercera posición, podríamos decir. Leemos, en el epígrafe de la segunda parte de la novela, la cita de la película “Les yeux sans visage” (“Los ojos son rostro”) de Georges Franju: “El futuro es algo que debió haber pasado hace mucho tiempo”, dice en ese filme el Satánico Doctor Génessier. Casi la contracara de este otro verso: “El futuro llegó hace rato”.

Las dos citas nos están diciendo acaso lo mismo (y aquí vuelve a surgir inquietante la sombra de “Matrix”): No estamos viviendo en el tiempo en el que creemos estar. O como lo escribió mejor Rimbaud: “La verdadera vida no existe. En realidad, no estamos en el mundo”.

Clave de acceso 4. La Intertextualidad. Bodega está atravesada por la intertextualidad, casi podríamos decir que fue “parida” desde la intertextualidad misma, de su casi autoconciencia de ser una obra intertextual. Desde el sonoro título, que nos remite irremediablemente al pueblo donde transcurren los hechos de “Los pájaros”, de Alfred Hitchcock hasta los epígrafes de las respectivas partes, las intertextualidades literarias y cinéfilas abundan, veladas o explícitas.

Mencionaré apenas unas gotas de ese océano: “La invasión”, de Hugo Santiago (1969), “Una avanzada del progreso”, la “Descripción de la Patagonia”, de Thomas Falkner. Otra, confesada por el propio autor: casi todos los nombres de Bodega son nombres de personajes de textos de Bioy Casares.

¿Qué dicen o callan esas citas, esos guiños gobbianos? ¿Qué cifra secreta proponen estas intertextualidades? ¿Son un mero artificio, un tour de force del autor? ¿Son rasgos episódicos o semánticos de la obra?

Nunca lo sabremos. Las claves de acceso a una obra no son respuestas: son apenas preguntas. Nos dicen, gentiles, desde qué sillón del pensamiento podemos sentarnos a leer esa obra.

Así como (según cuenta Umberto Eco) en la Edad Media, la Iglesia Cristiana proponía (de prepo) cuatro estrictas lecturas de los textos sagrados (la literal, la moral, la alegórica y la anagógica), así también nosotros hoy podemos postular estas cuatro claves de acceso para la lectura de Bodega y de cualquier texto que haya pergeñado la psique y el talento de Marcelo Gobbo: la estructura, el género, el escenario y la intertextualidad.

Estas han sido apenas nuestras leves instrucciones para acceder a la novela. A ustedes les queda ahora por transitar una de las aventuras más emocionantes: la lectura del texto desconocido.

Diego Rodríguez Reis

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Perlé Blanco Sobre Lino Blanco

Notas a “Todo lo que debemos decidir”, de Mónica de Torres Curth (Universidad Nacional de Río Negro, 2018).

Los cuentos de Todo lo que debemos decidir suceden en un mundo donde el entorno y las sensaciones se entrelazan, el paisaje se parece a sus personajes, es casi tan protagonista como ellos. Cada historia está, de algún modo, emparentada por la forma de ser, de actuar de sus personajes, que transcurren su tiempo haciendo pequeños gestos, muchas veces repetidos, algunas veces inútiles y siempre esperanzados.

La ingenuidad se instala entre el frío y el viento y esa misma ingenuidad redime y salva a sus actores. Hombres atrapados en la nieve, mujeres atrapadas en la limpieza, la comida, la prolijidad, niños atrapados en el silencio. Los personajes que habitan Todo lo que debemos decidir son muchas veces invisibles para alguien. Alguien que nunca llega, que no los ve a tiempo. La tensión se manifiesta en esas miradas que no llegan a ser, que no son capaces de captar el relieve sutil de los que desean ser vistos, delineados como en la servilleta blanca bordada con hilo blanco en la que Emma quiere envolver, ofrendar, su porción de torta de manzanas al chofer del colectivo.

En estos lugares casi siempre rurales, con humo y techo tiznado, los hombres son serios, secos, duros, parcos y de buen corazón, las mujeres tiernamente heroicas y esperanzadas, cumpliendo su misión, persiguiendo su deseo tenazmente.

Es un libro sensorial, con descripciones son tan precisas, tan exactas que se pueden sentir, tocar, oler. Los climas, los olores no son un decorado, son parte de la trama, motivo de placer o de conflicto, la leña que da vida, el frío y la soledad que matan, que entristecen.

Todo lo que debemos decidir guarda algo de ese mundo alejado de la tecnología y la ciudad que va quedando atrás, vuelto hoy un tesoro, una especie de paraíso perdido aunque sea un mundo plagado de dureza y sacrificio. Un mundo de gente valerosa y valiosa rescatada en estas páginas.

Cecilia Fresco

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Afuerados

Afuerados

Sin el adentro que abraza.

Encerrados afuera

en las calles

en las plazas

en bancos con filos de hierros.

No-lugar,

donde se pierde lo humano,

dolor

como dolor que cansa.

Sin las miradas ni las palabras.

Solos de abandono.

Afuerados.

***

24/7/18

Hay una situación inédita en la banal ciudad de Buenos Aires; como las baldosas rotas, así proliferan las familias que dejan de tener un techo sobre sus cabezas. Y el impúdico espacio público se puebla de la vergüenza íntima, privada, de las personas con sus cotidianidades expuestas a la indiferente mirada de quienes aún no fueron expulsados. Pero hay algo aún más brutal: el Estado de la Ciudad de Buenos Aires, al igual que el Estado Nacional, no están satisfechos con el índice de expulsados del sistema. Van por más, porque el mercado salvaje, como otrora los dioses voraces, impíos de los pueblos antiguos, exige el sacrificio de más y más víctimas. Para ello se han investido los monjes sicarios como Macri, Larreta, Vidal, Bullrich (ambos), Caputo, Peña, Stanley, entre otros siniestros personajes. El término “afuerados” fue acuñado por el Psicólogo Social Alfredo Moffat.

***

Territorio

Me pueblan las palabras;

territorio errante soy,

continente que viaja

y las traslada.

Hacen morada en las cosas…

Mesa: encuentro, desayuno,

autitos que resbalan,

tarea, sueño, ensueño,

masa de sal.

Cama: frío, ausencia,

abandono,

fiebre, arrullo,

sexo, desayuno,

encuentro,

tu amor y mi piel.

Tierra: jardín, promesa,

tiempo,

calma, espera, milagro.

Viaje: apertura,

mundo interno,

exploración,

asombro, encuentro.

Caracol: niño,

júbilo,

mar,

milenios.

Me circundan,

se trepan por mi falda.

Me pueblan,

me conquistan,

se me instalan.

Y demandan

que las libere,

ordenadas…

***

El acto de escritura sucede frecuentemente como un asalto que sorprende y toma desprovisto, desprovista en mi caso, de la organicidad oportuna para darle curso. No sé cómo sucederá con los escritores varones (ni si se puede hablar en término de géneros de la cuestión), pero no es ajeno a la condición femenina el estar haciendo varias cosas a la vez. Por eso mi casa está poblada de lápices y papel, a la espera de sus asaltos, que la única defensa propia que puedo esgrimir. “Que las libere ordenadas”, ya es trabajo. Ahí sí, suceden el método, el espacio y el tiempo para la delicada tarea de orfebrería que demandan las palabras.

***

Pivot de parca

En la ciudad de la furia

la muerte no se me anima.

Y un saxo,

cuando levanto la persiana,

echa al aire tangos,

entre malvones,

desde una esquina.

***

14/11/18

Hay lugares donde la muerte no se nos anima. Espacios triangulados por el rayo azul que le marca una frontera infranqueable, aunque nos pase silbando al oído.

Vivi Núñez

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Breve Vuelta a la Casa de Paddy Meakin

Vamos a dar la vuelta al barrio, dice Paddy. Es un barrio al lado del mar, con una playa de rocas, una zona casi rural de enormes campos y de abandonados jardines de extensiones considerables, de no-jardines más huertas que jardines. Las antiguas vías del tren recorren la costa hasta el pueblo y pasan frente a su casa.

Delante de la fila india va mi amigo Paddy Meakin; yo voy detrás. El hermano menor de los Meakin, Terry, junto a su hija Zara, de unos diez años, cierran la fila.

Terry y Paddy comentan que un toro suelto, bastante jodido, corrió a unos vecinos el día anterior. El ambiente cambia sabiendo que hay un toro bravo por ahí, una amenaza con ganas de embestir a los caminantes. Por eso miramos a todos lados al cruzar de campo a campo, antes de levantar los alambrados para pasar de un color al otro.

Zara me pregunta cómo aprendí inglés, cómo es mi ciudad, dónde vivo, si tengo novia, cuál es mi película favorita de todos los tiempos. Mientras atravesamos un terreno de pasturas altísimas, rodeados de rosa mosqueta, finalizo el cuestionario diciendo que probablemente Los Goonies, o quizá Volver al futuro, y ella sonríe porque las ha visto; tiene los ojos de un azul hermoso, aunque muy común en aquellas tierras.

Un poco más allá, llegamos hasta unos edificios abandonados. Dice Paddy que ahí funcionó una vieja fábrica de cerveza y que está abandonada hace más de cincuenta años. Una madre selva insistente se abraza a los ladrillos rojos aunque, quizá, sea al revés. Algunos edificios conservan el techo, otros sólo las paredes. La maleza y el bosque avanzan y van recuperando espacio y tiempo. Paddy y Terry miran el paisaje con la mirada vacía: viven perseguidos por desacuerdos propios de toda familia numerosa. La expedición, por más que parezca algo espontaneo, es una forma de acercamiento. La niña y yo, en cambio, estamos fascinados con los pequeños descubrimientos.

Más adelante se abre un campo amarillo de trigo que rodea un nogal de copa frondosa que se mantiene como un vigía, en el medio de todo. El cielo, hacia el oeste, trae nubes grises. Aguafuerte irlandesa de campo amarillo, árbol solitario y tormenta de fondo. Me llena de alegría ver el trigo tan alto y juego al laberinto y empiezo a correr y desaparezco entre los senderos que han marcado los animales. Terry me pregunta si he hecho alguna vez el jardín de infantes. Paddy trata de imitar el acto de bajar unas escaleras detrás de los trigales. Zara ríe de la horrible actuación de su tío.

Cruzamos el campo y volvemos a saltar un alambrado. Un poco más allá vemos vacas sueltas y tememos que el toro esté ahí, pero no nos prestan atención. Una selva cerrada nos recibe junto a un cartel que anuncia El bosque de las hadas. Han intervenido el espacio creando pequeñas casas de madera, colgando telas y cartelería de letras gótica, tratando de armar un circuito mágico, pero en realidad dan ganas de salir corriendo: es un lugar oscuro, frío, con una energía extraña. Terry parece incómodo y al mirar en derredor no encuentra a su hija, por lo que grita su nombre. Tras unos segundos de espanto, la niña aparece: sólo ha ido un poco más allá, pero había quedado oculta tras el laberinto de árboles y arbustos. Decidimos dejar atrás El bosque oscuro de las hadas y encaramos una senda que se convierte en un camino junto a un campo abandonado. Del otro lado del cerco, los arbustos crecen sin control. Después de saltar una tranquera, suena el celular de Terry; es su ex esposa, la madre de Zara, que pregunta dónde diablos está su hija. Terry da las indicaciones y a los pocos minutos, la senda desemboca en un camino de gravilla, donde un auto espera con los faros titilantes. La niña saluda al padre y al tío. Después, se detiene junto a mí. Me ha encantado conocerte, dice, eres una persona hermosa. Recibo un abrazo fugaz y la veo correr hasta el auto. En silencio, continuamos el sendero que bordea los campos hasta la estación de Kilcoole y enseguida estamos nuevamente frente a la casa de los Meakin, justo para ver las últimas luces tras las montañas de Wicklow.

Matías Castro Sahilices

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Héctor Kalamicoy: ¿Un Autor en Construcción?

1. Para un estado de la cuestión

Este año se cumple una década de la publicación de Introducción a un feo lugar, de Héctor Kalamicoy. Aunque la historia ya fue contada muchas veces -y esa reiteración es un indicio de la importancia del libro y de la polémica que suscitó- conviene aquí volver a contarla resumidamente. El libro de Kalamicoy resultó ganador de un concurso del Ministerio de Educación de la Nación, que (de acuerdo a uno de los jurados, Cristian Carrasco) tenía como objetivo “publicar textos característicos de la idiosincrasia neuquina, no necesariamente elegir lo más pintoresco sino tratar de mostrar un rango de interpretaciones lo más variado posible” [1]. Los poemas incluidos en el libro despertaron la ira y el desprecio de quienes prefieren ocultar la miseria y la explotación que implica el progreso de la capital neuquina. Según recuerdan Laura Duimich y Fernando Lizárraga en un artículo de 2016, “la propia Legislatura provincial, por iniciativa del MPN, repudió la obra de Kalamicoy. Luego los diputados nacionales del MPN hicieron lo propio ante la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados de la Nación y todo concluyó en una resolución que pedía el retiro de los ejemplares del libro maldito de todas las escuelas de la provincia de Neuquén” [2]. Para Kalamicoy esto significó muchas cosas: sus 15 minutos de fama más allá de las fronteras del campo literario local, la diversión de seguir avivando el alboroto con boutades cuando lo llamaban de diferentes radios de la zona, cruzarse con dos playeros de estación de servicio que discutían si era correcto considerar como poesía a sus escritos y que en el artículo mencionado Duimich y Lizárraga lo terminen considerando como una de las expresiones estéticas más logradas de la contracultura de la protesta [3]. En cuanto esto último, viene bien (como aporte a la hipótesis de Duimich y Lizárraga) transcribir lo consignado por Carrasco en el texto que recién citamos (escrito cuando “el affaire Kalamicoy” todavía estaba desarrollándose):

Conocí a Héctor alrededor del día en que mataron a Carlos Fuentealba, en una lectura frente a la gobernación donde varios poetas se habían reunido para apoyar a los docentes en lucha. (…) la performance musicalizada de los Hermanos Kalamicoy había sido de las más celebradas. Después lo vi un par de veces hasta que tuve la suerte de escucharlo leer en los Villancicos Vrutales. Cerca de doscientas personas lo aplaudieron y ovacionaron sus poemas. (…) este relato es para refutar a las personas que aseguran que a Kalamicoy nadie lo conoce y que saltó a la notoriedad con el escándalo de hace unos días.

Esta formidable entrada en la historia de la literatura con uno de los grandes poemas de la literatura patagónica, en el que se deja constancia de la bronca de quienes quedaron afuera de las prebendas de la burocracia emepenista y los jugosos sueldos petroleros, generó grandes expectativas en quienes supieron valorar la intervención de Kalamicoy. El texto de Carrasco, que se proponía defender a Kalamicoy empezando por señalar que no era un recién llegado, termina siendo también uno de varios textos en los que se empiezan a acumular esas expectativas, como queda claro en este párrafo: “[Kalamicoy] se va a justificar cuando más aristas y estilos de su obra se vayan conociendo y se revele, más allá de polémicas y los quince minutos de exposición mediática que generan, como el gran escritor que puede ser” (las cursivas son mías).

Se puede decir que estas expectativas, enunciadas por Carrasco con énfasis un tanto profético, ya estaban ahí, antes de la publicación de Introducción… En su “Oda al poeta de la Perca” (poema del libro Grunge, de 2007), Alfredo Jaramillo dibujó un retrato bastante certero de Héctor Kalamicoy. Lo hizo mirando al escritor oriundo de Mainqué a través del cristal de sus propias aspiraciones, como el escritor que Kalamicoy podía ser. En ese poema hay algo que “el poeta de la perca” tendría que dar y se le pide con insistencia: “yo te doy mis cosas, abandono la neurosis / con tal de que compartas el anillo de tu luz (..) desempolvá de una vez / esa historia que guardás (…) sin confesarla / tenés toda una nouvelle / a la que un día haremos plata”.

Un poco más de una década después de su primera publicación, leí la “Oda…” de Jaramillo y me pareció que no, que Kalamicoy no había cumplido con las aspiraciones del poeta de Alta Barda, ni con las expectativas que había generado la potencia de su Introducción…. Leí la “Oda…” de Jaramillo después de conocer a Kalamicoy en persona, en su casa prefabricada de un loteo de Cinco Saltos, en la que había terminado de instalar el tanque de agua cuando yo llegué a la tardecita con unos vinos y la intención de entrevistarlo. Después de charlar con él durante tres o cuatro horas, volví a Huergo entusiasmado con sus historias de cuando trabajó en una estación de servicio de Mainqué (a donde iba a bañarse el loco Carreño) y en los enormes galpones de empaque de Expofrut en el Valle Medio, y tantas otras cosas. Me pareció que es él quien mejor puede inventar al Valle de Río Negro y Neuquén como un lugar con voz propia en la literatura contemporánea o, más modestamente, que no podía haber otra figura de escritor tan representativa de lo que fue (o está dejando de ser por completo) el Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Después de conocerlo un poco, estoy bastante seguro de que Kalamicoy no estuvo del todo de acuerdo con aquel retrato de Jaramillo y sus aspiraciones, quizás porque desconfía del mito del éxito literario.

Si tomamos un criterio cuantitativo, habría que concluir en que Kalamicoy no está pagando las fichas que se le han puesto, porque en estos diez años apenas publicó un microrrelato (premiado en uno de esos concursos literarios españoles de los que solo importa la plata que entregan, si es que la entregan), algunos poemas en la antología Desorbitados, de 2010 y un par de cuentos: “No es país para milicos viejos”, publicado originalmente en la revista El Interpretador en el año 2009, incluido en 2011 en una Antología del cuento político latinoamericano publicada por Interzona; y “Ana en el río negro”, que integra la antología Armando Barda, editada por Cristian Carrasco y publicada en 2017 por la Editorial con Doble ZZ de Neuquén. Probablemente la cosa cambie este año, ya que hay una posibilidad de que el FER (Fondo Editorial Rionegrino) edite Omitimos el nombre, el libro de Kalamicoy que resultó elegido el año pasado en la convocatoria anual del FER, dentro de la categoría narrativa testimonial. Del libro ya se había difundido un capítulo en el sitio web de la Fundación Tomás Eloy Martínez.

A pesar de estas comprobaciones, una obra no puede juzgarse en términos cuantitativos ni de acuerdo a criterios de calidad prefabricados. Hay que comprender lo que la obra ofrece y lo que efectivamente logró. En este sentido, me parece que las expectativas que se han puesto sobre Kalamicoy y el reclamo implícito que estas conllevan (además de que a él deben provocarle cierto hastío o incomodidad, porque de algún modo le están reclamando que escriba lo que ellos no pueden escribir) impiden reconocer o comprender más profundamente qué es lo que su obra editada ya ofrece y posibilita. El mérito de haber brindado un primer paso a esta comprensión le corresponde a Duimich y Lizárraga. Sin embargo, aunque su trabajo es válido como ubicación de la obra de Kalamicoy en un contexto histórico, quizás falte aún una mejor comprensión de la poética de Kalamicoy y los modos en que abrió (o no) nuevos caminos en el campo más específico de la literatura patagónica.

2. Retazos de una entrevista

Yo estaba recién llegado a la casa de mis viejos, apenas comenzando el proceso de establecerme en el valle después de 12 años de vivir en Buenos Aires, cuando me enteré de que Kalamicoy había ganado el premio del FER al que me referí más arriba. Lo contacté por Facebook y a los pocos días fui hasta Cinco Saltos para entrevistarlo. Esto fue en agosto o septiembre de 2017. Por diversas razones recién ahora pude ponerme a rescatar algunos pedazos de esa entrevista.

Empecé por preguntarle acerca de Omitimos el nombre, la novela acerca del asesinato de la adolescente Otoño Uriarte, que desapareció en octubre de 2006 y fue encontrada muerta en un canal de riego en abril de 2007. Así me contó este triste suceso Kalamicoy cuando lo entrevisté: “Era una chica muy bonita que vivía alejada del pueblo en un loteo parecido a este. Y volviendo del pueblo, adonde había ido a jugar al vóley con sus amigas, desaparece. Era la chica más bonita del pueblo. Cuando desapareció se armó todo el revuelo… exactamente como funciona ahora: decían ‘se la llevó un camionero brasileño’, o que se había ido de la casa… Pasados seis o siete meses, la encontraron cuando se cortó el agua, en la usina del treinta, entre Cipolletti y Fernández Oro, para el lado de las bardas. Un chabón fue a pescar, o a recorrer la resaca que se forma en la usina, porque es un canal grande y ahí hay rejas, y encontró un cráneo pelado por el agua… llamaron a la policía y constataron que tenía la misma ropa que Otoño Uriarte”.

Mucho tiempo estuvo ocupado Kalamicoy con esa historia: como ya señalé, en 2009 escribió el cuento “No es país…” en el que el narrador y protagonista cuenta cómo encuentran el cuerpo de una joven en un canal de riego. En 2011 Kalamicoy presentó un proyecto para escribir una novela acerca del asesinato, que ganó el concurso del Fondo Nacional de las Artes para jóvenes escritores del interior del país. “La segunda vuelta –me contó Kalamicoy- fue bucear bien en la historia completa. Entrevisté al juez, a los policías, me hice medio amigo del padre de Otoño, andábamos dando vueltas de acá para allá. Me recorrí el crimen completo, hasta el posible asesino. Fui a charlar a la chacra donde vive. La estaba terminando de escribir en el 2012, pero en ese momento estaba naciendo mi hija, así que lo archivé todo”.

Le pregunté a Kalamicoy por qué le llamó tanto la atención este caso en particular: “Para mí -me respondió- muestra el avance del capitalismo en la sociedad actual. El capitalismo va convirtiendo todo en mercadería, entonces un chabón para estar bien y para ser alguien necesita una mina que esté linda a como dé lugar. Es lo que te venden los medios”.

Tengo a mano, a un par de clicks de distancia, la novela de Kalamicoy. También un libro de cuentos. Sin embargo, no me parece que corresponda comentar textos inéditos. Espero que pronto el FER cumpla con la edición de Omitimos… y que alguna editorial decida hacer llegar al público los cuentos de Kalamicoy. “No es mi fuerte el tema de la publicación -me contó Kalamicoy aquella vez-, porque no me llama mucho la atención. Las cosas se hacen y veremos el momento en que solas caminan, cuando la gente pide eso. La otra movida es darle lo que uno escribe a otros escritores, para que todos entre sí se lean, se husmeen los rabos, como pasa en Neuquén, donde publican un montón de libros que no tienen un público cierto. Y yo creo que se tiene que dar en algún momento el contacto con la realidad social”.

Aquella vez también hablamos de cómo fue el tiempo que Kalamicoy vivió en Buenos Aires. “Cuando me tocó andar por el conurbano -me contó-, vi que no tienen la misma mirada que tenemos nosotros en la Patagonia, tienen una mirada más limitada. En el conurbano están mucho más alienados y es mucho menor el nivel de los sueldos. Yo vivía como un salvaje allá, no pagaba boleto en el tren, me metía por la puerta de atrás al colectivo. Y la gente si no funcionaba el molinete se quedaban parados frente, enojados, todos tristes. Yo saltaba y me metía a la fuerza en el subte. Me encantaba ese anonimato total”. Para Kalamicoy, la cosa es muy distinta en la Patagonia: “Acá, vos con cualquier cosa haces una lanza. Es una mirada rebelde, contestataria. Acá se inventó el piquete, en Neuquén. Creo que es la perspectiva porque uno acá ve el horizonte y ve todo el mundo desde acá. Si me preguntás a mí qué quiero hacer, yo quiero mover el mundo. Y se lo preguntás a varios más y están en la misma historia. Vos podés hablar con un norteamericano y tener la misma rebeldía. Yo he conocido chabones que tranquilamente pueden entrar en el ritmo beatnik. Y mi adolescencia era así: andar con chabones que andaban en la ruta a dedo, buscando diversión, pero también leyendo. Esa diversidad vos la encontrás en Río Negro. En Neuquén no tanto por el sistema educativo, pero sí se mama la protesta. Son protestones y cualquier grito, tenés diez atrás que están prendiendo una molotov para quemar algo. Es un choque bárbaro que se da entre gente que tiene educación pero no atinó nunca a quemar nada y gente que está con el espíritu digno de prender fuego algo para ver cómo arde”.

Notas

[1]. Nota de agosto de 2008 disponible en http://carrascosolista.blogspot.com/2008/08/acerca-de-hctor-kalamicoy.html (consultado en agosto de 2018). Las siguientes citas de Carrasco fueron extraídas del mismo texto.

[2]. “Política y poesía en la disputa por la(s) identidad(es) neuquina(s)”, en Revista de Historia, N° 17, Noviembre 2016, pp. 4-27. Departamento de Historia, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional del Comahue.

[3]. Concepto acuñado por Ariel Petruccelli en su libro de 2005, Docentes y piqueteros: de la huelga de ATEN a la pueblada de Cutral-Có para definir a cierto segmento social de la ciudad patagónica y sus formas de practicar y entender la política. El concepto resultó sumamente fructífero para pensar la política neuquina, como lo demuestran la reedición del libro de Petruccelli en 2015 y la publicación en 2017 de Neuquén 60 20 10. Un libro de teoría política, volumen colectivo (dirigido por Laura Duimich, Suyai García Gualda y Julieta Sartino) en que diversos investigadores de la región lo analizan en detalle.

Este texto forma parte del libro “Recorridos. Crónicas y ensayos de un desubicado” (Remitente Patagonia, 2018).

Mauro Moschini

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Días de Pesca: Autor-izarse, Una Operación de Lectura

1 – La clínica consiste en interrogar lo que Freud ha dicho.

“…más vale un perro vivo que el discurso de un muerto, sobre todo cuando este llegó al grado de podredumbre internacional que alcanzó” J. Lacan.

En la clase VI del seminario “De un Otro al otro” Lacan comenta un corrillo, un eco que lo tiene como objeto, generado por una supuesta expresión suya: “Freud y yo”. Expresión que habría causado cierto revuelo por su atrevimiento: “Miren esto, no se cree poca cosa” A continuación, Lacan relata una simpática anécdota: “Era en la época en la que en compañía del pequeño Louis me entregaba a la más difícil de las modestas industrias que dan de comer a las poblaciones costeras. Había allí tres tipos excelentes cuyos nombres me son aún queridos, con los que hice muchas cosas en las cuales no me detengo, y estaba el tal Louis. Acabábamos de consumir una lata de sardinas, y ésta flotaba cerca del barco. Louis me dijo entonces estas palabras muy simples: “Tú ves esa lata porque la miras. Pues bien, ella no necesita verte para mirarte”. La relación de esta anécdota con Freud y yo deja planteada la pregunta de dónde me ubico en ésta pareja. Y bien, tranquilícense, siempre me ubico en el mismo lugar, en ese donde estaba y donde sigo aún vivo. Freud no necesita verme para mirarme”

Digamos que a Lacan no le faltan razones, sobre todo porque pasó su vida sosteniendo una interrogación sobre la obra de Freud. Y viceversa: No quedan dudas de que se sentía mirado por él. Interrogado, interpelado. Transferencia supuesta y sostenida por la mirada. Lo que nos lleva a cuestionar la linealidad temporal progresista inherente a la idea de “Teorías superadoras”. Evidentemente cae la idea de que Freud “ya fue”. Redoblamos la apuesta y afirmamos que es posible interrogar a Lacan a partir de la palabra de Freud: Freud autor de Lacan entonces, Lacan, autor de Freud.

2

Es famosa la aseveración de Lacan que reza, “Un analista se autoriza a sí mismo”. Durante muchos años no comprendí el significado de la frase. Hoy creo entenderla, tal vez, no como la comprendía Lacan, pero supongo no estar muy lejos de su proposición. Para autor-izarse es insoslayable la operación de lectura. Y no hay Uno con mayúscula, más que por fuera de una operación de lectura. Es decir, que en este movimiento, en esta dirección, la figura del lector y el intérprete es decisivo. Cayendo entonces la figura del exégeta, del hermeneuta.

La operación de lectura puede convertirnos en autor de nuestros autores. (Digamos de pasada, que hasta la palabra de Dios en los evangelios tiene al menos cuatro versiones) En el seminario nueve, “La identificación”, Lacan dice:”…tengo conciencia de no hacer aquí ninguna otra cosa más que permitirles transportarse conmigo al punto al que a nosotros, múltiples, ya están llegando los mejores” Lacan se refiere a “sus autores”, a sus fuentes de inspiración. En la ocasión se trata, nada menos, que de Maurice Blanchot.

El notable texto de Jorge Cermeño , “Los autores de Lacan” publicado en la revista COSECHA ROJA N° 2, comienza con una cita de Julia Kristeva de la “Semiótica” que dice: “El verbo leer, para los antiguos, un significado que merece recordemos y resaltemos…Leer es también “recoger”, “recolectar”, “espiar”, reconocer las huellas”, “coger”, “robar”.

No quedan dudas de la relación e implicancia entre sexualidad y lectura. “leer denota pues”, agrega Cermeño, “una participación agresiva, una apropiación del otro”.

Y en el horizonte, siempre hay algo que no cesa de no escribirse. ¿También de no leerse?

Jorge se pregunta, no sin un marcado humor:” Los autores de Lacan, ¿Todos para uno? ¿Uno para todos? En ese caso, el Uno excepcional, ¿sería un autor? El autor, ¿es o se construye en esa operación? Redoblo sobre lo dicho y agrego: no hay Un autor, con mayúscula. Hay autores, porque la impertinencia permite y propicia su abajamiento para no constituir religión” (…) Para nosotros, que nos autor-izamos, podríamos hacer cualquier cosa a partir de la operación que llevamos a cabo, incluso podríamos no ser lacanianos. ¿O es que “freudiano”, “lacaniano” son nombre del ser?

Entre otros “movimientos subjetivos”, lo que nos autor-iza es la impertinencia…de nuestra lectura. Algo similar a seducir y dejarse seducir por la escritura. De ahí la implicancia de lo sexual en esta operación. Mirar y ser mirado. ¿Erómenos y erastes en banda de moebius?

Transcribo a continuación un breve fragmento leído por Lacán en el seminario “La identificación”, extraído del texto de Blanchot, “Thomás l obscur”:

“Y en su pieza, los que entraban, viendo su libro siempre abierto en la misma página, pensaban que fingía leer. Leía. Leía con una minuciosidad y una atención insuperables. Se hallaba ante cada signo en la situación en que se encuentra el macho cuando la mantis religiosa va a devorarlo. Uno y otro se miraban. Las palabras salidas de un libro, tomaban una potencia mortal, ejercían en la mirada que las tocaba una atracción suave y afable. Cada uno, como un ojo semicerrado, dejaba entrar la mirada viva en exceso que en otras circunstancias no hubiera padecido. Thomas se deslizaba entonces hacia esos corredores a los que se aproximaba sin defensa hasta el momento en que fue percibido por lo íntimo dela palabra. No era aún horroroso, al contrario, era un momento casi agradable que le hubiera gustado prolongar. El lector consideraba felizmente esa pequeña chispa de vida que no dudaba haber encendido. Se veía con placer en ese ojo que lo veía, su placer mismo se hizo grande, tan grande, tan implacable, que lo padeció con una especie de horror, y, al pararse, momento insoportable; sin recibir de su interlocutor un signo cómplice, percibió la extrañeza que había en ser observado por una palabra como por un ser viviente. Y no sólo por una palabra, sino por todas aquellas que la acompañaban y que contenían a su vez, en sí mismas otras palabras, como una serie de ángeles abriéndose hacia el infinito, hasta el ojo del absoluto.”

Para finalizar, no sabemos muy bien que es “el deseo del analista”, figura cada día más platónica, la del analista, la del deseo. Pero acompaño el texto de Blanchot que me sugiere: no hay deseo sin su soporte fantasmático.

Alejandro Izaguirre

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Como Borracho en la Oscuridad

¿Es acaso posible habitar el espacio de frontera?Ese punto exacto donde más claramente se separan dos cosas, y que a su vez es exactamente donde se unen, ¿es lo suficientemente claro como para distinguirlo y poseerlo?

Mi pensamiento reflejo al considerar la frontera me lleva de manera automática al límite con nuestra hermana república chilena, posiblemente como consecuencia de poblar la cordillera los pasados años: esa línea que corre de sur a norte por las montañas, con la rectitud de una persona en estado de ebriedad; un gigante accidente geográfico cuya presencia genera consecuencias que no alcanzamos a considerar con la profundidad que realmente merece.

Pero hay también otro tipo de fronteras cuyos espacios son tanto o más inabarcables, límites más intangibles que en muchas ocasiones pueden llegar a ser incluso autoimpuestos, que pueden ser personales e incluso sociales.

La argenta ciudadanía de nuestra República comienza a atravesar un nuevo espacio de frontera, en la medida que este 2019 transite lento y sin pausa hasta el mes de octubre, cuando podrá decidir nuevamente respecto de su también argento futuro.

Mientras tanto, lo que queda del mejor equipo de los últimos 50 años sigue batiendo récords negativos en materia económica, el presidente se esfuerza denodadamente en destrozar todas y cada una de sus promesas de campaña, y la visita al súper está cada vez más brava. Cambiamos.

Estoy seguro que esta gente que hace como que gobierna ya cruzó alguna frontera porque, cómo convive el Chevrolet Cruze meritocrático 2016, ese que reflejaba un “mundo donde cada persona tiene lo que merece”, de aquellos “que no quieren tener poder, sino que quieren tener y poder”, esa “minoría que no para de avanzar y que nunca fue reconocida hasta ahora”; con el nuevo Plan Chevrolet “Pensado para tiempos difíciles” 2019, “que te da la seguridad de saber cuánto vas a pagar” y que te “va a respaldar en las buenas y las malas”, “aunque sean tiempos de incertidumbre”.

Debe haber habido algún momento en el que el sueño meritocrático se hizo añicos, o tal vez en el que se comprobó a la mayoría que esa minoría era más exclusiva de lo que pensaban, y que no había lugar para ellos en aquella tierra en la que “el que llegó, llego por su cuenta sin que nadie le regale nada”.

¿Como se cruzea esa frontera en la que asumimos un error propio, ese espacio de autocrítica que nos haga replantear piezas fundamentales de nuestra arquitectura intelectual? Y en el caso de una Nación, de una identidad colectiva forjada por sus fronteras y símbolos, ¿cómo se modifica el zeitgeist imperante?

Porque la verdad es que el Estado Nacional Argentino no le regala nada a nadie, si no que hasta fines de 2015 fue una suerte de socio benefactor para todos y cada uno de sus ciudadanos, acompañándolos a todos en la medida de sus posibilidades aunque hubiera quienes así no lo vieron.

Y hoy aquí estamos, todos regalándole el fruto de nuestro esfuerzo a quienes nunca les regalan nada, pero se les perdona todo; la minoría de siempre que no se quiere reconocer, el decil más alto que recibió la “ayuda” estatal hasta el empacho, pero siempre quejándose de no necesitarlo; quienes timbean con la plata de todos para llevarse solos los réditos. Los mismos de siempre en definitiva, que nadan con total impunidad entre las tasas de interés, los balances positivos, las corporaciones y las finanzas, los intereses de la deuda –deja vú– y las nuevas colocaciones con sus comisiones, la compra venta monetaria al son del dólar alcista, las cosechas y las silobolsas con el alimento como pilar de la inflación descontrolada.

Una buena parte del 51 por ciento habrá de ver qué hacer con esa enorme cuota de orgullo que nos llama a mantenernos allí aún cuando lo sabemos errado, como quién se ahoga durante una inundación por no querer abandonar su morada a la naturaleza implacable; porque es muy posible que se llegue a una instancia en la que el viraje de 360 grados será inevitable. Un nuevo ballotage y vos, chabón, ¡¿de qué lado estás?!

Lo que me preocupa es que, ante estas instancias, la decepción suele llevar al descreimiento y, una vez que el hastío se instala, la dificultad de regresar es incluso mayor. Y qué doloroso es ver las caras de tristeza y preocupación, la angustia del lejano fin de mes y la billetera liviana, la preocupación ante la factura de los servicios.

Cada tanto me encuentro pensando en aquella Argentina de la educación pública entregando computadoras que enviaba satélites científicos al espacio; otras veces me pongo más mundano y recuerdo el “país del churrasco” (Asís dixit), y no puedo evitar la melancolía por aquel cercano ayer que parece tan pero tan lejano.

Y si bien no está confirmado ni por asomo que lo peor haya pasado, nos dirigimos a la frontera que marca el final de este gobierno del hombre niño de ojos color cielo, por lo menos en su primera intentona. El horizonte resulta confuso desde aquí, y más allá de los clamores de unidad sazonados por los personalismos de siempre, todavía no hay opción que hable claramente sobre cómo sacarán a nuestro hermoso país del entuerto en el que la corporación ceocrática nos ha metido, con compromisos de deuda avalados por el FMI –que tranquilidad ¿no?– que pronto asestarán un golpe brutal a nuestra economía, con el retorno de las renegociaciones, los intereses de la deuda y otros tantos que ya conocemos a través de nuestras cicatrices.

En definitiva, no queda más que esperar que tarde o temprano cumplamos con el tránsito por el lado oscuro de la luna y la tan ansiada luz nos enseñe los restos tras el desastre. Afortunadamente somos una sociedad resiliente, que ya se ha levantado de entre las cenizas en más de una ocasión, para retomar así el sendero de grandeza que esta argenta tierra se merece.

Y ante este panorama, en medio de estos tiempo sinciertos, ha llegado la hora de que yo también cambie de horizonte, de reconocer que esto acá hasta acá llegó y de que es hora de avanzar. Siempre resulta interesante encontrarse cara a cara ante estos virajes que, en cierta manera, terminan por reconstruirnos como individuos; momentos en los que la posesión de lo grande vuelve a ser una posibilidad.

Porque el que se avecina es un tiempo en que “todas las cosas pasan a la luz y se manifiestan”, cuando “la fuerza y la claridad se unen”. La taba está en el aire y, como en la bella patria, el incierto destino aguarda lleno de oportunidades para el desarrollo. Este flamante futuro enseñará a su tiempo cual es el nuevo espacio que ocuparé, contando con la fortuna de tener numerosas opciones, cada una con sus condiciones particulares.

Sea lo que fuere, velaré por administrarme correctamente de acuerdo al momento, velando por la “fortaleza en lo interior”, que se traduce en la “claridad y cultura en lo exterior” que posibilitan una manifestación “con finura y autodominio” para comandar el destino que se aproxima.

Tal vez el momento haya llegado, y ahora hay que demarcar el nuevo espacio que habitaré. Hace tiempo que ando a la búsqueda de un pequeño espacio de frontera propio para la realización de mi imperio personal, y si bien no está totalmente definido, comienzo a diagramar las pautas básicas, los lineamientos brutos de mi propia frontera.

Un espacio en el que la sociedad no se imponga tanto al individuo ni a su manera de pensar y actuar, en el que la envidia sea excepcional, donde la desconexión sea una posibilidad real y el contacto con la naturaleza inevitable. Un sitio para intentar un proceso de naturalización, en los límites de este sistema que desnaturaliza al ser humano hasta el punto de atentar directamente contra el ecosistema que lo sustenta.

Una tierra donde labrar un futuro cosechando los frutos del esfuerzo sea posible, descansando de los esfuerzos realizados en pos de la autosustentación, siendo “modesto y benévolo” para intentar “obtener todo como si acudiese a mis manos”, habitando un espacio de frontera que, pese a las señales, no se aún si existe.

Por Joaquín Domenech

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Los “No Lugares” y el Barrio

Hace ya un par de años leí Los no lugares. Espacios de anonimato de Marc Augé (profesor de antropología y etnología en París) y al charlar con Diego sobre “Espacios, lugares, territorios” (para ir bosquejando este número 15 de nuestra Rescate) vino en seguida a mi mente ese autor y ese tema.

“Si un lugar puede definirse como un espacio de identidad, relacional e histórico, lo opuesto definiría un no lugar”, un espacio de este mundo postmoderno de confluencia anónima y que se aproxima a la experiencia de soledad.

Vincula a los individuos que lo comparten en un fugaz cruce de miradas…

Podría decirse que es la paradoja de la incomunicación en la era de las telecomunicaciones…Un “no lugar” puede ser una sala de espera en un hospital, una autopista, un hipermercado, los medios de transporte o tu comentario por ejemplo en este sitio.

En un “no lugar” se mantienen contactos despersonalizados, los textos, las señales, las máquinas dan indicaciones precisas y explícitas y hacen innecesaria una relación estrecha entre personas.

Me impactó mucho este concepto de “los no lugares”pensando y recordando lo que representa la vida en el barrio, lugar donde formamos nuestra identidad personal y social en relación con los otros, nuestros vecinos y donde tendemos a no olvidar lo que vivimos en él, los rostros, los nombres, contactos que generan recuerdos…

¿Quién no recuerda (si ha vivido en un espacio urbano y hace algunos años) los comercios del barrio?: el almacenero, el zapatero, la tintorería o la vecina a la que pedíamos una tacita de azúcar, los juegos en la vereda, el Corso en Carnaval y tantos otros recuerdos…

En un lugar (como el barrio) echamos raíz, memoria, identidad, apego, creamos sentido, somos la suma de relaciones…

En un no lugar todo es rápido, efímero, carente de significado afectivo, lo vivimos pero como algo ajeno para ir de un lugar a otro…

Y ahora los dejo porque tengo que ir al súper a hacer unas compritas…..

Nos “vemos” en el próximo número de la Rescate…

Graciela Arakelián

Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019

Apuntes Para un Regreso

En las artes narrativas, los temas del regreso y de la memoria suelen nutrirse, conformarse y justificarse mutuamente, tal como puede acontecer en la vida. Las siguientes son apenas unas notas en torno a esa retroalimentación; esbozos e intuiciones para un texto que un día tal vez vuelva a escribir.

Regreso: del latín regressus (re, de nuevo, y gressus, marcha).Retorno, derivado de regredi ‘volver atrás’. De la familia etimológica de agredir.

Regresar: ir al lugar de donde se ha salido.

Nostalgia: del griego: nostos, regreso, y algos, dolor.

Memoria (memoria-ae, de memor-oris, el que recuerda). Facultad de recordar lo pasado.

Recordar: del latín recordari (re, de nuevo, y cordis, corazón). Literalmente: volver a pasar por el corazón.

* * *

Con El hombre quieto (The Quiet Man, 1952), el director John Ford retorna a la patria de sus padres. Pero esa Irlanda del regreso no es la real de 1952, sino aquella que tramaron su memoria y su imaginación. Son pocas las películas capaces de transmitir la frescura y la belleza de El hombre quieto: en ella, Ford opta por lo mítico antes que por el “realismo periodístico” y logra, a los 58 años, el film más encantador de toda su filmografía, una celebración del retorno en brillante technicolor. En contrapartida, con el regreso a Shinbone del político interpretado por James Stewart, en Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), John Ford opone el “realismo periodístico” al mito y logra uno de sus films más bellos y nostálgicos, una verdadera obra cumbre del western que es, al mismo tiempo, el canto del cisne del género. A una década de El hombre quieto y filmada en melancólico blanco y negro, “El hombre que mató a Liberty Valance” ―tal su correcta traducción― es la reflexión de un artista en la cima de su madurez, sobre su propio cine, la creación, la memoria y la historia. Sobre la vida, en suma, donde todo presente tiene algo para mentir sobre el pasado.

* * *

“Quien se aleja / De su casa ya ha vuelto.” Jorge Luis Borges, Para una versión del I King

* * *

En Retorno al pasado (Out of the Past, Jacques Tourneur, 1947), tal vez el mejor film noir jamás rodado, Robert Mitchum debe abandonar un apacible presente para regresar a su pasado y a la mujer que amó y lo traicionó. Ese viaje por la memoria se transforma en un ajuste de cuentas con los otros y consigo mismo: regresa para volver a ser quien en verdad es. De manera similar, el detective amnésico de La calle de las bodegas oscuras, la novela de Patrick Modiano, regresa a los lugares y a las personas que lo conocieron para así poder recobrar su identidad. En ambos casos, los espectros se reencarnan. Volver al pasado es eso: corporizar los fantasmas de aquellos que no habían muerto para descubrirnos a nosotros mismos como fantasmas, de los otros y propios, entre la foto y del espejo.

* * *

Mandala, ouroboros, Jano, el Uno, hoei/fan, yin/yang, punto y círculo. El regreso al origen, al centro: dejar de ser-se para ser.

* * *

En el tango, el regreso es recurso para aceptar el fracaso de la vanidad: Volver, La casita de mis viejos. Vencido y con la frente marchita, quien retorna ha comprendido, finalmente, la banalidad y la fatuidad detrás de las “locuras juveniles” que lo alejaron de su lugar de origen. También para reencontrarse de manera fatal con el amor que se perdió o se dejó perder y, de ese modo, corroborar las marcas del tiempo, hundiéndose en el río de Heráclito, que parece pero nunca es el mismo: Como dos extraños.

En la vuelta, el personaje se reencuentra con quien fue pero habiendo sido otro; y es en esa otredad donde se ha extraviado. Al regresar al origen, termina por dejar de ser ambos. No es casual que, en muchos tangos, detrás de ese hallazgo aceche la muerte.

* * *

“… las fábulas muchas veces enseñaban que el tiempo de nuestra vida transcurre mucho más veloz cuando menos fuerte y denso es nuestro centro de gravedad espiritual y que, por lo contrario, fluye más lento y menos rapaz mientras nuestra vida más le oponga una fuerza centrípeta, un núcleo central de valores, un significado alrededor del cual nuestra existencia pueda recogerse y anudarse como un hilo alrededor de un huso.”

“En muchas fábulas, esta fuerza centrípeta que suspende y atenúa la fuga del tiempo es el amor.” Claudio Magris, Ítaca y más allá

* * *

En el tango Por la vuelta, alguien ruega para que no se produzca otra interrupción amorosa. Contra el retorno a la oscuridad y la lluvia, la mujer llora para que el amor se quede. Esa mezcla entre tiniebla y humedad es la misma que se le adjudica de manera simbólica a la vida fetal. El regreso al amor no es la vuelta al origen biológico; es la nostalgia de la suspensión del tiempo, más aún, del salirse de tiempo, de instalarse en un perpetuo presente, de retornar a quien fuimos illo tempore y recobrar el Paraíso. (En El hombre quieto, el personaje interpretado por John Wayne encuentra a ambos: un amor —nada menos que con la espléndida Maureen O’Hara— y algo que se parece bastante al Paraíso.)

Releo uno de mis libros de cabecera, El secreto claro, que reúne los diálogos radiales entre Héctor A. Murena y D. J. Vogelmann. Allí, a partir de un relato Zen, me reencuentro con este fragmento:

Murena: (…) hay ciertas ocasiones en las cuales consigo escribir un tercio de página o pensar en cómo se hace una salsa o entregarme a hacer una salsa, y en esos instantes desaparezco. Claro, desaparecer, desaparecer. Y no desaparecer en una forma pasiva sino porque uno se entregó a arreglar una silla, se entregó a un amor…

Vogelmann: Ha salido del tiempo.

Murena: Ha salido del tiempo. Y de esos momentos en que uno consigue visitar a Dios no se puede decir nada.

* * *

“Siempre se vuelve al primer amor”, canta Gardel en Volver. Y los versos de Le Pera no ocultan la mundana preferencia por una fuga perpetua antes que por el regreso no deseado. A fin de cuentas, si los recuerdos nocturnos de ese tiempo-fuera-del-tiempo torturan al protagonista es porque, aunque vuelva, sabe que nada será igual. Allí sigue estando la quieta calle donde el eco habló, axial y mítica, pero para recordarle lo que ya no es, lo que se perdió, la caída. Otra vez, el cambiante río de Heráclito. Y la agresión del recuerdo en la bofetada de la memoria.

También en Milonga triste y en Naranjo en flor, por ejemplo, la certeza de algo, ese algo que es el dolor provocado por el amor perdido para siempre (esa música de amor perdido, diría Denevi), de esa imposibilidad de salirse del tiempo, torna estériles y sin sentido los regresos. Un cross al corazón con la mandíbula sobreviviendo al knock out.

* * *

En un instante,

la luna evoca

un hilo blanco

de luz

sobre el camino.

La ruta es su bordado,

Lentamente.

La aguja es la memoria.

Manejar por la ruta alude a los tres tiempos. Por delante, el futuro; sobre el volante, el presente; y el pasado, en el espejo retrovisor. Andar el camino es andar el tiempo. Conducir se parece un poco a jugar a la divinidad. El problema es que esa “divinidad” se nos esfuma cuando llegamos a destino.

Todo viajero carga con una culpa (Murena) pero el mismo viaje puede ser expiación. En el regreso se corrobora nuestra memoria: el recuerdo debe constatarse a pesar nuestro. Volvemos para comprobar cuán equivocados estábamos. Y en esa confirmación hay una posibilidad de renacer. O no.

Voy camino al lugar donde mi abuelo

me hizo reír

y el amoroso idioma de mis padres

habló mi infancia.

Nada de eso me queda y soy el mismo.

Villa María, 9/12/96

Tal vez, cuando por fin lleguemos a destino, cuando finalmente regresemos, descubramos que, en verdad, nunca fuimos los mismos y hemos sido todos y ninguno, diría Borges.

Apuntes para un regreso” fue publicado originalmente en el libro Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas (Ediciones De La Grieta, 2012).

Marcelo Gobbo

Revista “Rescate” N°14, Marzo 2018

Carolina Biscayart: Volver al Corazón Salvaje

Como la vuelta es el tema de esta edición de “Rescate”, yo me decido a volver a leer y a disfrutar los libros de Carlina Biscayart, poeta, narradora, matemática, astróloga y amiga queridísima de Bariloche.

La obra de Caro va creciendo y ampliando sus sentidos, se va desplegando en todas las direcciones: hacia los costados como brazos abiertos, hacia atrás y hacia abajo, en las profundidades de familia y parentesco y hacia arriba como las llamas del fuego que encienden sus poemas.

Empiezo por el último libro (de poesía, no podría abarcar en este espacio toda su obra) El inevitable trazo de las horas (Ediciones En Danza, 2018), el tiempo irremediable y su huella recorren este libro- El amor, el amor aquí y ahora, la decepción y lo que renace de ahí. Textos que no se conforman con lo que hay, con lo establecido y cercado y vuelven al corazón salvaje y parecen dialogar con Clarice Lispector, con lo poderoso que se esconde entre las líneas (entrelíneas) de un poema.

LO QUE NO SE SABE TAMBIÉN FLUYE

En esta tierra

ingrata

sin memoria del agua

han crecido mis flores

las raíces insisten

y mis hojas esclavas

testigos de la lluvia

que se va sin remedio

reverencian el cielo

son tan necias mis partes

no me dicen su sueño

en esta tierra

ingrata

sin memoria del agua

mis flores se abren

con ternura a la lluvia

que nunca nunca

las moja

ni tiene la piedad

de abandonarlas.

De “El Inevitable Trazo de las Horas”

Sigo con el segundo libro, La Trama que Sostiene los Jardines (EMB, 2015). No es casual el bellísimo título de este libro. Todos los títulos de este libro son bellísimos, acertados, potentes, tiernos. Está, al igual que en toda la poesía de Caro, pero tal vez más marcadamente en este libro, escrito en un lenguaje simple, amable y lúcido. Lo leo imaginando un diálogo con la poeta Wislava Szymborska, Lo dicho no es sólo sentimiento, las palabras buscan y piensan, traen reflexiones íntimas y universales al mismo tempo.

NOCHE DE JUNIO SOBRE EL LAGO

La luna se refleja

sobre el agua que olvidò el azul

el frÍo hace esas cosas

aleja llos colores

te obliga a ser como la luna

una luz derramada

en lo oscuro

libre de toda geometría

una luz

rabiosa.

De “La Trama que Sostiene los Jardines”

Y termino con su primer libro, Eso Otro se Llama Luna (El Surí Porfiado, 2014), pleno de imágenes bellas, de sentencias inquietantes.

SUBMUNDO

En la luna

hay una máquina

hay una antena

hay una arteria

hay un derrame hacia la tierra

hay árboles que parecen caracoles

hay huellas

hay cosas escritas como cráteres

Las flores de la luna no tienen pétalos

tienen voces.

De “Eso otro se llama luna”

Cada uno de estos libros genera un clima, un algo difícil de precisar. Siempre me dejan pensando en la verdad, pero no en la gran verdad universal, sino en la propia, la personal. Esa verdad que se refleja también en la forma, en el uso del lenguaje. Las palabras parecen responder a algo que no se puede traicionar ni cambiar para agradar, responden a la verdad interior, a la que no quiere callarse.

Hay, en toda la obra de Caro, lugar para los otros, mucho lugar para pintar amorosamente a los otros: abuelos, padres, hijos, hermanos, amores, amigos.

Leerla me devuelve a mi propio mundo, hay una empatía especial en estos poemas que conmueven y no hieren, que dicen esas cosas que uno tiene y sabe y no había podido expresar.

Cecilia Fresco

Revista “Rescate” N°14, Marzo 2018

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