Sur y Oeste, Joan Didion (Random House, 2018)
Cuaderno de Notas, Antón Chéjov (Compañía de Libros, 2010)
Suele suceder que, cuando un escritor o escritora más o menos célebre muere, prontamente los herederos y editoriales comienzan a explorar en la obra inédita de ese autor o autora, a los fines de publicar ese material póstumo. En principio, se publican aquellos manuscritos que conforman obras cabales y completas. Luego, aquellos textos incompletos que, sin embargo, algún interés puede despertar en los eventuales lectores. Tendencia de estos últimos tiempos es la publicación de otra especie de textos: no son obras inéditas completas o incompletas, no son cartas o diarios personales. Son textos que se ubican un escalón aún más abajo en esta jerarquía de textos personales: apuntes, notas, papeles provisorios, esas cosas que fueron escritas como borradores, ayudas-memoria, bocetos, croquis, etcéteras. Textos que originalmente fueron escritos para la intimidad y para el olvido.
El nacimiento del cuaderno borrador
Dice el escritor, filólogo y helenista español Carlos García Gual: «Los antiguos no escribían (o no publicaban) diarios, aunque sí nos dejaron interesantes apuntes autobiográficos, como los que hay en la famosa Carta séptima de Platón, en las Cartas familiares de Cicerón y, más extensamente, en las Meditaciones o Notas para sí mismo del emperador Marco Aurelio. Conservamos dos autobiografías en griego, la del historiador judío Josefo y la del orador Libanio, y, en latín y con otro enfoque espiritual, las Confesiones de San Agustín. Las Meditaciones del estoico Marco Aurelio se asemejan ciertamente a un diario, pero no tienen fechas».
Esto nos recuerda aquello que decía Ricardo Piglia: que lo que define (esencialmente, ontológicamente) a un diario no es la narración en primera persona, ni el tono autobiográfico ni el grado de intimidad de las revelaciones sino, estrictamente, el ordenamiento cronológico de las entradas. Es decir, traduciendo: si un texto se asemeja a un diario pero no tiene fechas, no es un diario. Estos tres géneros (cartas, diarios y apuntes) están muy ligados, íntimamente: hay que hilar muy fino para no terminar cayendo en otros discursos. En resumen, todavía no percibimos el espíritu del apunte, de la nota, de lo provisorio. Es de suponer que mucho tiene que ver con esto la circunstancia de las condiciones materiales. Es decir, si en los tiempos antiguos se escribía sobre piedra, sobre pergamino, sobre papiro, sobre materiales de muy difícil y costosa adquisición, lo que allí se escribía se escribía para siempre. Era muy costoso equivocarse: no había textos provisorios, no había borradores. Todo era texto definitivo.
Peguemos un salto temporal, un par de siglos. El escritor Steven Johnson dice en The Glass Box And The Commonplace Book. Two Paths For The Future of Text (una conferencia que dio en la Universidad de Columbia en el 2010): “Los académicos, científicos, aficionados, o casi cualquier persona que tuviera una ambición intelectual en los siglos XVII y XVIII con ambición intelectual tuviese un cuaderno de apuntes. En su forma más habitual, el ‘cuaderno’ (“commonplace book”, cuaderno común, tal y como se conocía) consistía en transcribir pasajes interesantes o inspiradores que uno leía, creando una enciclopedia personalizada de citas.” Hay muchos casos en la historia de escritores que llevaban un cuaderno de apuntes, donde escribían justamente eso: sus notas, sus impresiones, sin llegar a ser este cuaderno un diario personal.
Las notas de campo de Joan Didion
El año pasado, Penguin Ramdom House publicó Sur y Oeste, extractos de los cuadernos de viaje de la novelista y periodista estadounidense Joan Didion, con traducción de Javier Calvo.
Joan Didion nació en Sacramento, en 1934. Estudió y se graduó en la Universidad de Berkeley. Comenzó su carrera escribiendo para la revista Vogue, donde fue editora y crítica de cine y colaboró regularmente con The New York Review of Books. Además, las prestigiosas universidades de Harvard y Yale le concedieron el doctorado honoris causa en Letras. Publicó las novelas Río revuelto, Según venga el juego y A Book of Common Prayer y las obras de autoficción De donde vengo y la célebre El año del pensamiento mágico, donde aborda el duelo tras las muertes de su esposo y de su hija con la técnica y rigurosidad de la investigación periodística y los recursos de la narración novelística. En el 2005, El año del pensamiento mágico fue finalista del premio Pulitzer y obtuvo el National Book Award.
En el verano de 1970, Joan Didion y su marido, el también escritor John Gregory Dunne, deciden viajar por el Sur de los Estados Unidos. Según sus propias palabras: “Habíamos pensado empezar en Nueva Orleans y a partir de ahí no había nada planeado. Íbamos a donde nos llevara la jornada”. El roadtrip de ese verano abarcó Misisipi, Alabama y Luisiana: así está conformada la primera parte del libro, llamada justamente “Apuntes sobre el Sur”.
Leemos en sus apuntes: “No sabría decir con exactitud qué me llevó a pasar un tiempo en el Sur durante el verano de 1970. No tenía obligaciones periodísticas en ninguno de los lugares que visité: no “pasó” nada endonde yo estuve, no hubo asesinatos ni juicios célebres, no hubo órdenes de integración ni enfrentamientos, ni siquiera celebrados actos divinos”. Didion confiesa que solo tenía “la vaga e informe sensación (…) de que durante unos años el Sur, y sobre todo la Costa del Golfo, había representado para América (…) el futuro, la fuente secreta de energía tanto benévola como malévola, el centro psíquico”.
El tono general de las notas de viaje de Joan Didion es el de lo pintoresco descripto velozmente, a mano alzada. Por ejemplo, en el apartado llamado “En la carretera de Biloxi a Meridian”, leemos:
“En Laurel, 29.000 habitantes: “BANDERAS ADHESIVAS GRATIS”, igual que en todas partes. “SÍRVASE USTED LA GASOLINA Y AHORRE 5 CENTAVOS. Es divertido”. Chabolas en las callejuelas más apartadas. Una mujer negra sentada en su porche, en un asiento trasero de coche.
Automóviles herrumbrosos y saqueados por todas partes, en zanjas invadidas por el zudzu. Flores silvestres blancas, tierra roja. Los pinos de allí eran más bajos y frondosos. Vacas Hereford sin cuernos”.
Estas postales veloces nos dan la pauta del espíritu de las notas de viaje: notas que no pretenden quedar en la posteridad, escritas tal vez para proyectos futuros o para el eterno olvido.
La segunda parte, mucho más breve que la primera, del libro (“Apuntes de California”) son notas del viaje de Joan Didion a California en 1976. El motivo original de ese viaje fue un encargo de la revista Rolling Stone para cubrir el juicio contra Patty Hearst (estudiante de la Universidad de Berkeley y heredera del magnate de la prensa amarilla William Randolph Hearst, que fue secuestrada por el Ejército Simbiótico de Liberación, y que luego se unió a ellos, cambiando su nombre por el de Tania). Finalmente, Joan Didion no llegó a escribir ese artículo, pero dejó todas las notas y apuntes de ese viaje. El estilo es algo más fluido, más “literario” (podríamos decir): cabe señalar que, según sus propios dichos, pese a no haber podido escrito el reportaje original, ese viaje fue lo que la llevó años después a escribir su libro de no ficción When I was From (De donde vengo).
Sin embargo, persiste el espíritu del apunte. Por ejemplo:
“En el Sur están convencidos de que son capaces de haber bañado su tierra de sangre con la historia. En el Oeste nos falta esa convicción.
Hermoso país arde otra vez.
La sensación de no estar a la altura del paisaje”.
De todas formas, prima siempre la relación personal con ese paisaje:
“En el Oeste estoy en casa. Las colinas de las sierras de la costa quedan “bien” para mí, la peculiar llanura del valle Central me reconforta la vista. Los topónimos me suenan a sitios de verdad. Sé pronunciar los nombres de los ríos y reconozco los árboles y las serpientes más comunes. Aquí estot cómoda de una forma en que no lo estoy en otros sitios”.
El novelista y ensayista estadounidense Nathaniel Rich dice en el Epílogo del libro: “Por cada reportaje que entregaba, Didion convertía las páginas de sus cuadernos de anillas en álbumes de recortes relacionados con el tema en cuestión, (…) resúmenes biográficos, listas de propuestas de temas y diálogos que oía y que a menudo parecen sacados de sus novelas”. Y agrega: “[En sus cuadernos] hay frases que son ideas para frases y párrafos que son ideas para escenas”.
Ese el espíritu de los cuadernos de notas y apuntes:todos los géneros en potencia, los embriones de futuros poemas, relatos, cuentos, novelas y reportajes conviviendo en el mismo espacio, el mismo caos ordenado.
El cuaderno de notas de Antón Chéjov
El Cuaderno de notas de Chéjov fue publicado en Madrid por La Compañía de Libros y Páginas de Espuma en el 2010, con introducción de Vlady Kociancich y traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela.
Antón Pavlóviv Chéjov nació en Tagonrog, el puerto principal del mar de Azov (Rusia), en 1860. Al tiempo que estudiaba Medicina en la Universidad de Moscú, el joven Antón empezó a escribir relatos humorísticos cortos y caricaturas de la vida en Rusia bajo el seudónimo de “Antosha Chejonté”. Se recibió de médico en 1884 y ejerció su oficio en varios pueblos, al tiempo que siguió escribiendo relatos y cuentos para diversos semanarios. Ganó con rapidez fama de buen cronista de la vida rusa. Para 1886, ya se había convertido en un escritor de renombre.
Chéjov publicó sus textos bajo miles de seudónimos, tanto así que aún no se sabe bien cuántos escribió en total: «Carta a un vecino erudito» fue el primero; el último, «La novia». Sus primeros relatos eran breves y humorísticos; los últimos, largos, tristes y melancólicos. Es considerado el maestro del relato corto.Se lo suele encuadrar en la corriente más psicológica del realismo y del naturalismo: son sus obras más conocidas “La gaviota”, “Las tres hermanas” y “El jardín de los cerezos”. Chéjov ejerció hasta el final de sus días los dos oficios de médico y de escritor. En una de sus cartas escribió: “La medicina es mi esposa legal; la literatura es mi amante.”
En el Cuadernos de notas se pueden leer las notas tomadas por Chéjov entre 1891 y 1904, año de su muerte. Son apuntes, notas, esbozos que fueron escritos sin la intención de ser publicados. Además, estas notas no son autobiográficas, aunque a veces narra viajes reales o situaciones que le sucedieron a él o a otras personas de su entorno. No son borradores de obras propias posteriores, aunque Chéjov suele apuntar títulos y nombres (generalmente grotescos, graciosos) para posibles personajes.
Ejemplo de algunas de estas notas, algunas triviales, otras asombrosas:
[1]. Lo he visto todo. No obstante ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.
[2]. Se me ha ocurrido un truco para escribir en el tren. Funciona, puedo escribir,pero mal.
[3]. No existe una ‘ciencia nacional’, del mismo modo que no existe la tabla de multiplicar nacional; lo nacional no tiene nada que ver con lo científico.
[4]. Cuando estamos sedientos tenemos la impresión de que podríamos beber el mar entero: eso es la fe. Pero cuando comenzamos a beber, sólo podemos tomar uno o dos vasos: eso es la ciencia.
[5]. Un perro hambriento sólo cree en la carne.
La discreción de esquivar lo autobiográfico sólo es alterada en pasajes muy puntuales que relatan eventos de gran importancia para su autor. Por ejemplo, un encuentro en 1901 con el gran León Tolstoi es registrada muy escuetamente. Chéjov dice que hablaron pero nunca cuenta de qué hablaron. Nunca, ni aun leyendo las notas personales de Chejov, nos enteraremos de qué hablaron estos dos grandes escritores ya no rusos, sino universales.
Ricardo Piglia en sus famosas “Tesis sobre el cuento” cita este pasaje del Cuaderno de notas de Chéjov, a saber:
«Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida».
“La forma clásica del cuento, dice Piglia, está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito. Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento”. De allí, Piglia desprendería la primera de sus tesis sobre el cuento, que es que un cuento siempre cuenta dos historias.
Muchos escritores llevaron cuadernos de notas y apuntes: Lewis Carroll, Walt Whitman, Agatha Christie, Juan Carlos Onetti , Ernest Hemingway, Henry James, Juan José Saer, Virginia Woolf. Cuando uno de estos Cuadernos se vuelve público, viene a plantear (a replantear) las mismas dos viejas inquietudes. Una: ¿Constituyen estos apuntes un género aparte, como las cartas o los diarios personales?. Dos: ¿Qué derecho (derecho moral, se entiende) tienen los herederos y/o editores del finado escritor de publicarle los papeles al tipo? Disquisiciones viejas como el mundo mismo de la literatura, que no pretendemos elucidar en este artículo.
Personalmente, expongo esta conclusión: los Cuadernos de apuntes y notas son material exclusivo para devotos y fanáticos. Yo recorro extasiado las páginas de los cuadernos de apuntes de los escritores y escritoras que amo, y me aburren infinitamente los de aquellos y aquellas que detesto.
Ya lo dijo Oscar Wilde, más o menos así: “Es absurdo dividir a las personas entre buenas y malas. Las personas son encantadoras o insoportables.”
Diego Rodríguez Reis
Revista “Rescate” N°15, Marzo 2019