El Lic. Francisco se mudó. -Frutillas, esquina Frambuesas… -Un pegoteo empalagoso– pensé. Y se debe haber dado cuenta porque me miró como para saber si lo había entendido. Un tipo tan serio como él… Me preguntaba si el consultorio nuevo sería todo rosado y con guarda de puntillas. No quise imaginar su casaca.
¿Cómo percibo lo real? Ésa era la pregunta. Por más que lo intenté no pude escribir nada sobre eso. Pensé muchas cosas, me sometí a observación y estuve atenta a cada una de mis reacciones, releí la lista breve que él me dio como posible guía orientadora:
¿A retazos, aguzando el oído al tumulto del mundo? ¿Levantando su linterna por encima de los pantanos de la pulsión de muerte? ¿De rebote sobre las vastas extensiones numéricas? ¿Con una lanza apuntando a un imposible contemporáneo? ¿Entre líneas con un toque de poesía?
Yo claro, le di una lectura global a la cosa y no entendí ninguna palabra. Lo miré: -¿Vos cómo lo percibís? –disparé. –Yo elijo buen humor con un toque de poesía –contestó. -Este me está jodiendo– pensé.
Y sí, me estaba jodiendo: esa opción no estaba. O capaz que él lo percibía así, pero igual me estaba jodiendo, ¿cómo se le ocurría preguntarme semejante cosa? Todo porque yo había dicho que me había dado cuenta que lo que quería hacer pensar esa flaca no era real. En otros momentos, este lacaniano fundamentalista, se hubiera metido –y a mí con él- en la dialéctica de la palabreja “real”, buscando establecer qué tan real podía ser que yo supiera lo que la delirante ésa estaba pensando, y de allí conocer su intención en el mensaje que transmitía que era por otra parte una falacia a todas luces y lo hacía con su cara redonda y edulcorada de torta inglesa sin que se le advirtiera un gesto de decente arrepentimiento de su embaucadora actitud. Si él hubiera tomado por ese sendero lógico y sensato, entonces le hubiera contestado contundente: -Porque yo sé “cómo son las cosas”. Y para el fundamento necesario y honesto, le hubiera desplegado el minucioso detalle de los hechos reales.
Claro, ahora que lo pienso, por otro camino y atento a mi estancamiento literario -supongo-, me mandó a laburar la cuestión de lo real metiéndome en las raíces de la cosa. Las raíces etimológicas… je jeje. Y acá es donde aparece la primera punta: siempre fui muy respetuosa de la educación formal de la escuela primaria. Quizá porque le dio a mi infancia la luz que no hallaba en las penumbras silenciosas de mi hogar, sofocantes en mi condición de hija única. Quizá porque he visto cómo iba transformando a tanto chico desamparado, en una potencial promesa de “ser alguien” futuro. O porque hablaban y nos enseñaban sobre cosas concretas, reales, que una podía verificar en la práctica. Algo que había roto aquella armoniosa cotidianeidad fueron los sustantivos abstractos. Me confundía saber que podían existir cosas que no pudieran verse, tocarse… Pero en aquellos días también aparecieron los números quebrados que me causaron una sorpresa mayor, así que me aboqué de lleno a averiguar dónde y por qué causa se habían roto, limitando así el tema de los abstractos a la lista que nos había dado la maestra, la cual memoricé, y santo remedio.
Y mi analista, que es un reverendo ignominioso, me sumerge en las mugres más profundas para saber ¡¿CÓMO YO PERCIBO LO REAL?! ¡No tendrá nada qué hacer, y encima yo le pago! Y no consigo escribir una puta línea. Pero no importa: Frutillas y Frambuesas… Acá es, acá vamos…
“-Hola, ¿cómo estás? –el preámbulo cortés y necesario que no sirve para nada excepto adentrarnos sin abordar con desesperación un tema pendiente- -Hola, bien. ¿Y vos? -Bien, bien. Pasá. ¿Está fresco afuera?-No. Lindo tu…-Sí, viste. Más cómodo, más luminoso. -Es verde. -¿Mh?-Las paredes… son verde clarito. Están buenas. -Ah, sí, sí… ya estaban pintadas así.-¡Ah! Mirá vos… -¿Cómo estás? -Bien… Bueno, ahí… Trabada con la tarea que me mandaste. -Contame…”
-Bueno, mirá, no pude escribir nada. Ni una línea. Pero… no dejó de darme vueltas en la cabeza el tema. Me la pasé observándome, estando atenta a mis acciones, a mis reacciones, a cómo me afectaban las cosas… Y con las cosas, mayormente, no tengo problemas. Las cosas están ahí. Yo las veo, las toco, las puedo oler… Y todos estamos de acuerdo en que ahí están . Ahí está la silla, allá el escritorio, acá y alrededor están las plantas… Todo convencional, todo de mutuo acuerdo, todos felices. El problema surge con los abstractos…
-…
-…
-El tema con los abstractos es que –y esto es lo que a mí me enseñaron en la escuela- no se ven. No se ven, no se pueden tocar, no los olés, ¡no los sentís! Y después, otra cosa que aprendí en el colegio –no en la escuela, en el secundario, digo- es que los abstractos son subjetivos. O sea que para mí, la mina ésa está tratando de embaucar a la gente con su discurso falaz; tiene una intención puesta en eso, lo cual no la hace inocente sino todo lo contrario. Y entonces mi impresión es subjetiva, y como es subjetiva está sujeta a discusión. Sometida a los juicios de otros puntos de vista tan subjetivos como el mío. Pero la cosa es que yo sé que mi impresión es real. Tal vez tiene que ver con que yo sé cómo fueron las cosas, y cómo desde un principio con sutileza las fue torciendo. En un principio yo las iba viendo, pero esperaba para saber si no era algo que a mí me parecía… Hubo gestos, actitudes, palabras que tomaba y hacía propias para acomodarlas… Si te ponés a pensar: usé los sentidos. Entonces, entonces creo que puedo decir que yo percibo lo real con mis sentidos. Independientemente de lo subjetivo, de lo abstracto, y de si estamos todos de acuerdo con mi percepción, o no.
-Fijate, cuando me dijeron que se murió Matías, yo no lo vi; escuché una información. Tampoco lo toqué, y siento la ausencia del último abrazo que no le di. Lo siento en mi pecho, en lo largo de mis brazos, en mis palmas. De hecho, siento su ausencia. Su ausencia es real. Es real el silencio que dejó, la falta de su imagen en mis mañanas. Saber que me estaba esperando siempre al llegar, sus pasos junto a los míos cuando salíamos a caminar… Y entonces tuve plena conciencia de cómo es real la tristeza. La tristeza, viste, es un adjetivo abstracto; entonces no se ve, no se toca, no se huele, no se escucha, y no se percibe con el gusto. Y acá pongo en crisis lo que me enseñaron en la escuela primaria –por primera vez, creo-: la tristeza es una mierda real. La veo en mí, cuando me miro en el espejo; y no es que soy yo vestida de tristeza, es ella que está instalada en mí. Me dilata los ojos, me seca la piel, me aplasta el pelo. Ya te dije del abrazo, que sería el tacto: me duele, ¿sabés? Se me instaló como dolor en el medio del pecho, en el vacío que me quedó entre los brazos, en mis manos que aún perciben el calor del contacto con su cuerpo. Y eso es tacto. ¿El olfato? Su olor perdura por toda la casa, en todos los rincones se lo huele… Y ahí la tristeza se me mete por la nariz, y me agiganta el pecho, y me lo comprime después. La respiro. El silencio… no sé si no es lo peor. Saber que si lo llamo no me va a responder; no escuchar sus pasos, no esperar más a que me llame… Ahí la tristeza es una gran señora, reina. Me aturde ese silencio, y me angustia. El gusto… todo tiene gusto a desperdicio desde que él no está. Y lo que se come es insípido. Es la tristeza la que sazona.
-Entonces la tristeza no es abstracta, es concreta. La percibo con los sentidos y se hace carne en mí. Por eso sé que algo es real, ¿me entendés? Porque lo percibo con los sentidos y se hace presencia en mí. Soy el mismísimo campo de experimentación. La tristeza es real, yo lo sé. Y esa mina, estaba mintiendo.
-Lástima que no emboqué a ninguna de tus opciones…
Vivi Núñez
Revista “Rescate” N°7, Marzo 2014
