Rescate #16: Cuerpos

RESCATE Revista de Cultura

AÑO IX / NÚMERO 16 / CUERPOS / VILLA LA ANGOSTURA, OTOÑO 2020

Director: Diego Rodríguez Reis: “No somos solo cuerpos y como fondo un cielo”.

Vicedirectora: Graciela Arakelian: “Los SinVoz solo se visibilizan cuando se acuerpan”.

Portada: Melina Pariente

Diseño y sostén espiritual: Vikingo Global

[1]. Cuerpo: Mudanza del canon / Por María Inés Arce

[2]. XV / Por Joaquín Domenech

[3]. Estereotipas / Por Clara Wallach

[4]. Formas rotas y cuerpo erógeno / Por Alejandro Izaguirre

[5]. Michel Serres: Variaciones sobre el cuerpo. El cuerpo escrito

[6]. Habitantes habitados / Por Maciel Ferreyra

[7]. Semblanzas de una milonga / Por Vivi Núñez

[8]. Primo lejano / Por Matías Castro Sahilices

[9]. Ray Bradbury: El peatón

[10]. Carlos Castaneda: Sobre la impecabilidad

[11]. Graciela Cros: La reina del Rock and Roll / Por Cecilia Fresco

[12]. Mauro Moschini: La composición de lugar / Por Diego Rodríguez Reis

[13]. Un sofá de siete cuerpos / Por Marcelo Gobbo

[14]. Madrugué II / Por Natalia Belenguer

[15]. Erica Jong: Bestia, libro, cuerpo

Cuerpo: mudanza del canon / Por María Inés Arce

El cuerpo humano es parte de la cultura que le da sentido y lo configura en una situación histórica y social determinada. No se trata de la propia estimación del cuerpo en que el cuerpo vale y significa sino según la estimación dominante. En la historia helénica y clásica la Venus de Milo es la forma ideal, aunque no lo fuera para todos los sectores sociales. (En la Europa burguesa los cuerpos de Rodin esculpían un modelo del cuerpo conforme a su clase).

Si bien en la Antigüedad el cuerpo de los esclavos era una herramienta de trabajo que resultaba rentable al amo, en la Edad Media el cuerpo del siervo estaba adscripto a la tierra así como los instrumentos de trabajo. El cuerpo de los caballeros era un cuerpo para la guerra, su única profesión en tiempos en que no se hacía la guerra con misiles sino con el cuerpo. Es que el cuerpo es solo el receptáculo de un alma o un espíritu trascendente y todavía ligado a la divinidad.

El Cristianismo menospreció el cuerpo, lo flageló o lo sometió a tormentos.

El pensamiento renacentista comienza a separar el cuerpo del mandato divino y le asigna a los seres humanos la responsabilidad de sus actos. Las mujeres nobles cuidan sus cuerpos para exhibirlos en parte liberadas de hábitos sociales perimidos como las vestimentas que antes envolvían al cuerpo. Es el nacimiento de la subjetividad. Se prodigan cuidados al cuerpo como toma de conciencia del camino hacia la autonomía del individuo.

La Revolución industrial comenzada con el telar mecánico y la máquina a vapor en Inglaterra va conformando en las ciudades una clase social proletaria. El cuerpo es ahora vendido como fuerza de trabajo a las fábricas de productos y manufacturas, ya no ligado a la gleba. A lo largo del siglo XIX el paso del capitalismo mercantil al capitalismo productivo va generando la concepción del cuerpo como objeto de consumo. El cuerpo máquina de competición es otra des estimación que reclama el carácter y funcionamiento de una máquina al estilo de la teoría Tiempos y movimientos (F.W.Taylor) de principios del S. XX controlando y comparando medidas, musculaturas, etc. más que en otros momentos históricos en que las pruebas físicas no requerían sustancias que obran como combustible de una maquinaria.

A principios del siglo pasado Sigmund Freud aporta al pensamiento científico el concepto de que el cuerpo es el portador del Yo, pero lo hace a través de la palabra de la mujer histérica.

Los aportes y debates sobre la noción de cuerpo en Freud son tan vastos que debiéramos dedicar otra nota más extensa y así todo insuficiente. Solo pensemos en la posesión demoníaca que insinuaba la intromisión del deseo en el cuerpo, el deseo laceraba el cuerpo.

Introducidos en este campo (P. Bourdieu) del conocimiento, la “liaison” con el pensamiento de Michel Foucault acerca del cuerpo vigilado y su construcción del panóptico como visión para castigar es insoslayable. La funcionalidad de castigar, en las sociedades ejerce el control de los cuerpos como disciplinamiento a través de las instituciones como la escuela, las cárceles o los hospicios.

La publicidad y los estudios teóricos de las ciencias de que se vale, semiología, lingüística, psicología, construye un discurso dominante y difundido que llega a todos los grupos sociales y a los grupos marginales. El cuerpo es objeto de preciosismo que sirve para vender productos o para el autoembellecimiento para lograr el éxito.

Las luchas de las mujeres feministas generan un cambio en la concepción del cuerpo y por lo tanto en su percepción. El cuerpo es tratado por una parte como sin límites, se puede ser obesa/o, delgada/o en extremo, con pelo o rapado, formas que deconstruyen el discurso dominante. Por otro lado tiene los límites que se le quieran imponer al otro/a, el cuerpo es Un cuerpo sobre el que se tiene la soberanía.

El cuerpo no es un medio para tener hijos aunque en este tema existen formas modernas de engendrar a través de la gestación subrogada. Leamos también la crítica del cuerpo fragmentado, segmentado y alquilado. O instrumento económico como estrategia de supervivencia dado que quienes poseen el vientre “partes del cuerpo” y “lugares del cuerpo” (S. Freud) lo utilizan para obtener una ganancia en pesos dada su condición económica carente de recursos.

Las transformaciones del cuerpo a cargo de las ciencias médicas para que sea compatible con los cambios de género son otro elemento de la ruptura del campo de las representaciones en que se ubica la noción y la estimación del sujeto y el cuerpo. El cuerpo recobrado, se titula una nota en el suplemento SOY de Página 12. En el año 2011 el subte arrasó el cuerpo de Aneris y después de gran trabajo de recuperación celebra en Instagram la disidencia de su nuevo cuerpo donde la prótesis y el muñón son parte de belleza, estilo y liberación. Su pierna izquierda luce una prótesis metálica y en el pie un borceguí, la manga de su buzo naranja fosforescente le cuelga sobre un muñón y se está convirtiendo en una referente virtual de cuerpos con discapacidades funcionales en el ámbito instagramer de nuestro país. Se dedica al modelaje, brilla en las ferias de cosplay, posa desnuda para fotógrafxs y participa en distintas performers.

Todavía –dice la nota– no hay una visibilización de la riqueza y multiplicidad de los cuerpos no hegemónicos y cuando la hay se da de forma solemne en la que no hay lugar para el deseo, la alegría y el humor.

***

Las obras de arte ofrecen un sinnúmero de modelos de cuerpos según el contexto histórico social. Una obra literaria de las más conocidas es El libro del buen Amor, de Juan Ruíz, Arcipreste de Hita (Guadalajara, España). Hay allí algunas ideas sobre el tratamiento del cuerpo. El cuerpo grotesco, su naturaleza tanto en animales como humanos y sus rasgos es una característica en las descripciones en el libro. Difiere del retrato heredado de la escolástica de la dama ideal y bosqueja los rasgos físicos de una mujer atractiva. Si se lee el cuerpo como el de la bella seducible que muestra su naturaleza, es un cúmulo de pecados: lascivia, pereza, locura, envidia. Pero hay otro retrato que es grotesco, confuso entre distintos rasgos, que yuxtapone la imagen ideal del cuerpo y la realidad. En el personaje de Alda (descripción de una serranilla) está en tela de juicio el género porque aunque tenga el rasgo femenino de pechos están en contradicción con el gusto imperante por ser de un tamaño grotescamente exagerado, pero su voz profunda, su vello facial, su gran estatura y su fortaleza connotan una masculinidad latente. Alda es lo grotesco porque es un ser humano ni animal ni diabólico, ni hembra ni macho sino una confluencia de todas estas categorías. Esto está dicho en 1330.

XV / Por Joaquín Domenech

La unión de los cuerpos siempre puede derivar en algo traumático, o cuando mínimo, en situaciones de roce extremo, siendo imposible evitar el contacto.

Esto viene de tiempos inmemoriales de la existencia, cuando los cuerpos celestes daban vueltas y vueltas hasta terminar fundidos en un abrazo cataclísmico, produciendo resultados que apenas hoy, millones y millones de años después, alcanzamos a percibir.

El año pasado, los cuerpos sociales de la más argenta república del sur global se dieron cita a elegir nuevamente al comandante de su destino y, tras la efímera cita escolar realizada el 27 de octubre, eligieron un nuevo rumbo, dando así por finalizado el largo cruce por el lado oscuro de la luna.

Y se cruzó también finalmente la frontera. Aquel límite que la casta ceocrática de gobernantes impusieron para nuestra brillante patria ansiosa de recuperar el protagonismo en un mundo, que pareciera acelerar su ritmo rumbo a la catástrofe. Ya basta de especulación, basta de acudir por ayuda que sólo es necesaria cuando el rumbo trazado no hace más que acercarnos al abismo, basta de andar pidiendo permiso para elegir nuestro futuro.

Se poseyó lo grande y henos aquí nuevamente. Volvimos.

La fuerza y la claridad se unieron finalmente, y la primera se manifestó con finura y autodominio. Quienes fueron modestos y benévolos y lograron trabajar sobre la unión ante todo fin individual, obtuvieron todo como si acudiera a sus manos, y les ha llegado ahora la hora de combatir el mal y fomentar y favorecer el bien.

Ya me iba a tocar volver a mi también, aunque un poco demorado, en mis términos y condiciones. ¿Pero volví a dónde? ¿A un trabajo? ¿Una región? ¿Un país que retoma la lucha por brindar posibilidades equitativas para todxs? ¿O son acaso todas ellas lo mismo?

Las estructuras fractales se repiten autosemejantes, una sobre otra, y todas ellas precisan de los mismos factores, levemente modificados y dependiendo de su nivel de alcance: individuo, pueblo, provincia, Argentina. Todos cuerpos distintos intentando coexistir junto con otros de la mejor manera, mientras cada uno lucha en pos de su propio bienestar.

Pero siempre se debe evitar la colisión; esto es fundamental para lograr la ansiada coexistencia, porque la colisión puede derivar en algo traumático, y la única forma de lograr la coexistencia a la hora de poseer lo grande, es hacerlo modestamente.

El regreso entre todos ha de ser necesariamente amalgamante, conglomerante e inclusivo de las diferencias. Un cimiento modesto puede dar sostén a una enorme estructura, sobre todo cuando se monta sobre bases concretas y mayoritarias. Es hora de ir por todo, pero modestamente, y transformarlo en algo mejor que lo antecesor. Esto recién comienza y requiere de paciencia extrema, o hace falta precipitarse.

El tiempo que comienza es el momento en el que los hombres sencillos y de baja condición se verán enaltecidos, ya que el fin de quienes se creían enaltecidos, complejos y de elevada condición llegó, y dejó sobre nuestros hombros una patria entristecida, desmoralizada y con la espalda cansada de yugar los pasados años por el beneficio de unos pocos, quienes para peor se encontraban jugando con el futuro de la austral república en el casino del sistema capitalista imperante.

Como hombres tenemos en nuestras manos el recurso de reconfigurar nuestro destino, y nuestro éxito depende de exponernos al influjo de fuerzas benditas o destructoras. Mientras estemos en baja posición y seamos modestos lograremos no ser pasados por alto; que quienes se encuentran por encima no nos pisoteen. Y si logramos llegar a una elevada posición manteniendo la modestia, resplandeceremos sabiamente.

Debemos llevar a término nuestras obras; y una vez finalizadas, no vanagloriarnos de ello. Simplemente celebrarlo.

Pero falta tiempo para eso. Modestia en el presente.

La nobleza obliga a disminuir lo que esté de más y aumentar lo que está de menos. Hemos de sopesar las cosas antes de darnos a la titánica tarea de igualarlas. Y administrar el conflicto entre los cuerpos mientras se acercan, porque habrá resistencias, como siempre.

Hemos despertado de una terrible borrachera, y la única certeza con que contamos es que la fiesta fue definitivamente cara, y nos dejaron a pagar una enorme factura en incómodas cuotas, que amenazan con prolongar la lenta agonía a la que el pueblo más austral del mundo fue sometido.

Durante el inicio, el análisis de nuestras facultades será fundamental, y en la medida que se avanza y se van recuperando –nuestras facultades– hemos de ir despertando paulatinamente, con pasos cortos pero seguros, para que cuando la máquina recobre vigor, empecemos con la búsqueda de más desafíos que lleven a igualar los cuerpos.

Recién entonces, ya completamente de pie y afianzados sobre un cuerpo que goce de todas sus facultades, llegará el momento del entusiasmo, y será un momento en el cual los resultados comenzarán a no sólo verse, sino sentirse, tal vez no en el cuerpo pero seguro en el alma.

Ser capaz. Lograr poner en pie un proyecto que sea igualador, pero que empareje hacia arriba, otorgando posibilidades equitativas a cada uno de los involucrados y propiciando la unión de los distintos cuerpos sociales.

Según dice la sabiduría, el proceder del noble, cuando establece el orden sobre la tierra, compensa los opuestos sociales que son fuente de desunión y crea con ello condiciones justas y llanas. Y hoy nos ha llegado la hora.

Recién cuando hayamos ejercido una prolongada acción y efecto, aparecerán los objetivos como obvios y fáciles. Y ya es hora de empezar a accionar en este sentido para alcanzar los efectos buscados.

La ley del cielo vacía lo lleno y llena lo modesto.

Y no es que nosotros seamos buenos. Es que los otros son peores.

Es la hora de ponernos de pie.

Y que la Argentina retome su senda de la autonomía soberana.

Reclamando lo que es suyo de igual a igual.

O intentándolo, cuando menos.

Porque la vida es así.

Estereotipas / Por Clara Wallach

Sí, yo también me siento fea. Yo también siento que mi cuerpo no encaja con los cuerpos lindos y a veces, me pongo triste por eso. Yo tambien tengo rollitos en la panza y a mi tampoco me entra la ropa que venden en los negocios. No me gusta comprar ropa porque hay más posibilidades de que no consiga nada que de que consiga algo.

Es que siempre nos dijeron que las mujeres tenemos que ser así; flacas, constantemente arregladas y maquilladas, mostrando rebeldía pero a niveles aceptables, ingenuas, sin capacidad de tener un pensamiento político, hipererotizadas y siempre ser angelicales como lo es toda madre. La cultura se encargó de difundir esa imagen nuestra y también se encargó de ocultar todas las otras maneras de ser mujer. Se encargó de tapar al machismo y a la cosificación de nuestros cuerpos haciéndonos creer que era normal y que si nos pasaba algo era por nuestra culpa.

Desde los medios de comunicación hegemónicos, desde la publicidad, la ficción, el periodismo, entre otros, se encargan de mostrarnos un único modelo de mujer. Generando un estereotipo irreal que sentimos la necesidad de alcanzar. Nunca nos muestran un cuerpo fuera de sus parámetros de belleza. Nunca un cuerpo gordo, nunca un cuerpo negro, nunca una lesbiana. O peor, a veces nos muestran estos cuerpos pero contándonos todo lo que se sufre al ser de esa manera. Nunca un cuerpo no hegemónico viviendo libremente, sin ser juzgado ni oprimido.

Los cuentos de princesas, las muñecas y no la pelota, el rosa y no el azul, la cocinita y no los autitos. El maquillaje, la no violencia, la telenovela de la tarde, charlar en vez de jugar al fútbol. Ocuparse de la vestimenta del maquillaje y de estar constantemente bellas para ellos. Y finalmente cumplir nuestro preciado objetivo: ser madre. Porque ¿Qué mujer no quiere ser madre?

De a poco vamos rompiendo con estos estereotipos para animarnos a ser quien queremos ser. Les exigimos a los medios que nos respeten y no dejamos que la cultura nos lastime y nos limite tan fácilmente como lo hizo en algún momento. Repudiamos a los dinosaurios que siguen clasificándonos y tratándonos como si fuéramos menos. Nos juntamos y escrachamos a todo aquel que no nos respeta. Lo hicimos cuando Nicolás Repetto preguntó, en el noticiero de Telefé, que ropa usaba para que la acosaran. Lo hicimos cuando obligamos a Carrefour a bajar una publicidad para el Día del niño que decía: “Con C de campeón, con C de cocinera”. Y lo hicimos con muchas más publicidades y vamos a seguir haciéndolo porque ahora entendemos que el ideal de belleza no es el que se ve en la televisión. Entendemos que todos los cuerpos valen lo mismo y que cuando la cultura nos persigue y nos hace sentir lo contrario es cuando más tenemos que acordarnos de nuestra lucha.

Sí, yo también me siento fea pero también entiendo que no es mi culpa. También entiendo que hay un sistema que oprime a los cuerpos de las mujeres y que si no me entra la ropa no tengo que bajar de peso, tengo que luchar para cambiar el sistema. También me animo cada vez más a mostrar mi panza o a mostrar mis axilas sin depilar. También, como todas, empiezo a entender que hay algo más grande y que esta lucha recién empieza.

Formas rotas y cuerpo erógeno / Por Alejandro Izaguirre

El famoso adagio lacaniano que reza “no hay relación sexual” plantea de entrada una serie de dificultades. Freud había expresado en la misma línea una no complementariedad entre “los sexos”. En este caso, “sexos en plural”. Una relación implica la conjunción o disyunción entre al menos dos elementos. La “no relación sexual” en Lacan podría pensarse en primera instancia como una imposibilidad de establecer la existencia de al menos “dos sexos”. De ahí la provocadora frase: la mujer no existe. Pero el significante “sexo” ya nos ubica de entrada en el campo de la división. Ahora bien, una imposibilidad que Lacan no se cansa de indicarnos a lo largo de todos sus seminarios es la de intentar una definición, sustancia o esencia del término masculino y femenino. La diferencia sexual pivotea siempre en torno a lo que él llama “pura diferencia”. Sin sustancia. Esta “pura diferencia” define también la causa del objeto amoroso.

¿Qué me fascina del otro? Continente y contenido también en banda de moebius. Es lo que Lacan a la altura del seminario sobre la transferencia relacionará con el “agalma” griego: estatuilla tosca pero que oculta por dentro algo brillante, valioso…pero ese objeto es nada. No tiene sustancia. De ahí que el amor tenga una estructura ficcional, no por eso, menos eficaz. Quiero apoderarme de ese objeto, lo que explica que en el amor conviva la tensión, la agresión y la violencia. Esa captura es imposible: estoy condenado por vía de la identificación a una lucha permanente entre el Yo y el yo ideal. : Lo que yo creo más propio, mi imagen, es de otro. Me veo donde no estoy y no estoy donde me veo.

Estamos en el campo del significante. Que por definición, no puede significarse a sí mismo. Luego, la sexualidad empezará a pivotear en “banda de moebius” en torno a la lógica del “par” (lo entrecomillo ya que se trata de dos caras de una misma moneda) falo-castrado.

Si el concepto de pulsión domina la obra de Freud como enclave de la sexualidad, en Lacan nos encontramos con la palabra “valija-explícalo todo”: goce. Como no es un concepto unívoco, más adelante se hablará de “los goces”. Una forma de pensar el goce es en torno a una imposibilidad: la imposibilidad de la posesión de los cuerpo: el sujeto, obedezca o no (ver al divino Marqués) no podrá entregar lo que se le pide… el Otro tampoco. (Si bien partícipe necesario de la esencial separación, siempre amenazado por su destitución, ¿Podríamos atribuirle al Otro algún querer?). Verdadero cortocircuito entre lo que el sujeto quiere y lo que recibe, entre lo que recibe y le fue prometido. De ahí que podamos pensar el deseo como un trastorno: trastorna la percepción del objeto. Conocemos sus destinos y vicisitudes: idealización, degradación, alternancia del amor y el odio. Lo que encontramos a ciegas antes de buscarlo (como dice la plegaria: no me buscarías si no me hubieras encontrado) se transforma cuando, ahora sí, la búsqueda, encuentra otra cosa. Nota esencial de la tensión y el desencuentro amoroso. Según J. Ritvo, esto define la paradoja del amor: “una demanda condicionada y transitiva: YO-TU, de un amor incondicional e intransitivo”, lo que plantea una circularidad de exclusividad imposible de sostener en el campo del deseo.

Las múltiples máscaras contingentes de la sexualidad no terminan de ocultar esta imposibilidad “de primer orden”. Mil “géneros” (estamos agotando el diccionario) podría significar ninguno. Posiblemente (ya que estamos en el orden de lo posible) las nuevas prácticas y contratos amorosos no sean otra cosas que caricaturas tan patéticas como las ya existentes.

Concluyo con una bella frase de Julia Kristeva:”El amor por la muerte, el anhelo de muerte, es el secreto ante el que cerramos los ojos para ser capaces de mirar sin ver, de dormir y de soñar. Si no cerráramos los ojos, no veríamos otra más que vacío, negro, blanco y formas rotas.”

Obra: Lisandro Aguilera

Michel Serres: Variaciones sobre el cuerpo. El cuerpo escrito

Durante mucho tiempo pensé que había heredado el oficio de mis padres, por la lentitud de los surcos labrados alineados sobre la página, con grandes esfuerzos del brazo, del puño, de la bóveda de la espalda y del tiempo empezado antes del alba: como escritor, yo vivía como el arcaico campesino del bustrófedon, vieja palabra que significaba que los bueyes que tiran del carro se vuelven al cabo del surco para emprenderla con el que sigue, en línea paralela pero en sentido inverso. Ahora bien, si la labranza continúa sin reposo, una labranza cuya linealidad no requiere otra cosa que paciencia, ¿qué hacer con los súbitos obstáculos de la demostración que fracasa, con la documentación que falta o el desarrollo repentinamente congelado por alguna estéril desecación, peor, por la fealdad que, por su pesadez, arruina la frase? Aquí se necesitaron proezas técnicas, seguridades redobladas, allí se necesita la gracia, en fin, una mayor flexibilidad y fuerza, según el grado de las dificultades o la fineza de los asideros: heme aquí en la pared, ¿pasaré o no pasaré? El recorrido discontinuo se hace sorprendente, bajo un cielo inesperado. Escribir, por lo tanto, se asemeja más bien al trayecto en montaña que a la labranza en la llanura; la página se alza, inspirada, menos chata que el campo, pronto vertical o estimulante. Apoyada sobre la mesa, la página se parecía antaño a un área; pero ahora, la pantalla lisa de la computadora constituye una pared: ¿a qué asideros sostenerse? Entonces sí, todo el cuerpo se parece, de los pies al cráneo: cabeza y vientre, músculos y sexo, espalda y muslos, sudor y presencia de ánimo, emoción, atención y valentía, lentitud perseverante, los cinco sentidos reunidos por el del movimiento, pero, de pronto, velocidad fulminante, inspiración y recogimiento, exigencia del silencio… el verdadero sujeto de la escritura se agarra a la muralla, escala la pantalla, compromete con ellos un cuerpo a cuerpo luchador, leal, respetuoso, familiar, encantado, amoroso… pero tal que, si por ventura soltara un asidero o no lo viera, volaría, muñeco desarticulado, por debajo de la belleza. Una página encantadora canta al cuerpo, una mala apesta a sequedad de la cabeza.

Porque la escritura es tan poco indulgente como la montaña, la mayoría de los paseantes escritores se hacen preceder de guías y rodear de cuerdas: citas-seguridades, notas-refugios, referencias-clavijas. El falso oficio consiste en multiplicar los nombres propios, el escritor real exige al cuerpo total y a su sola singularidad un compromiso solitario. EI ejercicio gimnástico, un régimen bastante austero, la vida al aire libre, mil prácticas de fuerza y flexibilidad; en el balance, los trayectos en montaña valen por lo que respecta a la escritura, lo mismo que diez bibliotecas. Específico, particular, original, todo el cuerpo inventa; a la cabeza le gusta repetir. Ella, tonta; él, genial. ¿Por qué no habré aprendido antes su fuerza creadora, por qué no he comprentlido más joven que sólo el cuerpo glorioso podía ser considerado como real? En el atardecer de mi vida canto esta razón, para Ia instrucción de mis sucesores. Entonces, ¿qué va a hacer ustecl a la alta montaña, a su edad? A preparar mi escritura. Estudien, aprendan, por cierto siempre quedará algo, pero, por sobre todas las cosas, entrenen el cuerpo y confíen en él, porque él se acuerda de todo sin molestias ni estorbos. Sólo nuestra carne divina nos distingue de las máquinas; la inteligencia humana se distingue de lo artificial por el cuerpo, solamente por el cuerpo.

Serres, Michael (2011) Variaciones sobre el cuerpo. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Traducción: Víctor Goldstein.

Habitantes habitados / Por Maciel Ferreyra

Inter se mortales mutua vivut… Et quasi cursores, vitae lampada tradunt.

Lucrecio, De rerum natura, II, 75-78. (1)

Vida de vidas seremos, cuerpos y cuerpos tendremos. Óvulos fecundos. Células donadas por nuestros progenitores, y estos de los suyos y estos de los suyos, así hasta que perdemos la raíz del origen.

Tenemos cuerpo. Consecuencia y resultado del encuentro de dos chispas, fuentes de vida. Somos herederos. Fruto de combinaciones y recombinaciones genéticas, de un genoma que no se extingue y se perpetúa a través de la historia manifestándose en diversos genotipos y expresiones fenotípicas. Cuerpos de carne, bolsas de huesos, torrentes sanguíneos, flujos y plasma.

¿Somos nuestro cuerpo? Indudablemente sí, pero no es todo lo que somos. El Triskel puede ayudarnos a pensar. Este símbolo indoeuropeo muy utilizado por los celtas en una de sus significaciones representa: el cuerpo (físico), la mente (pensamiento) y el alma (esencia).

El cuerpo grita, duele, se desgasta. Cuerpo que chilla, que pide y exige que sean satisfechos sus deseos y necesidades. Cuerpo que distrae, que pide atención. Cuerpo prisión del alma, como sostenía Platón, que con su teoría de los dos mundos explicó que existe un mundo inteligible, de las ideas, que es perfecto al cual solo se puede acceder mediante la razón y otro sensible, que no es más que un reflejo imperfecto del mundo de las ideas, al cual se accede mediante los sentidos, este abarca las cosas físicas y es entonces en el cual se incluye nuestro cuerpo físico ¿Podemos decir acaso que somos libres? Día tras día hay que atender el cuerpo, asearlo, alimentarlo, satisfacerlo. Menuda carga. Vivimos atados a esta máquina de deseos que nos empuja, que nos distrae, que solo buscar placer en las sensaciones y lo mundano. El cuerpo duele, es frágil, se enferma y se rompe. Esclavos de nuestros cuerpos seremos si vamos atados a nuestros deseos.

Necesidad y deseo no son lo mismo, aunque están relacionadas. Las necesidades son aquellas cosas de las cuales no se puede prescindir para la existencia del individuo como serían comer, beber y dormir por nombrar algunas, las cuales son involuntarias. Freud las denominó pulsiones de autoconservación. Por otro lado el deseo es la forma concreta de la satisfacción de una necesidad, por lo tanto es voluntaria y al mismo tiempo varía según cada sujeto y cada cultura, siendo esta una conceptualización ligada al marketing. Para distinguir esta diferenciación ofrezco este ejemplo: ante la necesidad de aprender deviene el deseo de satisfacer esa necesidad. Esta puede encontrar satisfacción deseando iniciar estudios en alguna institución de educación formal o no formal, o un taller, o siendo autodidacta, o buscando a alguien que nos instruya en el campo de conocimiento que sea de nuestro interés o cualquier otra forma. Necesidad (carencia de), involuntaria, imprescindible, inherente a nuestra condición humana. Deseo (forma en que), voluntario, variable, diverso, adaptable.

Tomando las ideas del filósofo Morin, este plantea la complejidad del ser humano (homo complexus) desde la base de un ser cósmico, asumiendo al cuerpo humano como un cosmos en sí (microcosmos), hecho a semejanza de un gran cosmos (macrocosmos). Estas ideas neoplatónicas de Plotino pueden recordarnos también a el Árbol de la Vida o a la Ley Hermética de la Correspondencia “como es arriba, es abajo, como es adentro es afuera”, y porque no, a las ideas de la Anatomía Oculta, que plantea algo parecido, que el cuerpo humano es un cosmos dentro de un gran cosmos, que cada estrella que vemos en el cielo, también se encuentra manifiesta en nuestro cuerpo.

Morín explica mediante unos bucles, unas tríadas interesantes para ayudarnos a comprender la humana condición. Con el bucle razón (sapiens) – afecto (mamífero) – impulso (reptil) nos grafica cómo integramos la animalidad en nuestra humanidad, y como en esta relación que es inestable, la racionalidad no dispone un dominio supremo sobre el cuerpo. Otro bucle que presenta y que nos permite “salirnos” de nosotros mismos es el bucle individuosociedad especie , siendo el individuo el producto del proceso reproductor de la especie, siendo la sociedad producto de las interrelaciones entre los individuos y certificando de esta forma el nacimiento de la cultura, que es el resultado de estas interacciones y de la Unidad-Diversidad. De esta forma aborda la complejidad del ser humano definiéndolo como un sujeto bio-físico-psico-socio-cultural, que es Un-Todo.

Un día no hace mucho, escuche las palabras de Sábato en una entrevista del ‘77, me resultó inevitable traerlas ahora mismo. Ahí habla de cómo el desarrollo de la ciencia y la técnica le dió al hombre la conquista del mundo material, pero a un precio paradójico y trágico, él mismo se transformó en cosa, terminó por cosificarse. Su propia creación, la Máquina de la mano de la deificación de la ciencia y la tecnología lo transformaron a él mismo en un engranaje al servicio de ella. Este análisis lo hace a fines del S. XX, en la sociedad industrial, en una sociedad productora, en la que el hombre, es un hombre-máquina producto-productivo, hombre-engranaje alienado, instrumento de su propia creación, un sujeto-objeto. Pero no desespera, alienta y propone que: (…) en el arte el hombre está totalmente. La novela por ejemplo tiene ideas, eso pertenece al mundo racional, como la ciencia, como la filosofía, pero al otro extremo tiene símbolos, mitos, pasiones y el hombre es la totalidad, esa integridad (…)”

El cuerpo es medio de, es parte de, es materia, es caduco y nos es dado a préstamo. Por eso esta noche, cuando estén en la mesa y se dispongan a cenar piensen que así como el cuerpo físico se nutre de alimentos, el espíritu se nutre de experiencias y de cómo las hemos transmutado. Y como pienso que ya me extendí por demás y decir adiós parece eterno, les saludo no sin antes dar las gracias, con un fragmento de una canción y una pregunta: “(…) todo lo que poseas te querrá dominar, robando tu libertad (…)” (Carajo. (2010). “Libres». En El Mar de las Almas) ¿Que posees real-mente?

(1). “Mutuamente se prestan los mortales vida por un momento… Como corredores, de mano en mano se pasan la lámpara de la vida.” (Lucrecio , De la naturaleza de las cosas, Libro II, 75-78.) Tomado de “De cómo filosofar es aprender a morir” de Michael de Montaigne.

Bibliografía.

Hall, M.P. (1994). Cap. I y II. En: La anatomía oculta del hombre, Buenos Aires, Argentina: Editorial Kier.

Jhon Jhonson. [Jhon Jhonson]. (19 jul. 2015). Hombre íntegro vs hombre-engranaje (Sabato en 1977) [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=fd7p1O8nHEE

Morin, E. (1999). Cap.III: Enseñar la condición humana. En: Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, París, Francia: UNESCO.

Nicoletti, P., Wehinger, G., Etcheverry, L. M. (2016). Cap.: Filosofía Antigua: Platón. En: Introducción a la Filosofía, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina: Mediarte Estudios, Ediciones de La Grieta.

Semblanzas de una milonga / Por Vivi Núñez

Llegás a la milonga en cuanto empieza y sos para las minas, el variador…” (Garufa. Letra: Roberto Fontaina/Víctor Soliño. Música: Juan Antonio Collazo).

Danzarín

Mano, aire, dedos, cierre, danza. Parece ser otro bailarín, pero es el mismo: se adapta. Su cuerpo le habla, pregunta, la busca, la espera. La busca, la llama, la deja, la abraza, la abraza. Su pierna la cerca, la invade, le corta el camino, la atrapa, la deja. Su brazo la acerca, la tiene y contiene, la mima, la ama, la abraza; se abre, la suelta. Su mano la invita, la quiere, le juega; apenas la toca, le deja caricias, la deja, la llama, la suelta, la quiere, la espera, la deja, la tiene, la quiere; la quiere y la deja. Después la seduce, la ama, se funde; le toma la mano, la lleva a la mesa.

El bailarín de la esquina

Se para y mira. Otea y espera. Elige y camina. Invita. Se planta, la mira y sopesa. Decide y avanza. La escucha, la invita y la espera. Le habla y le dice. Le sugiere y manda. Pero él la escucha, la busca, la invita, la espera.

Se planta: abre la garganta. Apenas se mueve, seguro, confiado. Dos pasos: se para, los mira, y canta.

El langa

Se mueve buscando. Captura miradas, se asegura antes, y después avanza. No va a equivocarse; se acerca y la saca. La ubica a su lado. La toma, la aprieta y la balancea. La aleja, la arroja. La trae y la lleva. La pasa, la corta, la sacude un poco y la revolea. La tira, la aprieta. Se sacia y vacía. La agita en el aire, barrilete frágil, no le suelta el hilo. La amarra, la trepa; se vale de ella.

Después la devuelve, y busca otra presa.

El norteño

Invita, escucha, observa y espera. Él no tiene prisa, calza su cintura, sostiene su abrazo. Le propone algo, la espera y la lleva. Se pierde en el tiempo, se abraza en su abrazo, le huele el cabello, se pierde en el tiempo, recuerda y sueña. La envuelve en su ensueño, le cuenta secretos. Y le muestra el alma. Busca en cuerpo y danza su tiempo perdido, y algo de su tierra.

Aprendiz

Impostura de camisa abotonada; la fragancia exacta y el pelo liso.

Apertura, paso izquierdo; el abrazo, la cintura. Derecho, izquierdo, cruce en el quinto. ¡Sin presión en la muñeca…! El abrazo; la postura.

El ocho de ella antes del ocho. Atenti la marca de la mano en la cintura.

Va de nuevo: el abrazo, la muñeca… la distancia. La camisa que incomoda.

Dos por cuatro, con el ritmo en la marcha; el oído y los pies y el kundalini. Que la pista se camina en contramarcha. Tan, tan, tan, tan, tan, tan, ¡tan-tan!

El perfume y el sudor y su revuelta de protesta en la camisa; que el aliento, el saludo y la sonrisa.

El pelo amotinado, la camisa abierta, el sudor. El fastidio resignándose en los ojos.

Ella: flota en brazos de otros.

Morocha

Se frotó la yesca en las ramas crujientes de sus pies. Subieron las volutas por las jónicas columnas de sus piernas. Se humedeció el arca palpitante de su sexo.

Lamieron las llamas las extensiones de su piel geográficamente accidentada, vibrando en la saliente de sus pezones erectos.

El perfume primitivo le disparó el olfato; agudos los ojos, modelaron la mirada. Curvó los labios, avanzó hacia el centro.

Envuelta en el abrazo, le llevó tres minutos el orgasmo.

Nela

Color.

Un, dos. Cintura breve.

Un dos tres, cuatro. Alas de papel girando en un vuelo. Ensueño.

Cinco, seis. Pecho seguro.

Cinco seis, siete, ocho.

Liviana amapola volando sin dueño.

De “Taller de tango” (Ediciones De la Grieta, 2019).

Foto: Patricio Crespo

El primo lejano / Por Matías Castro Sahilices

Volviendo de casa de Ana le digo al taxista que doble por Puccio. El empedrado hace vibrar el auto, el río no se ve pero está ahí, detrás de los faroles, el taxi pasa bajo el puente del poeta, después gira y toma avenida Colombres en dirección al centro. La tormenta ha cesado, pero el pavimento y las ruedas siguen con el ruidito ese como de chicle, como de pegamento acuoso.

Entonces los mástiles de los veleros, la usina Sorrento, el arroyo Ludueña. Después, la escultura del hombre gigante en el parque Alem, el acuario, las luces de algún barco. Cada vez que paso por el estadio de Central se me aparece el recuerdo del velatorio del tío Jorge, mil años atrás, en las salas que todavía están sobre boulevard Avellaneda, Ana y yo chiquitos, jugando afuera con una piedrita. Era una noche igual a ésta, con la vereda todavía mojada, con el ruidito a chicle, con la angustia esperando, paciente, en la sala del velorio primero, y en casa después, con mamá llorando y papá consolándola, y los días tristes, mamá triste y la abuela más triste y nosotros chiquitos, preguntando por el tío Jorge.

Al pasar frente a la sala veo que están velando a alguien, que hay gente en la vereda. El rostro de una mujer joven me recuerda a Ana y me agarra como algo raro, algo me conmueve y le pido al taxista que se detenga. Entonces pago la tarifa y cruzo el boulevard y me acerco a la puerta de la sala velatoria y la mujer que veo, la que se parece a Ana, se me queda mirando, como buscando algo en mi cara, como si me conociera, y yo me quedo congelado, porque yo conozco a la mujer joven, es parecida a Ana, todos dicen que son iguales, las dos rubias, las dos con el pelo lacio, pero Ana no tiene un lunar del lado izquierdo de la cara. Hola, le digo, vengo a despedirme, y la mujer me responde que sí, que por supuesto, que adelante, que están todos dentro, creyéndome un primo lejano de Villa Constitución o de Arroyo Seco.

La mujer entra, pero yo me quedo afuera, porque lo que quiero ver es otra cosa. Y busco entre los dos únicos arbolitos de la vereda, donde están los dos nenes rubiecitos jugando con una piedra, pateando la piedra entre los charcos y riendo, totalmente ajenos a lo que sucede detrás de ellos. Y el nene patea la piedra bien lejos y la nena protesta y el nene la empuja y la nena cae, mojándose el vestido con el agua sucia de la vereda.

Y la nena llora, y entonces me acerco, y la nena deja de llorar, me pone la misma cara de la madre, como buscando algo, como adivinando que estoy relacionado con el tío Jorge, y entonces busco unos caramelos que de casualidad llevo en la campera, me los dio doña Olga, la almacenera, porque no tenía cambio, y le doy los caramelos, tomá, para vos y tu hermanito, y la nena sonríe, la nena me sonríe y yo le sonrío y justo veo que se acerca el nene, como mirando feo, como preguntando quién soy yo para ayudar a su hermanita. Y mientras el nene se arrima, me tomo un segundo para repasarlo todo, para tratar de recordar aquella noche después de la tormenta, cuando estábamos con Ana afuera, jugando entre los charcos, y se acercó aquel primo lejano de Villa Constitución y nos dio unos caramelos y nos dijo que todo iba a estar bien.

Foto: Vikingo Global

Ray Bradbury: El peatón

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.

El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.

En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.

− Hola, los de adentro − les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras− . ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.

− ¿Qué pasa ahora? − les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera− . Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.

Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.

Una voz metálica llamó:

− Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!

Mead se detuvo.

− ¡Arriba las manos!

− Pero… − dijo Mead.

− ¡Arriba las manos, o dispararemos!

La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.

− ¿Su nombre? − dijo el coche de policía con un susurro metálico.

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.

− Leonard Mead − dijo.

− ¡Más alto!

− ¡Leonard Mead!

− ¿Ocupación o profesión?

− Imagino que ustedes me llamarían un escritor.

− Sin profesión − dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.

− Sí, puede ser así − dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.

− Sin profesión − dijo la voz de fonógrafo, siseando− . ¿Qué estaba haciendo afuera?

− Caminando − dijo Leonard Mead.

− ¡Caminando!

− Sólo caminando − dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.

− ¿Caminando, sólo caminando, caminando?

− Sí, señor.

− ¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?

− Caminando para tomar aire. Caminando para ver.

− ¡Su dirección!

− Calle Saint James, once, sur.

− ¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?

− Sí.

− ¿Y tiene usted televisor?

− No.

− ¿No?

Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.

− ¿Es usted casado, señor Mead?

− No.

− No es casado − dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.

La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.

− Nadie me quiere − dijo Leonard Mead con una sonrisa.

− ¡No hable si no le preguntan!

Leonard Mead esperó en la noche fría.

− ¿Sólo caminando, señor Mead?

− Sí.

− Pero no ha dicho para qué.

− Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.

− ¿Ha hecho esto a menudo?

− Todas las noches durante años.

El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.

− Bueno, señor Mead − dijo el coche.

− ¿Eso es todo? − preguntó Mead cortésmente.

− Sí − dijo la voz− . Acérquese. − Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par− . Entre.

− Un minuto. ¡No he hecho nada!

− Entre.

− ¡Protesto!

− Señor Mead…

Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.

− Entre.

Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.

− Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada… − dijo la voz de hierro− . Pero…

− ¿Hacia dónde me llevan?

El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.

− Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.

Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.

− Mi casa − dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

Título Original: The Pedestrian (1951)

Fotografía: André Kertész, «Hombre leyendo mientras camina» (Buenos Aires, 1962)

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