Luis Gregorich, en su libro Cómo leer un libro (CEAL, 1972) admite que, después de más de dos milenios de producciones de libros, no parece lícito (ni honesto) que se hable de la especie “libro” como de algo fijo y esencial. Recuerda además que Paul Valéry lo llamó “máquina para leer”, hecha la salvedad de que no podía usárselo mecánicamente. Y (aquí lo que puntualmente nos atañe esta noche) define al libro así: “El libro no es sino cierta intersección afortunada de texto y lectura”.
Hablar de ciertas intersecciones entre texto y lectura presupone, al mismo tiempo, la existencia de las no intersecciones entre estos dos fenómenos, de su desencuentro. Hay citas con textos que nunca se dan o que llegan tal vez demasiado tarde (o demasiado pronto). Pero hay otra instancia, posterior a la del encuentro entre texto y lectura: podríamos definirla como la/s clave/s de acceso al texto. Estas claves de acceso son las que (materialmente, simbólicamente) posibilitan y acaso producen la lectura.
A partir de este concepto, quiero abordar las cualidades de la novela Bodega, del escritor Marcelo Gobbo, contando con el auxilio del propio autor y de la artista Viviana Errecalde.
Clave de acceso 1: El Género. Bodega está escrita con un estilo puntual, preciso, económico. Pero nó la economía verbal de Borges, que se escribía cuentos de 20 páginas, con largos períodos plenos de subordinadas (que nos encanta, ojo). No, la economía de la Bodega de Gobbo (guarda con la polisemia) es literal: está engendrada por el hecho de que el texto originalmente era un guión.
Rara avis: el camino común suele ser el inverso: las novelas se transforman en guiones, que devienen películas. Otras veces (las peores, acaso), los guiones devenidos películas, o películas que ni siquiera conocieron guión alguno, engendran la conveniente novela para solaz de los desprevenidos lectores.
Bodega fue, originalmente, un guión. Las escenas están cantadas, podríamos decir. Vemos el escenario, vemos los actores, los pasajes de transición. Lo cual nos lleva de lleno a la siguiente clave de acceso de la novela.
Clave de acceso 2: La estructura. La estructura de Bodega responde a la de las tragedias griegas: el hecho fundamental, catalizador de la acción, ya ha ocurrido. En las tragedias clásicas ya todo ha ocurrido: las naves no pueden zarpar y el oráculo ha dictaminado que Agamenpon debe sacrificar a Ifigenia; la peste invade Tebas y Edipo no sabe que el causante es él mismo, que ha matado a su propio padre.
En la novela Bodega, asistimos al lento desenlace, a la escena ulterior, a los resabios de ese big bang invisible. Como el Neo de “Matrix”, los personajes (me cuesta mucho no decir “actores”) no tienen que decidir, sino entender las decisiones que ya tomaron. Los bandos son puramente nominales: el enemigo es invisible, inaccesible.
Quisiera compartir un fragmento de un texto de Nietzsche, titulado “Sócrates y la tragedia” que nos cae pintiparado para la ocasión: “La tragedia, surgida de la profunda fuente de la compasión, es pesimista por esencia. La existencia es en ella algo muy horrible; el ser humano, algo muy insensato. El héroe de la tragedia no se evidencia, como cree la estética moderna, en la lucha con el destino, tampoco sufre lo que merece. Antes bien, se precipita a su desgracia ciego y con la cabeza tapada: y el desconsolado pero noble gesto con que se detiene ante ese mundo de espanto ante ese mundo que acaba de conocer, se clava como una espina en nuestra alma”.
La pregunta que se desprende de esta lectura es: si Bodega es una tragedia (o al menos, responde a la estructura y a la visión “trágicas”), entonces ¿quién es el héroe en Bodega? ¿hay héroes posibles en ese mundo pesimista y sin horizonte?
Clave de acceso 3. El Escenario. La escena de Bodega transcurre en el futuro, una versión del futuro, una versión indeseable (seamos honestos). Todo lo contrario de una Utopía: una Distopía, una versión distópica de la humanidad.
Una leve digresión sobre esto. Hubo un tiempo en que casi todas las culturas de la mentada humanidad ubicaban la Edad de Oro en el pasado: los griegos, los chinos, los egipcios. La revolución industrial y el liberalismo ubicaron la Edad de oro en el futuro (el Cristianismo lo ubicó directamente en otro plano). Las versiones distópicas de la humanidad volvieron a la Edad de Oro a su plaza original: el pasado. Los ejemplos abundan: basta ver un montón de series y películas de ciencia ficción de los ‘80s, de las cuales sólo baste mencionar la trilogía “Mad Max” de George Miller o la “Brazil” de Terry Gillian.
Todo este largo fárrago para presentar el escenario de “Bodega”: la distopía. Pero es una versión particular de la distopía, una tercera posición, podríamos decir. Leemos, en el epígrafe de la segunda parte de la novela, la cita de la película “Les yeux sans visage” (“Los ojos son rostro”) de Georges Franju: “El futuro es algo que debió haber pasado hace mucho tiempo”, dice en ese filme el Satánico Doctor Génessier. Casi la contracara de este otro verso: “El futuro llegó hace rato”.
Las dos citas nos están diciendo acaso lo mismo (y aquí vuelve a surgir inquietante la sombra de “Matrix”): No estamos viviendo en el tiempo en el que creemos estar. O como lo escribió mejor Rimbaud: “La verdadera vida no existe. En realidad, no estamos en el mundo”.
Clave de acceso 4. La Intertextualidad. Bodega está atravesada por la intertextualidad, casi podríamos decir que fue “parida” desde la intertextualidad misma, de su casi autoconciencia de ser una obra intertextual. Desde el sonoro título, que nos remite irremediablemente al pueblo donde transcurren los hechos de “Los pájaros”, de Alfred Hitchcock hasta los epígrafes de las respectivas partes, las intertextualidades literarias y cinéfilas abundan, veladas o explícitas.
Mencionaré apenas unas gotas de ese océano: “La invasión”, de Hugo Santiago (1969), “Una avanzada del progreso”, la “Descripción de la Patagonia”, de Thomas Falkner. Otra, confesada por el propio autor: casi todos los nombres de Bodega son nombres de personajes de textos de Bioy Casares.
¿Qué dicen o callan esas citas, esos guiños gobbianos? ¿Qué cifra secreta proponen estas intertextualidades? ¿Son un mero artificio, un tour de force del autor? ¿Son rasgos episódicos o semánticos de la obra?
Nunca lo sabremos. Las claves de acceso a una obra no son respuestas: son apenas preguntas. Nos dicen, gentiles, desde qué sillón del pensamiento podemos sentarnos a leer esa obra.
Así como (según cuenta Umberto Eco) en la Edad Media, la Iglesia Cristiana proponía (de prepo) cuatro estrictas lecturas de los textos sagrados (la literal, la moral, la alegórica y la anagógica), así también nosotros hoy podemos postular estas cuatro claves de acceso para la lectura de Bodega y de cualquier texto que haya pergeñado la psique y el talento de Marcelo Gobbo: la estructura, el género, el escenario y la intertextualidad.
Estas han sido apenas nuestras leves instrucciones para acceder a la novela. A ustedes les queda ahora por transitar una de las aventuras más emocionantes: la lectura del texto desconocido.
Diego Rodríguez Reis
Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019
