Retrocedo en la memoria y aún no logro discernir si este Brasil 2014 fue tan apasionante por méritos propios o si ello se debió a que la selección Argentina volvió a jugar siete partidos, por fin otra final, y cortó así 24 años de eliminaciones en cuartos de final o incluso antes.
Para mí, generación 1980, aquella hazaña maradoniana se deshace en lo intangible de la primera infancia; mi mundial hubiese sido el de Italia 90, anterior derrota finalista a manos del mismo verdugo, precedente fractal para esta versión Argentina – Alemania 2014 (je, si tan solo lo hubiese sido la de aquel Méjico 86).
Diría que la principal diferencia con Alemania 2010 y anteriores, dentro mío, fue la manera de verlo, de vivirlo. Hasta entonces, más inserto al sistema de lo que ahora me encuentro, estaba más permeable a la visión que se baja desde las altas esferas del orden futbolístico, la línea que sigue la gran mayoría, lo quiera o no, acepte o no. Este año me encontró desconectado, con un desconocimiento directamente proporcional al tiempo de aire mediático que fue ganando la selección a medida que se acercaba la ansiada ceremonia inaugural, asique con un Mago a la cabeza pulsé el mundial partiendo del convencimiento, de la creación a través de la palabra, de que Argentina se consagraría Campeón del Mundo derrotando a Brasil en la finalísima (versión Nac&Pop de aquel Maracanazo de antaño), y me apliqué a difundirlo con cuanta persona hablase de fútbol, que resultaron ser muchas.
Desde esta lógica fue que tuve el privilegio ya no de volver a alcanzar una final, sino que desde el minuto 0 de Brasil – Croacia volví a ser campeón del mundo, como en el 86, hasta aquel fatídico minuto 113 de la final, cuando aquel muchachito gringo paró la pelota de pecho y definió hasta la red como nunca más en su vida logrará hacer, e incluso después, durante otros 8 o 9 minutos en los cuales estuve convencido que el empate llegaría y en la vía de los penales éramos invencibles. Y siendo la palabra efectivamente creadora, fue fascinante ver que al menos para mí, sin importar realmente el 1 a 0 de la final en el Maracaná que terminaría por ser la primera consagración de un equipo europeo en tierras americanas, la Argentina fue efectivamente campeón del mundo.
A lo largo de este mes Mundialista ya finalizado, en el que se desarrollaron 64 partidos, más de 6.000 minutos de una pelota yendo y viniendo de acuerdo a los intentos de 22 personas que se movían y se corrían detrás de ella, miles de millones de personas frente a un televisor, infinita cantidad de palabras vertidas en todos los idiomas en la forma de opiniones futbolísticas que terminan por construir el inconsciente colectivo de esta pasión de multitudes que paraliza el planeta cada cuatro años, yo visité y disfruté del evento en Río Ceballos, Río Cuarto; Hughes –pronúnciese Ugues–; Beccar, Acasuso, San Isidro, San Fernando, Delta del Parana, Tigre, Morón, Las Heras; Capital Federal; Dina Huapi, El Bolsón, Cipolletti, Villa Llanquín; Esquel, Puerto Pirámides, Caleta Valdés, Sierra Grande; Colonia 25 de Mayo; y Villa La Angostura, en las provincias de Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires, Río Negro, La Pampa y Neuquén.
Tanto viajando a dedo como mirando partidos –todos los que pude– en remotos establecimientos gastronómicos, cortado en jarrito por favor, compartí Brasil 2014 con un sinfín de personas, todas ellas con su propia manera de vivirlo, de sentirlo y palparlo, por más relación que tuviesen con el deporte en cuestión. También fue notable la transformación que vivimos todos nosotros a medida que se sucedían las distintas instancias, y siento evidente que el evento nos ha dejado a todos algún aprendizaje, sea grande o pequeño, y está en cada uno poder capitalizarlo o no.
Primera fase: AMBA (Lo contrario de sufrir es gozar)
Un lugar común: si hay un país que sabe sufrir, esa es la Argentina; que por ésto o aquello, en eso o en lo de más allá, acá se sufre todo, a diferencia de lo que sucede en el resto no sólo de América, sino del Mundo mismo. No alcanzo a identificar hasta qué punto está inserto en la totalidad nacional, aunque creo que bien le vale el calificativo en la City Porteña al menos.
Pero como los lugares comunes suelen hacer, se termina probando una afirmación falaz. No se trata de cómo pasan las cosas en la Argentina, sino más bien de cómo nos tomamos nosotros los argentinos las cosas que pasan en nuestro país. Elegimos casi de manera inconsciente, o idiosincráticamente, como tomar las cosas que acontecen a diario a nuestro alrededor. Llevado al fóbal, materia que nos atañe en este momento, todos y cada uno de los equipos que avanzaron ‘sufrieron’ a lo largo del camino, por no mencionar los que agonizaron hasta quedar a mitad de él; habría que ver que tan sufrientes fueron las otras idiosincrasias. Y además, si así no fuese, si fuese posible que el otro no llegase nunca, el fútbol no sería el fútbol y nos quedaríamos sin esas Cositas Ricas que aparecen cada tanto sorprendiendo a importantes islas y penínsulas.
Deshilachando un poco, creo que el nudo argento se encontró en una especie de profunda desilusión cualitativa, pública y masiva; Messi, el mejor del mundo, el Fideo más fino y más rápido, un gran Kun, todos con Pipita, y una lista que seguía e incluso se daba el lujo de marginar apellidos de similar peso e incluir algunos otros, especiales o no tan conocidos, que generaban extrañas morisquetas en el interlocutor que la oía por primera vez; demasiada magia y ataque y posibilidad neta de gol, construir un equipo de adelante pa’trás. Todo ello sumado a nuestros rivales, compañeros de Grupo F, daban por resultado, en el imaginario colectivo, goleadas y gambeta y tiqui tiqui, taca taca, o lo que fuera.
La desilusión fue encontrar un equipo mucho más adepto al pico y pala que a la fantástica lujuria de caños, tacos, rabonas, gambetas y sombreros –que igualmente hacían relucientes actos de presencia cada tanto–. Para el espectador promedio, aquello era inadmisible, imperdonable; magia y belleza, tanto y tan poco era lo que se exigía, sobre todo teniendo en cuenta las individualidades que conformaban el equipo, que ya que hay cuatro magos en escena, los quiero ver magiar juntos.
En mi modo de ver y de vivir el fútbol, toda la teoría era errónea a partir del mismísimo enfoque, y mientras la disconformidad a mi alrededor crecía, yo veía un equipo en sí mismo, más allá de las individualidades –que de hecho también aparecían en momentos clave–, y que por ende crecía como conjunto; los mecanismos se aceitaban, engranajes más justos, relevo tras relevo, corte tras corte, toque tras toques, paso a paso sí, como el Mostaza, pero para adelante y más allá de los rivales, o incluso aún de los rivales, quienes salían a la cancha más centrados en que la selección no juegue que en jugar ellos mismos.
Hace poco lo escuché a Gustavo Cordera hablando en radio con Tenenbaum (cuyo argumento era que la realidad es una mierda): “Estuve muchos años observando afuera (…), me entrené en eso hasta que en un momento observé que todo eso que veía afuera era como dice la canción Tenete fe; “no vemos las cosas como son, solamente las vemos como somos”. Entonces corrí el velo de mi propia mirada que estaba observando el mundo y me di cuenta que yo proyectaba afuera todo eso que veía, y lo veía en el otro. Cuando tomé consciencia de eso, empecé a voltear la mirada hacia mí mismo”.
Creo que la manera en la que cada uno vivió el mundial Brasil 2014 tiene que ver con esto. En cuanto a mí, tras el segundo partido, resuelto recién al minuto 90+1, decidí dejar de sufrir a la selección y su juego para disfrutar del equipo y su camino a la gloria; elegí conscientemente hacer un giro positivo dentro mío, por más difícil que me fuera dejar el sufrimiento a un lado.
Argentina se impuso 2 a 1 a Bosnia, 1 a 0 a Irán y 3 a 2 a Nigeria; clasificó primera de su grupo con contundencia, más allá de la paridad en los resultados, y se perfilaba lentamente como candidata (al menos, para el resto del mundo). En la ciudad de Buenos Aires, al tiempo en que yo partía, cundía el desánimo.
Octavos y cuartos de final (“Vas, vas complicando lo esencial/lo esencial es el amor”)
Fuera de la gran ciudad ya se percibía un poco el cambio de ánimo; o tal vez sería más correcto decir que en el interior (?) los individuos se toman a sí mismo con menos peso relativo, una menor propensión a la batalla de egos, una mayor aceptación del otro y su mirada, sin necesidad de menospreciarla ni pisotearla.
Suiza fue en El Bolsón, un barrio llamado Entre Árboles donde sospechosamente (?) no abundan los tevés y previsiblemente (!) se vive entre árboles, por lo que éramos unos cuantos ante la señal de la TV Pública –“¡qué lindo volver a verte!”– y haciendo fuerza, cada uno a su manera y, ante todo, sin mayores exteriorizaciones de tinte negativo –en las propias intimidades, cada uno lo sabrá, y en honor de la verdad, alguna que otra puteada se escapó en alguna oportunidad–.
La vertiginosa alegría del gol de Di María a los 118 minutos, cuando casi todos nos veíamos ya en penales, hubo aún de superar aquel centro cruzado-cabezazo-palo-rodilla-y-afuera-apenitas-por-un-pelo, síncope cardíaco para la población en una micromilésima de segundo de aquel tiempo intranscurrible hasta el pitazo final, para luego dar por fin rienda suelta a la tranquilidad de la victoria, cuartos de final otra vez.
Bélgica en Península Valdés. Por la ventana el infinito del océano y en la pantalla el Pipita exteriorizaba el peso que las interminables cataratas de comentarios desagradecidos generaba en el grupo; y siendo él mismo centro de controversia la imagen mostró un ego herido con gran necesidad de reconocimiento, que se punzaba el pecho reiteradamente con el dedo índice –“yo-yo-yo”–, y el pase a semifinal después de 24 años. Curiosamente, una mesa de turistas latinoamericanos daban cuenta de su almuerzo como si lo que en la tele pasaba fuese tan lejano como otra galaxia.
Ver los partidos de la selección era, por estos lares, como en la ciudad y como evidentemente lo era en cualquier lugar de nuestra vasta Nación: una experiencia espiritual agotadora, tanto desde el goce como desde el sufrir, y el post partido de cada juntada estuvo marcado por una cansada alegría en la que no cabían ni los comentarios.
El camino a Brasil en el Maracaná, Finalísima Sudamericana, continuaba como previsto. El equipo se afianzaba sobre la base de partidos de trabajoso protagonismo; cada vez más cómodos y compenetrados en el pico y pala en vez de la varita y galera, de la mano de un Mascherano que terminaría por crecerse tanto que le explotó el tujes.
En la media que el equipo avanzaba la descarnada crítica empezaba a aflojar, a ceder lugar cada tanto a algún piropo, y los conversos se multiplicaban. Seguía percibiéndose un cierto desanimo por las formas, pero resignado –o desplazado– por las satisfacciones del triunfo; eventualmente todos nos fuimos cuestionando, de particular manera, el porqué de vivir así las cosas; porqué terminar a las puteadas si habíamos ganado y seguíamos y todo ello era motivo de alegría, pero cundía igualmente el desanimo.
Hermosas transformaciones, todas iguales pero a su vez distintas y en su intrínseca diferencia se aumentaba el pulso, creciendo no sólo en cantidad sino también en claridad.
Las otras llaves se habían resuelto como era de esperar, pero la baja de Neymar Jr. en los anfitriones dejaba en jaque a una de las piezas fundamentales en la historia del Maracanazo Nac&Pop, Argentina Campeón 2014: tras que no venía pisando fuerte, casi la totalidad de la esperanza verdeamarelha se sustentaba sobre esa espalda que se quebró bajo el impacto de una oscura rodilla colombiana, rompiendo mucho más que un hueso, tal vez la esperanza de una nación –y sí, así de dramático es el fútbol–.
Semifinal (“Lo contrario del amor/No es el odio ni el dolor/Es el miedo”)
Lo que terminó por quebrarse fue el mundial: alguna vez escuché el decir de cierto prócer del fútbol que no recuerdo, mencionando que hay partidos que se quiebran; por alguna razón, la paridad vigente hasta ese entonces se rompe y genera una incógnita absoluta en torno al resultado final, donde cualquier previsibilidad queda hecha añicos. Estas razones pueden ser una expulsión, un mal fallo, algún grueso error propio, u otros factores exógenos al desarrollo del juego en sí mismo.
Y la importancia de aquel momento, ese instante televisado y repetido en cámara lenta, súper slow motion, comentado y analizado y juzgado y condenado que fue el quiebre de Brasil 2014, pudo ser finalmente contemplado en su total magnitud entre los minutos 23 y 29 del primer tiempo del partido entre Alemania y Brasil.
Estación YPF de Sierra Grande, sobre la Ruta 3 en Chubut. Argentinos atentos al devenir brazuca y la sonrisa, casi festejo incluso, tras el primer gol alemán, y pese a que el gesto pudo incluso hasta magnificarse tras el segundo gol, en algún momento de esos extraños seis minutos de fútbol de elite en los que un equipo convirtió cuatro goles viró hacia una expresión de, me atrevería a decir, compasión. Faltaban 60 de los 90 minutos totales y las personas ya se iban: sin la intriga del resultado final, no tenía sentido seguir viendo tanto sufrir.
Así cayó Brasil, con estruendoso estrépito, pero continué el pulso; aquello no importaba y la selección sería campeona mundial nuevamente, como en el 86. Tampoco importaba ese comentario que se escuchaba en el trasfondo de cara al partido de Argentina: que no nos pase con Holanda lo que a los vecinos con Alemania.
***
La Municipalidad de Colonia 25 de Mayo, La Pampa, habilitó un Salón de Usos Múltiples con pantalla gigante y equipo de sonido para todos aquellos que quisieran ver los partidos, y allí terminé aquel Día de la Independencia en el que la Reina Máxima se debatía internamente.
Y fue una fiesta hermosa. Pareciera que la oscuridad reinante allí dentro –en el SUM– y el estruendoso relato que vibraba por los altoparlantes anulaban por completo cualquier intento de demostración egóica, lo que encierra cierta lógica si se piensa bien; sí se palpaba una especie de confluencia hacia la pantalla ante cada avance argentino, explotando en un breve y abortado desborde festivo tras el gol anulado al Pipita –quién seguía palpando demasiado a su yo-yo-yo.
9 de Julio en 25 de Mayo, todo patria y algarabía para festejar todo el partido en unidad, y cuando Romerito finalmente lo hizo y luego la pelota pego en el travesaño y cruzó la línea ahora sí que sí, salimos todos a la calle y allí nos encontramos y reencontramos con todos los otros que salían de sus casas a la calle y el pueblo desfiló y festejó y esa hermosa imagen se plasmó igual en todos lados, cada una a su manera, igualadas ante la esencia misma del festejo y la alegría y algarabía y mostró por fin a todos y cada uno de los pueblos y ciudades y caseríos y campos y estancias y casas y departamentos y villas y countries y todos argentinos y todos festejando que de vuelta a la final… y todos tan distintos y a la vez tan iguales.
Ese sería mi momento del mundial: una noche en la que todos gritamos y cantamos y saltamos en una plaza de un centro de un pueblo, frente a la muni, con un desfile infinito de autos y camionetas y los dos o tres camiones y las motos y las sonrisas, Brasil decime que se siente, como en el 86, y banderas que van y vienen, la invasión de la claridad del día en una noche gris de Colonia 25 de Mayo, provincia de La Pampa, al igual que otras noches, negras o azules, oscuras o claras, de cada localidad en cada provincia de la República Argentina.
Porque lo esencial es el amor, que nos lleva a la unidad en la que se diluye ese yo que tanto nos limita y que crea la ilusión de que somos todos diferentes.
Final (“El amor lleva a la unidad/En la unidad desaparece el yo”)
Para la final ya lo habíamos visto todos: hasta el periodismo más contrera andaba a los ponchazos tratando de hacer el relato de el gol que nos consagrara y que sería el que quedaría grabado y sería repetido en todos los compactos hechos de aquí hasta el fin de la historia, algo como el barrilete cósmico de VH versión 2014.
Llegué a VLA y compartí el momento con la gente que quiero y con el Mago a la cabeza fuimos campeones hasta aquel minuto 113 y más allá. Cada uno de nosotros lo vivió a su manera pero siempre para adelante, deseando lo mejor a nuestros muchachos que jugaron bien e incluso se podría llegar a decir que merecían más, que merecían levantar esa copa, si tan solo el fútbol fuese cuestión de merecimientos.
Cerati dice “nada me importa más que hacer el recorrido” y yo estoy seguro, convencido, que la locura de haber obtenido el campeonato mundial hubiese sido absoluta. Y también estoy tranquilo porque, más allá del destino al que arribamos, logré disfrutar plenamente de este camino de siete partidos que nos regaló el equipo. 24 eran muchos años de sequía y apatía.
Y dejando ya de lado Brasil 2014, exorcizado al fin, espero que como pueblo logremos no abandonar esta unidad que hemos logrado, aunque sea a través del fútbol, más allá del posible sin sabor; que mantengamos el aliento unísono y contundente, ya que todos somos argentinos y tiramos para el mismo lado, siempre.
PD: Teoría que a primera vista podría desbaratar toda la sarasa anterior
El Conspiracionista Que Hay En Mí asegura que la decisión fue tomada, tiempo atrás, en las más altas esferas dirigenciales de la multinacional alemana de indumentaria deportiva Adidas, y ejecutada por las divisiones de diseño de la misma, que mediante un gesto que bien podría ser considerado arbitrario, cuando menos, decidieron que los uniformes argentinos –ambos dos– contaran con detalles dorados y los alemanes no (ECQHEM comprobó recientemente que al minuto 0, y en realidad desde hace varios años, Alemania contaba con tres títulos y nosotros dos, hecho que inhabilitaría cualquier argumento del tipo en honor a glorias pasadas). ECQHEM advierte que éste dato no ha de ser pasado por alto, ya que personalmente no recuerda selección alguna que logre campeonar con doré en su uniforme Adidas; y para más detalles consultar con los españoles: campeones en 2010 con el clásico rojo y azul, detalles amarillos; eliminación en ronda de grupos cuatro años más tarde, casi los mismos jugadores luciendo rojo y dorado de campeón.
Joaquín Domenech
Foto: Facundo Rey
Revista “Rescate” N°8, Junio 2014