La Lengua y la Literatura: Percibiendo lo Real

El Lic. Francisco se mudó. -Frutillas, esquina Frambuesas… -Un pegoteo empalagoso– pensé. Y se debe haber dado cuenta porque me miró como para saber si lo había entendido. Un tipo tan serio como él… Me preguntaba si el consultorio nuevo sería todo rosado y con guarda de puntillas. No quise imaginar su casaca.

¿Cómo percibo lo real? Ésa era la pregunta. Por más que lo intenté no pude escribir nada sobre eso. Pensé muchas cosas, me sometí a observación y estuve atenta a cada una de mis reacciones, releí la lista breve que él me dio como posible guía orientadora:

¿A retazos, aguzando el oído al tumulto del mundo? ¿Levantando su linterna por encima de los pantanos de la pulsión de muerte? ¿De rebote sobre las vastas extensiones numéricas? ¿Con una lanza apuntando a un imposible contemporáneo? ¿Entre líneas con un toque de poesía?

Yo claro, le di una lectura global a la cosa y no entendí ninguna palabra. Lo miré: -¿Vos cómo lo percibís? –disparé. –Yo elijo buen humor con un toque de poesía –contestó. -Este me está jodiendo– pensé.

Y sí, me estaba jodiendo: esa opción no estaba. O capaz que él lo percibía así, pero igual me estaba jodiendo, ¿cómo se le ocurría preguntarme semejante cosa? Todo porque yo había dicho que me había dado cuenta que lo que quería hacer pensar esa flaca no era real. En otros momentos, este lacaniano fundamentalista, se hubiera metido –y a mí con él- en la dialéctica de la palabreja “real”, buscando establecer qué tan real podía ser que yo supiera lo que la delirante ésa estaba pensando, y de allí conocer su intención en el mensaje que transmitía que era por otra parte una falacia a todas luces y lo hacía con su cara redonda y edulcorada de torta inglesa sin que se le advirtiera un gesto de decente arrepentimiento de su embaucadora actitud. Si él hubiera tomado por ese sendero lógico y sensato, entonces le hubiera contestado contundente: -Porque yo sé “cómo son las cosas”. Y para el fundamento necesario y honesto, le hubiera desplegado el minucioso detalle de los hechos reales.

Claro, ahora que lo pienso, por otro camino y atento a mi estancamiento literario -supongo-, me mandó a laburar la cuestión de lo real metiéndome en las raíces de la cosa. Las raíces etimológicas… je jeje. Y acá es donde aparece la primera punta: siempre fui muy respetuosa de la educación formal de la escuela primaria. Quizá porque le dio a mi infancia la luz que no hallaba en las penumbras silenciosas de mi hogar, sofocantes en mi condición de hija única. Quizá porque he visto cómo iba transformando a tanto chico desamparado, en una potencial promesa de “ser alguien” futuro. O porque hablaban y nos enseñaban sobre cosas concretas, reales, que una podía verificar en la práctica. Algo que había roto aquella armoniosa cotidianeidad fueron los sustantivos abstractos. Me confundía saber que podían existir cosas que no pudieran verse, tocarse… Pero en aquellos días también aparecieron los números quebrados que me causaron una sorpresa mayor, así que me aboqué de lleno a averiguar dónde y por qué causa se habían roto, limitando así el tema de los abstractos a la lista que nos había dado la maestra, la cual memoricé, y santo remedio. 

Y mi analista, que es un reverendo ignominioso, me sumerge en las mugres más profundas para saber ¡¿CÓMO YO PERCIBO LO REAL?! ¡No tendrá nada qué hacer, y encima yo le pago! Y no consigo escribir una puta línea. Pero no importa: Frutillas y Frambuesas… Acá es, acá vamos…

“-Hola, ¿cómo estás? –el preámbulo cortés y necesario que no sirve para nada excepto adentrarnos sin abordar con desesperación un tema pendiente- -Hola, bien. ¿Y vos? -Bien, bien. Pasá. ¿Está fresco afuera?-No. Lindo tu…-Sí, viste. Más cómodo, más luminoso. -Es verde. -¿Mh?-Las paredes… son verde clarito. Están buenas. -Ah, sí, sí… ya estaban pintadas así.-¡Ah! Mirá vos… -¿Cómo estás? -Bien… Bueno, ahí… Trabada con la tarea que me mandaste. -Contame…”

-Bueno, mirá, no pude escribir nada. Ni una línea. Pero… no dejó de darme vueltas en la cabeza el tema. Me la pasé observándome, estando atenta a mis acciones, a mis reacciones, a cómo me afectaban las cosas… Y con las cosas, mayormente, no tengo problemas. Las cosas están ahí. Yo las veo, las toco, las puedo oler… Y todos estamos de acuerdo en que ahí están . Ahí está la silla, allá el escritorio, acá y alrededor están las plantas… Todo convencional, todo de mutuo acuerdo, todos felices. El problema surge con los abstractos…

-…

-…

-El tema con los abstractos es que –y esto es lo que a mí me enseñaron en la escuela- no se ven. No se ven, no se pueden tocar, no los olés, ¡no los sentís! Y después, otra cosa que aprendí en el colegio –no en la escuela, en el secundario, digo- es que los abstractos son subjetivos. O sea que para mí, la mina ésa está tratando de embaucar a la gente con su discurso falaz; tiene una intención puesta en eso, lo cual no la hace inocente sino todo lo contrario. Y entonces mi impresión es subjetiva, y como es subjetiva está sujeta a discusión. Sometida a los juicios de otros puntos de vista tan subjetivos como el mío. Pero la cosa es que yo sé que mi impresión es real. Tal vez tiene que ver con que yo sé cómo fueron las cosas, y cómo desde un principio con sutileza las fue torciendo. En un principio yo las iba viendo, pero esperaba para saber si no era algo que a mí me parecía… Hubo gestos, actitudes, palabras que tomaba y hacía propias para acomodarlas… Si te ponés a pensar: usé los sentidos. Entonces, entonces creo que puedo decir que yo percibo lo real con mis sentidos. Independientemente de lo subjetivo, de lo abstracto, y de si estamos todos de acuerdo con mi percepción, o no.

-Fijate, cuando me dijeron que se murió Matías, yo no lo vi; escuché una información. Tampoco lo toqué, y siento la ausencia del último abrazo que no le di. Lo siento en mi pecho, en lo largo de mis brazos, en mis palmas. De hecho, siento su ausencia. Su ausencia es real. Es real el silencio que dejó, la falta de su imagen en mis mañanas. Saber que me estaba esperando siempre al llegar, sus pasos junto a los míos cuando salíamos a caminar… Y entonces tuve plena conciencia de cómo es real la tristeza. La tristeza, viste, es un adjetivo abstracto; entonces no se ve, no se toca, no se huele, no se escucha, y no se percibe con el gusto. Y acá pongo en crisis lo que me enseñaron en la escuela primaria –por primera vez, creo-: la tristeza es una mierda real. La veo en mí, cuando me miro en el espejo; y no es que soy yo vestida de tristeza, es ella que está instalada en mí. Me dilata los ojos, me seca la piel, me aplasta el pelo. Ya te dije del abrazo, que sería el tacto: me duele, ¿sabés? Se me instaló como dolor en el medio del pecho, en el vacío que me quedó entre los brazos, en mis manos que aún perciben el calor del contacto con su cuerpo. Y eso es tacto. ¿El olfato? Su olor perdura por toda la casa, en todos los rincones se lo huele… Y ahí la tristeza se me mete por la nariz, y me agiganta el pecho, y me lo comprime después. La respiro. El silencio… no sé si no es lo peor. Saber que si lo llamo no me va a responder; no escuchar sus pasos, no esperar más a que me llame… Ahí la tristeza es una gran señora, reina. Me aturde ese silencio, y me angustia. El gusto… todo tiene gusto a desperdicio desde que él no está. Y lo que se come es insípido. Es la tristeza la que sazona.

-Entonces la tristeza no es abstracta, es concreta. La percibo con los sentidos y se hace carne en mí. Por eso sé que algo es real, ¿me entendés? Porque lo percibo con los sentidos y se hace presencia en mí. Soy el mismísimo campo de experimentación. La tristeza es real, yo lo sé. Y esa mina, estaba mintiendo.

-Lástima que no emboqué a ninguna de tus opciones…

Vivi Núñez

Revista “Rescate” N°7, Marzo 2014

Hoja de Ruta: Gente del Sur

Para que te despoblaron si no te saben poblar”

Ahonikenk, Rubén Patagonia

Hoy soy un primer poblador, y es mi primera vez. No era mi intención ni lo hubiese imaginado, pero desde el pasado agosto cada vez que miro por mi ventana me encuentro ante la despoblada inmensidad de la estepa patagónica, la imponente soledad de un montañoso desierto que rebosa de vida natural y perpetúa sus ciclos para mantenerse igual en su eterno cambio.

Es en esa profunda soledad donde intento pensar respecto de quienes me han antecedido allí; me comentan que alguna vez ese mismo lugar que habito fue elegido por el cacique Llanquín para instalarse allí junto con alguna de sus cautivas, y no puedo evitar sentir que si, de todo el valle del río Limay eligió aquel sitio, es porque allí hay algo especial. Tiempo después todo cambiaría; el álamo comenzaría con su expansión subcontinental de la mano del hombre blanco, del empuje occidental, y la mutación pobladora se realizó para ya nunca volver a ser igual.

No quisiera aquí adentrarme en la dicotomía originarios – conquistadores porque no solo no cuento con la información adecuada, sino que también me parece en cierta manera inconducente, aunque en cierta parcialidad estemos de acuerdo en que la llamada Conquista del Desierto no fue más que una campaña militar que buscaba eliminar cualquier oposición a la expansión de las fronteras agropecuarias. Es bastante lógico, considerando que en realidad el choque enfrentaba distintas maneras de ver y vivir la vida: mientras que los originarios eran tribus nomádicas recolectoras, con una implícita armonía con la tierra y la naturaleza, el parangón del hombre blanco consistía no en la comunidad con el entorno, sino en la propiedad y explotación de la tierra (este sistema hace imposible la migración en busca de mejores condiciones ya que la propiedad de la tierra actúa como anclaje estático; no se la abandona porque no sólo que necesita del cuidado y manutención de quién la explota, sino que también encierra el siempre implícito temor a que alguien atente contra dicha propiedad), en lucha por modificar la productividad regional hacia algo más rentable, por más que ese gesto terminó por exterminar y expulsar una significante porción de lo que antaño poblaba las tierras, hombres y animales por igual, tal como lo había hecho durante incontables generaciones.

En la cosmovisión que voy construyendo en base a mi pequeña experiencia sería un necio si intentara negar el bagaje casi genético que me constituyó, el hombre blanco que me habita, pero creo que la negación de las culturas previas y sus sistemas de vida en este entorno, que no lo explotaban sino que armonizaban con él, es un grave error porque es, al mismo tiempo, la negación de la riqueza natural que nos rodea.

Hoy, mirando una enorme torre de departamentos por la ventana mientras pienso en todo esto, percibo, intuyo y creo que alcanzo a reconocer una hermosa ventaja de vivir la Patagonia: allí, incluso al día de hoy, todos somos primeros pobladores; las comunidades son pequeñas y más permeables a ser influenciadas, a ser modificadas en pos de un crecimiento armónico, tanto en lo natural como lo social. Somos beneficiarios de una posibilidad única, ya que no se trata de reconstruir algo mejor, sino de crearlo de la forma que mejor conserve el inmenso patrimonio que nos rodea, incorporando en él nuevas formas que sinergicen con la abundancia imperante para lograr más diversidad.

Al mismo tiempo, esto tiene sus contras, por llamarlo de alguna manera: el desarrollo es costoso y no siempre llega en el tiempo y las formas que esperamos, pero hemos de trasmutar esto en algo positivo, y aprovechar este tiempo generoso para visualizar y planificar hacia donde queremos ir, o de qué manera queremos transitar el inevitable camino del progreso, a sabiendas que este no puede detenerse ni ignorarse, y me gusta pensar que se puede vivir una ciudad como si fuera un pueblo.

En cierta manera, lo sucedido en 2011 dio a los angosturenses la posibilidad de convertirse en primer poblador después de una de las más grandes muestras del poder de la naturaleza y la importancia de aprender a convivir con ella, a fluir en un mismo sentido, para obtener así lo mejor que tiene para ofrecernos. Desde entonces, nos encontramos sumergidos en un entorno que año tras año se muestra más exuberante, lleno de riqueza al alcance de la mano, siempre y cuando se pueda comprender dónde y cómo buscar. En concordancia, también como sociedad hemos tenido la posibilidad de comprender la importancia que tiene en nosotros el entorno, y al tiempo que la naturaleza se afianza en este renacer post volcánico nosotros hemos de acompañarla en nuestro sentir para no dejar de lado, anclados en el pasado, los aprendizajes que nos dio.

Hemos de erguirnos como los primeros pobladores de nuestro hogar con la consciencia suficiente como para trasmitir ese sentir de pertenencia, pueblo y fraternidad a todos quienes se acerquen a construirse una mejor vida a nuestro lado. El cambio es inevitable, pero en la Patagonia tenemos aún el privilegio de poder encauzarlo de la forma más armónica posible, siempre atentos a nuestro entorno, tanto en el marco de la naturaleza como en la sociedad de la que formamos parte.

Joaquín Domenech

Foto: Andrés Barragán

Revista “Rescate” N°7, Marzo 2014

Poetas de la Patagonia: Carolyn Riquelme

Para seguir acercando algunas palabras al inmenso territorio de la poesía patagónica actual, y siguiendo con las poetas mujeres, en esta hoja de hoy presento a la barilochense Carolyn Riquelme, poeta capaz de unos versos precisos, delicados y medidos y de otros filosos, lúcidos, y dolorosos también.

Descubrí a Carolyn en los años 90 en Bariloche, escuchándola leer en la legendaria radio Mascaró y volví a encontrarme con su poesía cuando volvió de una beca a la que asistió en Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia, poco después editó su primer libro Andreas y Jardines. Cuando le pregunto, me cuenta que escribe desde que aprendió a escribir, que en tercer grado ya tenía un cuaderno para anotar versos y que siempre escribe ante cierta sensación de impaciencia, sensación que no busca, simplemente a veces ocurre y escribe. Escribe solamente cuando el agua le llega al cuello y es en el lenguaje poético donde se reconoce. Su formación matemática se conecta a su forma de escritura, a ciertas búsquedas que se repiten obsesivamente, a la necesidad de precisión, de limpieza del texto, de conceptualizar, de ahondar en lo cercano, en lo aparentemente obvio.

El barrio, la ciudad, la tierra donde vive pasan por la poesía de Carolyn, afilada observadora tanto del los mundos interiores como de la realidad de su ciudad cruzada por una terrible brecha de desigualdad y división social, capaz de condensar en pocas y bellas palabras el dolor, el amor, la soledad.

En estos últimos tiempos, gracias a las redes sociales, se da el gusto de compartir poemas que han sido desde siempre importantes para ella y otros que va descubriendo: “Me parece que se arma una cadena interesante de difusión de autores. Creo que como nunca en la historia tenemos tan a mano la posibilidad de leer poetas consagrados de todos los tiempos y lugares, y poetas actuales con poca difusión pero de calidad extraordinaria”. Vale la pena acercarse a la gran y desordenada antología que va armando día a día en su facebook y vale la pena acercarse a la poesía de Carolyn, poeta, matemática, amorosa madre de Anita, activa promotora de la poesía patagónica.

Cuatro

I

El tenía sed

Esa era su única posesión

Sed que le brotaba garganta abajo, hasta la orina

Sed, maldita y propia

II

Precipicio de sexo y muerte

y un país ajeno

Posesiones para enumerar en los bordes del amor

Y la soledad, esa rotura

que se le hizo en la infancia

Y la belleza

III

El era un hombre en el desierto

Ventolera de rabia

Tuvo que elegir

Y escogió la brisa en las manos de una mujer

que está en calma

cuando termina el día

IV

Soy la que recolecta días:

horas minuciosas de amor y asombro

Ciega, en resplandeciente oscuridad

Madrecita en las rajaduras de la ceguera

Territorio VII

En este lado sur

del territorio

el desamparo

es una premonición exacta

aprendemos a adivinar la soledad

pero a veces

nada

es tan perfecto

como el subsuelo

cuando se enciende

Carolyn Riquelme nació en 1973, y reside en San Carlos de Bariloche, Río Negro. Es profesora de Matemáticas. Textos suyos fueron publicados en Marcas en el Tránsito”, antología reunida por Graciela Cros (Ediciones Último Reino, 1995) y en Desorbitados: poetas novísimos del Sur de la Argentina, compilación realizada por Cristian Aliaga (Fondo Nacional de las Artes, 2009). En 2001, la editorial “Revuelto Magallanes” publicó Andreas y Jardines.

Cecilia Fresco

Revista “Rescate” N°6, Mayo 2013

La Lengua y la Literatura: Pasional

-Me gustan los hombres, debo reconocerlo.

Con su desasosiego tratando de resolver los problemas que para la humanidad, crearon un rato antes. Me gusta el sudor primero del hombre que trabaja, afanoso por hacerle parir a la Tierra, un fruto más. Me gusta la mano del hombre, gruesa y tosca, curvándose vacilante en una caricia. El pecho fuerte y el abrazo que se cierra intentando proteger de monstruos que ni siquiera imaginan, y que menos aún comprenden…

La tribal camaradería que devora los milenios entre su presente y el de sus primitivos antepasados. Su pretensión de independencia que los hace ir y venir, y venir, y venir… Siempre volviendo al útero. Y me gusta, claro, el sexo del hombre.

Pero más me gustan los hombres que se abren, como una mujer. Que se entregan más que con el pene, con la piel. Que de puro valientes admiten sus temores y sus dudas, como una mujer. Me gustan los hombres que por pudor y encanto, no maldicen -como una dama-, pero que derriban muros de hipocresía y moralina andando desnudos por la vida -como una puta. Me gustan los hombres que se atreven, buscando la igualdad entre los géneros -como nosotras- porque lo vibran desde la parte femenina de su ser.

Me gustan los hombres que no le tienen miedo a la concha. Porque saben, que en lo profundo de su húmeda contundencia habita la sutil presencia del Alma de una Mujer. Y se deleitan en el encuentro mutuo. -Alzó los ojos y lo miró. La primera mirada entre ambos estaba limpia de reproches y prejuicios. Suspiró.

-Me gustan los hombres que no le temen a las mujeres. Que se le animan con palabras suaves, con caricias… Que de puro machos, tiemblan ante la caricia de una mujer. Que piden desesperados que ella siga, y siga, y siga… Para que los despoje de sus miserias, de sus dudas, de sus temores. Para que los vuelva a parir, nuevos, vibrantes, invencibles… Esos son los que entienden de qué se trata la vida. Con esos hombres se puede todo.

Me gustan los hombres que no les temen a las mujeres. Que no las lastiman. Ni las insultan. Ni las desprecian. Ni las agreden. Que no las esconden ni las mutilan. Y que no las golpean. –Alzó los ojos y lo miró otra vez. En la segunda mirada se presintió la inmensidad del encuentro. Suspiró.

-Nunca lo había hecho. Él no me escuchaba. No había forma. Ni en mis gritos, ni en mi llanto, ni en mi silencio… Y menos en mis palabras, que se fueron apagando… Tarde me di cuenta que me había equivocado. No me escuchó… Le dije que lo pensara bien, porque esa iba a ser la última vez. Se rió; y la risa no era humana. Y me escupió, y me pateó, y me golpeó. Y me insultó tanto, y tan terriblemente que casi dejé de ser mujer. Entonces me levanté: y lo maté.

Alzó los ojos para mirarlo una vez más. No había prejuicios ni reproches. El encuentro estaba sostenido ahora por una ternura inexplicable, bondadosa. Suspiró.

-Tarde me di cuenta que me había equivocado, señor Juez. Él no cumplía los requisitos. Me gustan los hombres, sí. Pero ése no.

Vivi Núñez

Revista “Rescate” N°6, Mayo 2013

Patagonia: Lugar de la Utopía (Segunda Parte)

Sólo queda la Patagonia,

que convenga a mi inmensa tristeza…”

Blaise Cendrars, Prose du Transsibérian et de la petite Jeanne de France (1913)

La primera parte de este artículo (Rescate N°2, Septiembre 2011) consistía en un breve repaso de las primeras apariciones de la Patagonia en la literatura universal. Esas menciones originales (Pigafetta, Darwin, Verne) confluían en la impronta mítica, en el rasgo fabuloso. Esa marca de nacimiento, concluíamos, caracterizaría para siempre a la Patagonia en el imaginario colectivo como un lugar, una zona, en donde lo fantástico (y aún lo inesperado) todavía puede suceder.

Y esa posibilidad nos remitió casi inmediatamente a esa palabra tan eufónica: Utopía. La Utopía, universalizada por Thomas More, antes que una palabra, es un concepto, un ideal. El pensador inglés bautizó con este término una isla perdida en medio del océano cuyos habitantes habían logrado el Estado perfecto: un Estado caracterizado por la convivencia pacífica, el bienestar físico y moral de sus habitantes, y el disfrute común de los bienes. En suma, la representación de un mundo idealizado. Sin embargo, en el terreno de lo etimológico estricto, “utopía” es una palabra de origen griego que significa, literalmente, “no lugar”. Entonces, decir “lugar de la utopía” es incurrir sino en una contradicción, al menos en una gran paradoja. Ese es, acaso, el fin último de esta nota.

Para ello, es necesario exponer y discurrir sobre ciertos aspectos de la Patagonia, relacionar ese nacimiento de la Patagonia al imaginario universal con algunos datos de la zona, cuantitativos y cualitativos, y así tal vez dimensionar qué influencias, qué relaciones existen entre aquél descubrimiento y el contexto actual.

Todos los datos con los cuales trabajaremos (espaciales, sociales, históricos) están caracterizados por la marca de la desmesura, a veces al borde mismo de lo fantástico. Ernesto Bohoslavsky, en su reciente libro La Patagonia (de la guerra de Malvinas al final de la familia ypefiana, (del cual hemos tomado el epígrafe), al reflexionar sobre estos mismos tópicos, sentencia: “La Patagonia es el lugar en que lo exótico y lo desmedido son, paradójicamente, lo habitual”.

Si nos atenemos a los clásicos datos cuantitativos, ya la imaginación queda suspendida: una superficie de 787.291 km2, que representan un tercio del territorio nacional, 2.100.188 habitantes (el 5,23% del total de la Argentina, según el Censo Nacional del 2010) lo cual nos da el resultante de 2,66 habitantes por kilómetro cuadrado, el más bajo de las regiones del país. Una comparación que cita Bohoslavsky es significativa e inquietante: el partido de La Matanza, en el SO del Gran Buenos Aires, nos dice, albergaba en el 2001, tantos habitantes como Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego y Río Negro juntos.

En cuanto a la producción (particularmente del sector primario), según los datos que maneja Guillermo Gaudio en Patagonia, pasado, presente, futuro: una visión histórica, geopolítica y estratégica, a fines de los ’90, la Patagonia producía más del 50% de la energía nacional, más del 80% del petróleo y el gas, y el 100% del aluminio. Eso, sin olvidarnos de los sectores secundario y terciario, como el turismo, del cual nuestra ciudad y nuestra región cordillerana dependen principalmente, conformando uno de los núcleos fundamentales de ese servicio a nivel país.

Hasta aquí, los datos meramente numéricos, lo que podríamos llamar (haciendo una analogía química) las propiedades extensivas de la Patagonia. Ahora, las propiedades intensivas. En ese terreno, todo se magnifica, se asienta sobre la pura abstracción: los fósiles de los dinosaurios más grandes del mundo, la mayor reserva de agua dulce de la humanidad, riquezas naturales cuasi infinitas, paisajes que parecen escapados tanto de los bosques de cuentos de Walt Disney y Jack London como de los desiertos de las Mil y Una Noches, mitos y leyendas cuya riqueza y trasfondo espiritual nada tienen que envidiarle a otras cosmogonías acaso más antiguas, como las de la China o la India.

Ahora bien, ¿qué hechos históricos es capaz de producir esta suma de factores, de sistemas geográficos y sociales, si la marca es, como hemos visto, la desmesura?

Bohoslavsky arriesga: “La Patagonia del último cuarto de siglo actúa como una versión extrema de ciertos fenómenos nacionales: todo allí aparece más agravado e intenso”. Y aún más: “…como una metáfora, como un espejo un poco deformado y deformante con respecto a la realidad del país todo”.

¿Cuáles son estos hechos históricos, devenidos fenómenos sociales y políticos de alcance nacional?

He aquí un apunte a vuelo de pájaro de algunos de ellos, acaso los paradigmáticos:

Conquista del desierto. La lucha más larga y cruenta de nuestra historia, iniciada en la época colonial. A lo largo de más de tres siglos, miles de pobladores originarios fueron exterminados sistemáticamente por parte del Ejército Argentino. El informe final que el General Roca ofreció al Congreso sobre esa campaña dice que «14.172 indios fueron reducidos, muertos o prisioneros” (aunque algunos historiadores elevan esa cifra a 35.000). Así, podemos leer en una versión de esa conquista, escrita por el Coronel Juan Carlos Walther: “El gobierno nacional, vislumbrando por anticipado el resultado feliz contenido en el informe del General Vintter, promulgó en Octubre de 1884 la ley 1.532, por la cual dio organización y límite a los territorios nacionales, surgiendo así de su división, las gobernaciones de La Pampa, del Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y de la Tierra del Fuego” (El subrayado es nuestro). “En cuanto al indio indómito”, anuncia aliviado el Coronel Walther, “es ya solo un recuerdo histórico”.

Malvinas. Poco tenemos que agregar a la Guerra de Malvinas, quizá sólo algunos datos significativos. La guerra se desarrolló entre el 2 de abril, día del desembarco argentino en las islas, y el 14 de junio de 1982. Es decir, duró exactamente 73 días. El saldo final de la guerra en vidas humanas fue de 649 militares argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños. Políticamente, la derrota apresuró la caída de la Junta Militar y el advenimiento de la Democracia. Al Reino Unido, por su parte, la victoria le posibilitó al gobierno conservador neoliberal de Margaret Thatcher la reelección en el año 1983.

Transcurrido más de 30 años de la guerra, la ONU continúa considerando los tres archipiélagos con sus aguas circundantes como territorios con soberanía aún no definida, entre la Argentina y el Imperio británico.

Traslado de la capital. En 1986, el gobierno de Raúl Alfonsín inicia el proyecto de traslado de la Capital Federal a la Patagonia, puntualmente a la Comarca de Viedma-Carmen de Patagones. El proyecto demandaría 10 años y costaría unos u$s 5.000.000.000.

Resultan por demás llamativos los posibles nombres que tendría la nueva capital: Argentia, Riomarsur, Patagonia del Mar. El proyecto nunca se instrumentó. Sin embargo, la ley que lo promovió (la 23.512) sigue aún hoy vigente.

Rancho aparte. No ha sido sólo la loca idea de un grupo aislado el proyecto de independización de la Patagonia. Desde que en 1860 Orélie Antoine de Tounens se proclamó “Rey de la Araucanía y Patagonia”, el concepto (cada tantos años) retorna y se instala en el discurso de la calle, periodístico y hasta político.

La más reciente de estas corrientes separatistas es el autoproclamado “Comité de Acción por una Patagonia Libre” (CAPL), la cual nació en enero del 2008. “El pueblo patagónico tiene poco en común con el pueblo bonaerense o con el tucumano”- dicen en su Manifiesto-. “No somos mejores ni peores. Somos, simplemente, distintos”. Del hecho (irrebatible) de que la cultura, el carácter, la idiosincracia, las raíces, el clima, los paisajes, la comida de la Patagonia son distintas de las del resto de la Argentina, desprenden la conclusión de que debe ser un país aparte. Se podría llevar un poco más lejos ese modelo de razonamiento y discurrir qué tan idénticos son el paisaje, el clima, las raíces y la idiosincracia de, por ejemplo, Villa La Angostura y la ciudad de Usuahia. O subrayar la condición (también irrebatible) de que nuestra ciudad está geográficamente más cerca de Osorno (Chile) que del balneario rionegrino de Las Grutas.

Recordemos el tan mentado “Proyecto de Regionalización”, en el 2002. «La regionalización es una nueva pauta de organización territorial», se afirmó en su momento. «Si el proyecto prospera, la gente va a elegir el gobernador de la Patagonia”. La idea era realizar un plebiscito en 2003 en las provincias de la región patagónica para consensuar la regionalización, que funcionaría con un poder ejecutivo, judicial y legislativo unificados para la región. Todos sabemos en qué quedó el proyecto.

Estos cuatro hechos históricos no han sido escogidos arbitrariamente. Todos llevan como una estampa la marca de la Patagonia: la marca de la desmesura, de lo inabordable en cifras, de lo casi fantástico. Si fuésemos malos filósofos, podríamos decir que cosas de este tamaño sólo pueden ocurrir en la Patagonia. Patagonia: lugar de lo exótico, aún de lo épico.

No por nada, continuó ocupando ese lugar simbólico de tierra virgen, de último refugio para rebeldes, locos y soñadores. Representó siempre la posibilidad de escape a una vida mejor, a un lugar sin tiempo donde se puede empezar de nuevo, lo que ha quedado testimoniado en diversas obras paradigmáticas de nuestra literatura, por caso El juguete rabioso de Roberto Arlt, y Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. En ambas novelas, los héroes (o anti-héroes) sólo encuentran la redención en el viaje a ese Sur invisible.

No es la intención de este artículo sacar conclusiones apresuradas o postular soluciones, sino (apenas) dimensionar en el tiempo y en el espacio cómo aquéllas primitivas imágenes de la Patagonia (la huella gigante del Patagón en la playa, la diatriba darwiniana de “tierra maldita”, las menciones en novelas de aventuras) están íntima e indisolublemente relacionadas con nuestra historia (de conquistas, guerras, inmigrantes, locuras, company towns y piquetes), nuestra actualidad (que hoy nos encuentra, por ejemplo, emergiendo de la erupción de un volcán) y nuestro futuro, que todavía está escribiéndose.

Diego Rodríguez Reis

Revista “Rescate” N°5, Enero 2013

Hoja de Ruta: Hora de Reciclar(nos)

Ha finalizado el 2012 y, pese a que algunos barajaron de alguna manera la cuestión del “fin del mundo” según las predicciones Mayas, el sol sigue saliendo cada mañana y cada uno sigue con su propia historia como antes: de la mejor manera posible.

Aunque con la llegada del primero de enero –e incluso antes– perdió su vigencia, y los Mayas podrán regresar a aquel rincón remoto de la historia junto a los Aztecas y los Incas, el fenómeno astral que la milenaria cultura predijo no debe ser dejado de lado.

Durante largas conversaciones con el compañero MB, más docto él en la Cuestión Maya, me explicó que lo que sucedía no era «el fin del mundo» per se, sino el fin de una era, el fin del mundo como venía siendo, para ser el mismo otro mundo que abandonaba una época signada por la oscuridad, que de acuerdo al calendario Maya se prolongó a lo largo de algo así como 5.000 años –o más o menos, pero no es la cuestión, son muchos–.

Según él, ahora hemos entrado de lleno a una era más luminosa, en la que el alma humana se reencontrará con sí misma, dejando lentamente atrás un proceso de profunda autodestrucción que atravesó durante los pasados siglos, donde –creo yo– predominaron las guerras como expresión violenta del odio, y la desigualdad en base a la mezquindad y el egoísmo, oscuros sentimientos que sólo el hombre es capaz de sentir.

Ernesto Sábato escribió que «si hoy la libertad se ve en retroceso en la mayor parte del mundo es porque jamás han estado mejor armadas ni han sido más cínicas las iniciativas de esclavización. El gran acontecimiento del siglo XX fue el abandono de la libertad por los que querían el progreso material, desapareciendo desde entonces una esperanza más en el mundo».

Escribió eso en 1978, y formaba parte del pensamiento que había desarrollado a lo largo de su vida: denunciaba que el hombre se ha transformado en un engranaje de la terrible máquina que lo oprime; o mejor dicho que lo habían transformado en uno. Por aquel entonces la Argentina atravesaba una de sus épocas más oscuras, donde el metamensaje de la brutal represión terminó instalándose, entre otras formas, como el castigo por el compromiso hacia una realidad mejor a través de la acción.

Más de treinta años después aún seguimos pagando el precio de aquel mensaje, y aunque podamos decir que hemos cambiado lo suficiente como para no caer en alguna situación remotamente similar a aquella, tenemos que asumir que los cambios por delante siguen siendo enormes.

Es aquí donde debemos reciclarnos, en el compromiso propio de intentar cada día hacer de nuestro lugar un mejor lugar, con fines honestos y constructivos, en la búsqueda de un bien más allá del propio, dejando el egoísmo de lado y partiendo de premisas tan básicas como que todo individuo tiene derecho a un bienestar mínimo.

Seguimos frente a los mismos desafíos y debemos estar siempre atentos: las iniciativas de esclavización siguen allí, con mayor sofisticación, bajo otras formas o medios, y siempre con el mismo objetivo de explotación, de usufructuar a aquellos que sienten como prescindibles en un mundo sólo apto para el más fuerte, donde el abandono de la libertad sucede a diario, cuando pequeñeces opacan la vista general de una vida que vale la pena.

Quienes hoy detentan el poder y lucharán encarnizadamente para mantenerlo, utilizando cualquier herramienta que esté a su alcance, siempre persiguiendo fines viles, con mucha menor consideración frente a los medios que utilizarán.

Y ante el cambio que se acerca, lenta e inexorablemente, dan pelea sin importar las víctimas, los medios que las generan ni sus consecuencias: desde las guerras con sus incontables muertos y heridos, hasta las crisis económicas con y desclasamiento hacia abajo de las mayorías sociales, en favor de sus propios y mezquinos intereses.

Ello se traduce en quienes parecieran tener un único motivo desde el momento mismo en que abren los ojos y se encuentran de cara a su vida cada mañana: el sentir de transitar un camino o un destino que no es digno de ellos y que, por supuesto, se debe a factores externos a ellos; siempre el otro, aquel o el de más allá, en eterna guardia al cuidado de la quintita propia –la imagen del vaquero sentado en el porche de su casa, meciéndose con su escopeta en la falda; mirada en el horizonte y sus posibles peligros; sentado, a la espera–.

De esa manera, las cosas nunca cambiaran. El cambio a seguir es pasar al acto, a la acción, evitando así la desesperante espera de que algo cambie: toda acción, al ser realizada en la persecución de un fin, tiene consecuencias en el camino que busca, ya que todo cambio se sustenta en la consecución de gran cantidad de pequeñas acciones.

Caer en el facilismo de la crítica exógena evita la autocrítica, fundamental a la hora de mantenerse en crecimiento y desarrollo como persona humana que es. El momento en que estamos seguros de estar perfecto es el mejor para replantearse las cosas: siempre habrá algo por mejorar, y el saberlo hace a un ser mejor, en constante búsqueda de dar más y mejor.

Tenemos que evitar semejante facilismo, con la autocrítica implícita en el acto. Nosotros somos quienes podemos cambiar nuestra situación, actuando en consecuencia de los cambios que queremos o esperamos. Y para ello se requiere compromiso, acción, paciencia y perseverancia.

Hoy los engranajes principales de la maquinaria empiezan a crujir, y ciertos paradigmas van perdiendo vigencia con el mero trascurso del tiempo; el toma y daca no afloja y, aunque por momentos pareciera que recobramos nuestra libertad, que hemos salido de la jaula, despertamos para darnos cuenta que estamos en otra igual, sólo un poquito más grande. 

Ya es hora de aceptar que la situación no tiene fin, por lo menos para uno desde este pequeño lugar que le toca. Pero esto no es tirar la toalla, no: es asumir que toda vida es difícil, y que si uno llega al final del camino siendo consciente que ese cambio no se detuvo nunca, que las jaulas fueron siempre un poco más grandes, mejores y con las responsabilidades implícitas, no tendrá de qué arrepentirse.

Joaquín Domenech

Revista “Rescate” N°5, Enero 2013

Poetas de la Patagonia: Graciela Cros

Hablar de un maestro es un placer y un desafío. Cuando pensé en hacer una aproximación al inmenso territorio de la poesía patagónica, el primer nombre que se me ocurrió es el de Graciela Cros, una de las poetas más representativas de esta zona, por su inmensa obra y por su incansable militancia poética. Todos los que alguna vez pasamos por su taller de escritura creativa tenemos profunda, intensamente marcadas en la memoria esas tardes donde no sólo mejoramos nuestra escritura, sino que conocimos poetas a los que de otro modo no hubiéramos accedido y, sobre todo, donde pudimos reafirmar el compromiso y el amor por la poesía.

Cuando le pedí a Graciela que me contara su experiencia como poeta en la Patagonia para hacer esta nota, como buena escritora, me respondió desde Brasil, donde pasa muchos inviernos, con un mail tan interesante y lúcido que, para hablar de ella, de su trabajo y de cómo se fueron conformando las afinidades e identidades en la región, sólo tengo que transcribir sus palabras:

Cuando iba a escribir para ‘Rescate’ me di cuenta que, estando en un país extranjero donde pienso y me comunico en otro idioma, no me iba a resultar fácil hacerlo. Sin embargo mi memoria me tiró una punta por donde comenzar a explorar, al menos. Recordé esa obra mayor que es ‘Marca de agua’ de Joseph Brodsky. Allí él cuenta que durante 10 inviernos seguidos él fue a Venecia buscando algo que no estaba muy claro qué era, aunque sí, se trataba de escribir. Cito de memoria, estoy, efectivamente en tránsito y sin herramientas de consulta. Yo hago desde hace casi 10 años algo similar, salvando las abismales distancias. Voy a la extranjería. No a cualquiera, sino a ésta, una suerte de segundo hogar donde no ejerzo carácter alguno de viajera y sí de moradora, Y también vengo con el propósito de escribir, como si aquí estuvieran dadas unas condiciones que no tengo en mi domicilio habitual. Necesito esta distancia para ver-me y ver a la Patagonia donde vivo, por elección, desde hace 41 años. Y si me pregunto por qué fui a la Patagonia entonces, diría que lo hice por esa misma sed de extranjería. Ser extranjero supone un desafío y a la vez un descanso ya que no hay demasiado peso de la historia personal en esquinas desconocidas. Fui a la Patagonia a fundar un territorio íntimo sin saber que lo hacía, fui a construir un camino con la sola conciencia de estar caminando y siempre fue conmigo la poesía. ¡Extraordinaria gran compañera de vida! Cuando pienso en mis primeros libros aparece Bariloche y una energía creativa descomunal hacia fines de los ochenta y principios de los noventa. Eran tiempos épicos para la poesía. Se hicieron las jornadas del Encuentro Regional de Poetas ‘La luna con Gatillo’; se hicieron lecturas de poesía y recitales con músicos y poetas en pubs y bares de la ciudad, había un público fervoroso para eso, pienso que ese público aún está ahí, esperando a los poetas, a los músicos. En aquellos años organizamos con un grupo integrado por poetas de Buenos Aires y de Bariloche, unas residencias creativas, convivencias anuales en la playa de Maicolpué durante el mes de enero, donde asumíamos el compromiso de escribir y hacer taller diariamente. Fueron diez años también de intensa producción poética. De hecho, ‘Cordelia en Guatemala’ fue escrito allí. ¿Y los talleres de escritura creativa en Bariloche?, no puedo dejar de detenerme allí. Empecé a dictarlos en la antigua Escuela Municipal de Arte «La Llave», en la calle Anasagasti, en el año 1986. Más tarde continué dándolos en mi casa, en la Biblioteca Sarmiento, en el Centro de Encuentros Culturales del Km.12,4 y en los últimos años en la Galería Centro Cultural La Placita del km. 3,7 de Avda. de los Pioneros en Melipal. Esa tarea docente es para mí la épica mayor. Me conmueve constatar de vez en vez, que un considerable número de poetas de Bariloche ha hecho taller de poesía conmigo. Editan sus libros y al leerlos encuentros textos escritos a partir de consignas que di en taller, eso por sí solo explica toda una vida de militancia en la poesía. Ahora y desde hace tiempo doy difusión a poetas patagónicos en mi blog Una de poetas.blogspot.com que antes fuera una sección del diario digital ‘Bariloche2000’ y donde ha quedado para consulta a manera de biblioteca virtual.  Antes de internet ya tenía esta preocupación, la de difundir a los poetas no tan conocidos de la región, por eso en el año1995 la editorial Último Reino publicó la antología de jóvenes poetas de Bariloche que prologué y seleccioné, ‘Marcas en el tránsito’. De algún modo todos necesitamos en algún momento un ‘rescate’, el mío lo ha hecho siempre la poesía. Mi intención es pasar la posta y hacer de esta necesidad una militancia compartida por muchos.”

Graciela nació en Carlos Casares (provincia de Buenos Aires) y vive en San Carlos de Bariloche desde 1971. Tiene 11 Libros de poesía publicados: Poemas con bicho raro y cornisas (Ediciones Ensayo Cultural, 1968); Pares Partes (Ediciones de la Flor, 1985); Flor Azteca (Ediciones del Dock, 1991); Decimos (Ediciones Bariloche, co-autoría, 1992); La escena imperfecta (Ediciones Último Reino, 1996); Urca (Editorial Libros de Tierra Firme, 1999); Cordelia en Guatemala (Editorial Siesta, 2001); Libro de Boock (Ediciones en Danza, 2004); La Cuna de Newton (Ediciones en Danza, 2007); Hacer la de Elvis (CILC, 2009) y Mansilla (Ediciones en Danza, 2010). Como antóloga preparó Marcas en el tránsito, Antología de Poetas Jóvenes de Bariloche, Selección y prólogo, (Ediciones Último Reino, 1995). En narrativa publicó la novela Muere más tarde (Ediciones Colihue, 2004), Primer Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación por la Región Patagónica, además de tres volúmenes de cuentos de autoría compartida. En 2003 editó el disco compacto Cordelia en Guatemala/ Poemas leídos por su autora. Su obra, distinguida en numerosas oportunidades y traducida al inglés y portugués, aparece en antologías del país y del extranjero. Actuó como jurado en diversos certámenes y formó parte de la Primera Comisión Técnica del FER (Fondo Editorial Rionegrino) en su trienio inaugural (1986/89). Actualmente coordina talleres de poesía y escritura creativa.

PIZZA EN AMAICHA

Justo cuando estoy leyendo un spam imperativo

y macarrónico que dice

Si te encuentras en el dolor, mata tu dolor

 mi hija menor me escribe un mensaje de texto

desde Amaicha del Valle, en Tucumán.

Me quedo absorta pensando en ese español

brutal de máquina traductora

hasta que entra otro mensajito de ella

y entonces pienso en el verde de Amaicha

-que no conozco pero puedo imaginar-,

y en ella que está comiendo una pizza

para festejar su cumpleaños,

en su celebración alegre y tranquila

y la palabra dolor no encaja,

la palabra matar no encaja,

la palabra

no encaja.

LA IDEA DE MODERNIDAD

Ahí donde Ud. nada, ella se ahoga,

dicen que Jung le dijo a Joyce

cuando éste le pidió una opinión

sobre los textos de su hija psicótica.

La anécdota

forma

parte

de

mis

recuerdos.

Mis recuerdos

son

de

otros.

Una

memoria

es

como un campo

de margaritas silvestres

junto al lago.

Un campo

en

trance.

Cecilia Fresco

Revista “Rescate” N°4, Junio 2012

Hoja de Ruta: Histeria Argentina 5

Mientras cruzo el desierto de una mente en blanco plasmada en los pixeles del monitor, una misiva electrónica me arranca del vacío. Hay allí un artículo de Rodrigo Fresán, conocido y admirado de la casa, que desde la tierra de mis antepasados intenta plasmar lo que ocurre en España: cómo cala la difícil situación, cuyos números son verdaderamente espeluznantes, en la gente de a pie.

Homo Scrooge: la evolución de la raza humana hasta ser «una elegante variación sobre el aria perfecta de Ebenezer Scrooge, el pérfido y egoísta hombre de negocios en ‘A Christmas Carol’ creado por Charles Dickens en 1843», alcanzando niveles hasta ahora desconocidos de avaricia y de destreza en el uso de las tijeras, en certeros recortes que empujan lentamente a toda una sociedad hacia el abismo.

Pero no es ésta la primera vez que el autor describe un abismo, o las instancias previas a la caída en él. Abriendo la noventosa década, con la hiperinflación de 89 presente en la piel, en 1991 fue publicada por primera vez la Historia Argentina según Fresán, que alguna vez consideré -y lo hago aún- como «un producto de su época, ágil pero no fácil, (…) con ritmo de video clip. Un muy completo panorama de qué fue lo que se vivió en nuestra Argentina entre 1970 y la instauración democrática, aunque con cierto grotesco».

Ya sabía qué buscaba cuando saqué el libro de mi biblioteca: Capítulo 6, Histeria Argentina 2. El apartado narra las vicisitudes de la desaparición de la novela Histeria Argentina, una novela «que trata sobre la histeria de las mujeres argentinas en general, y sobre la histeria de una mujer argentina en particular».

Elegí titular “Histeria Argentina 5” porque quisiera discurrir un rato sobre ella, aunque no de las mujeres en general y mucho menos de una en particular, sino de la sociedad argentina en su totalidad: parto de la premisa que la imagen que percibe un buen número de argentinos se resume al personaje A de dicho capítulo (NdR: Le puse el número cinco para permitir a Fresán continuar con su tesis en caso de quererlo, con el 3 y el 4(?)).

Tras cruzarme con Dickens nuevamente, identifico e investigo el personaje. La cuestión con A es que siempre le pasan «cosas espantosas», y podríamos decir que es esto es lo que creen muchos de nuestros compatriotas a diario. Se preguntan asiduamente porqué a nosotros los argentinos nos pasan siempre cosas espantosas, por qué estamos relegados a ser meros sudacas del mundo y ese destino de grandeza que rige nuestras vidas continúa siendo tan esquivo.

Pese a que lo que Fresán nombra Homo Scrooge nos suena a película que ya vimos, y cuando miramos un poco más allá y atendemos a lo que diarios y noticieros informan sobre lo que ocurre en España y el resto del Viejo Continente, no nos queda más que ver nuestra imagen reflejada en un espejo, petrificada en aquellos momentos de inicio siglo XXI que la Argentina empezaba a transcurrir la peor crisis de la era democrática.

Encontrarse con versiones españolas como «la amputación de la paga de Navidad»; «un gobierno que hace todo lo contrario de lo que dijo que haría»; ajustes, recortes, tijeretazos, puñaladas y hachazos; aumento del IVA hasta el 21 por ciento para que «crecer y educarse y arder o pudrirse sea mucho más caro de lo que era»; donde «algún que otro banquero pide disculpas, algún que otro juez obliga a devolver los ahorros a un cliente», nos suena demasiado a documental sobre nuestro país allá por 2001.

«Basta con pensar en lo peor posible para que lo peor no sólo suceda, sino que sea incluso superado por un nuevo golpe de trama», dice Fresán. La respuesta es una palabra: syneidesis, pero ya llegaré a ella más tarde. Hoy, cuando miramos para arriba desde nuestro culis mundis patagónico, las llamas parecieran distinguirse en el horizonte. Y con los temblores que llegan desde el hemisferio superior, aquel mundo que tantos argentinos gustarían emular, o creen pertenecer -los países serios dicen-, nosotros nos encontramos viéndolo como reminiscencias de una juventud complicada. 

Así y todo, espurulan por el territorio de la patria muchísimos ejemplares que sienten, verdaderamente y en lo profundo de su ser, que nuestra Argentina explotará nuevamente, ya que aquí verdaderamente no pasa nada bueno en lo absoluto. Uno conversa con ellos y lo que más sorprende, lo que a mí más me asombra, es cómo les resulta imposible la mera admisión de algún cambio que haya hecho del país un mejor lugar. En caso de que sea «una buena idea», ello no importa porque se critica la implementación, la forma, el contenido, la concepción u ejecución; lo que siempre sobresale son los ejemplos negativos, tirando por tierra la inmensa mayoría de casos que los beneficios son tangibles: «mejor que no se haga nada», dicen, sin nunca dejar caer algo que se asemeje a lo que ellos considerarían una propuesta superadora.

Así como Fresán tiene su Gente con Walkman, yo incluyo a la Gente enojada; seres los que a partir del preciso momento en el que salen de la cama consideran su vida como una serie de macabros eventos que conspiran para que nada salga bien, para que todo sea malo: se demoró el colectivo, los piquetes, la condición de la educación pública, la falta de inversión extranjera y que no se consiguen dólares, hasta el hambre de chiquitos en Salta son los terribles pesares de una nueva clase media a la que nada le resulta suficiente, una progresía educada para la que su país bananero ya no es suficiente, porque ellos son gente seria, primermundista.

Y el problema central es la íntima traición que sienten hacerse a sí en caso de asumir algo bueno en la actual gestión de los últimos años, y por ello suelen redoblar sus esfuerzos por que todo parezca negativo, al borde de la catástrofe, con agoreros pronósticos que, afortunadamente, siguen sin cumplirse.

Un hermano del alma me mostró hace poco el cortometraje Syneidesis, de Víctor Brossa, que ilumina hacia un camino contrario. Un modo de pensar anclado en la capacidad creativa de cambio, inherente al ser humano, frente a la realidad que nos rodea.

Brossa también describe una conspiración: el arreglo general impuesto desde los poderes fácticos para mantener a la humanidad domada, controlada mediante las palancas del miedo y del consumo desenfrenado, utilizando la tecnología para aislar las comunidades en unidades más inconexas que permitan su fácil manejo, la instauración de la competencia en oposición a los esfuerzos mutuos desinteresados.

Pese a mi creencia de que todo es político, prefiero creer mi análisis algo más humano. ¿Qué quiero decir? En orden de poder cambiar un poco más nuestra realidad, primero debemos aprender a disfrutarla plenamente, a expresarla desde el amor y no desde el enojo o la desidia, y lograr transitarla con alegría ante la belleza que el mundo nos ofrece. Tendríamos que aprehender el hecho de que para que logremos cambios sustanciosos que nos transformen para mejor, sólo necesitamos visualizarlo con sana expectativa y centrar nuestras energías internas en conseguirlo.

Fresán considera en Historia Argentina: “Y por otro lado estamos todos nosotros, cada uno con una visión diferente del universo, cada uno con una manera diferente de entender las cosas. Imposible para cada una de las partes del universo llegar a comprender el universo como un Todo Indivisible”.

Éste es el paradigma a quebrar. Tenemos que distinguirnos como parte del Todo Indivisible y hacer nuestro aporte directo y diario para que este mundo logre transformarse en un lugar donde primen la unión, el amor y la justicia, no el resentimiento, la envidia, el odio y el egoísmo que engendran la violencia a causa de factores mezquinos. La Humanidad entera debe urgentemente transformarse en una Hermandad que nos permita utilizar todos los conocimientos adquiridos a lo largo de la historia para hacer de nuestro mundo un gran universo igualitario, y no un lugar donde “con menos de la mitad de la fortuna de los ricos se pagan las cuentas pendientes de la Eurozona».

Joaquín Domenech

Revista “Rescate” N°4, Junio 2012

Luis Alberto Spinetta: Canciones Para los Días de la Vida

Vine al planeta/ vine despierto/ vine a encontrar la paz…”

L.A.S., “Vine al planeta”

Seis días han pasado desde que nos abrumó la noticia de la partida del Flaco. Recién hoy (martes catorce de febrero) pude juntar fuerzas y ánimo para escribir algo. Fuera de los clásicos lugares comunes (y tan ciertos en este caso) de que su música nunca nos abandonará, de que su espíritu siempre estará entre nosotros, lo indiscutible es que su cuerpo físico nos ha abandonado. Y eso es innegable y triste.

Cuentan que en la Antigüedad clásica, el griego Solón lloraba la muerte de su hijo y un pedante (de los que nunca faltan) lo increpa:

-¿Por qué llorás, si sabés que es inútil?

-Por eso- le contestó Solón-. Porque sé que es inútil.

Es necesario el duelo, entonces.

Pero aquí y ahora se hace también necesaria, urgente otra cosa, el testimonio acaso. Porque el Flaco es (me cuesta tanto decir “era”) un artista, un verdadero artista, quiero decir. Y un artista es aquél que más allá de proponernos su mirada y su voz particular de las cosas, generándonos respeto y admiración, es aquél que nos obliga a responder, a hacer, a actuar. Los grandes artistas no nos dejan quedarnos quietos.

Soy un escritor (sureño, patagónico, desconocido). Y como escritor, he sentido que, de alguna forma misteriosa o no tanto, el Flaco me ha impulsado, me ha casi obligado a escribir. Ahora mismo, en este mismo instante, está sucediéndome. Porque el Flaco te decía lo que te decía, pero detrás de eso había otro decir, un mensaje que vos sentías que si estabas atento podías captar, percibir, atraparlo y hacerlo florecer.

Las luces que saltan a lo lejos/ no esperan que vayas a apagarlas”, te decía el Flaco. “Lo que está y no se usa nos fulminará”, decía. “Las almas repudian todo encierro”, nos decía a todos.

Luz, vida, libertad: todo eso respira su música.

Nos dejó docenas de discos, cientos de canciones, miles de versos que seguir repitiendo, comprendiendo, recreando.

Nos dejó un libro de poemas en donde también dejó impresa su magia y su misterio:

Este verdadero poema

no ha sido resuelto aún

pero quiere vivir bajo su forma

aquí

como sea…”

Nos dejó un mapa para entender y descifrar este mundo de locos y fascistas. Para luchar contra todos los males del mundo.

Nos dejó todo eso libremente, como le gustaría decir a uno de sus grandes inspiradores: “…a todos los iluminados verdaderos que pueden quedar en este mundo que se pierde.” (Antonin Artaud, Heliogábalo o el Anarquista coronado).

Desde aquél primer verso inolvidable: “Para saber cómo es la soledad…”, del primer simple de Almendra (1969), hasta la última frase de la última canción, “Para soñar”, de su último disco de estudio, “Un mañana” (2008): “En tus ojos me ví caer/ y en tus labios me perderé/ para soñar, para soñar…”

Entre aquél primer y éste último verso hay 39 años de historia: tres generaciones, hombres y mujeres, nosotros mismos viviendo, persistiendo, llorando, riendo y soñando con los discos del Flaco como música de fondo, la banda sonora de nuestras vidas.

Uno de mis primeros recuerdos es el de mi viejo Nelson cantándome, en la siesta del barrio de La Boca, “Plegaria para un niño dormido”. Y qué maravillosa mágica emoción sentí (nostalgia y esperanza en el mismo fugaz instante) cuando les canté la misma canción (guitarra en mano) a mis hijos Iván y Nicolás. No puedo siquiera vislumbrar lo que será cuando ellos hagan lo mismo con sus propios hijos, allá, en el invisible futuro.

Pero eso nada más, esa triple posible escena basta para probar el alcance, la grandeza, la inmortalidad del Flaco.

Dale gracias, sí. Démosle gracias todos. Por habernos dejado canciones para todos los días de la vida.

Así que, sin más vueltas, qué más decir que no sean citas o lágrimas encubiertas, qué más escribir sin caer en esos redondos lugares comunes y tan verdaderos en este caso, único y excepcional.

Sólo decir que aunque su cuerpo físico ha partido, su música nunca nos abandonará, que su espíritu estará siempre entre nosotros, hablándonos, acompañándonos durante el resto de la eternidad.

Y que siga la melodía…

Diego Rodríguez Reis

Revista “Rescate” N°3, Marzo 2012

A Treinta Años de Malvinas: Salir de la “Pichicera”

“…Testigo de tu llanto fue,

lucero de tu ofrenda fiel

consuelo lejano del ayer,

recuerdo del fuego de tu ser.

Allí estás hoy, soldado de mi tierra,

en tus Malvinas eternas,

celeste y blanco en tu alma,

en tu entierro y en tu herencia”

El fuego de tu huella”

Ana Gabriela Muente, Abril 2007

Fogwill escribió Los pichiciegos durante la última semana de la guerra de Malvinas; la rendición del 14 de junio de 1982 lo agarró en plena redacción,pero para el 17, él ya le había puesto punto final a la primera obra de la literatura nacional malvinense (?); categoría que, en sí, no cuenta con un extenso listado que la componga –por lecturas propias, sólo puedo incluir a Rodrigo Fresán, quién en su novela Historia Argentina dedica tres capítulos a la guerra, aunque, tras una breve y nada rigurosa búsqueda encontré Las islas, de Gamerro (1992), Memorándum Almazón, de Juan Forn (1992) y Darwin, de Eduardo Belgrano Rawson (2007)–.

La historia de los pichis es oscura –oscura–, como los son ellos, viviendo bajo tierra. Como lo fue la guerra. Como lo fueron las razones de aquellos quienes, ilegítimamente, creyeron poder decidir respectoal futuro de la Argentina. Como ha de haber sido esa semana para alguien que, evidentemente, estaba más allá del relato que se intentaba imponer mediante el uso indiscriminado de una prensa afín a esos oscuros intereses–aquel famoso ¡Estamos ganando!, tapa de revista, logo rojo, tipografía amarilla–.

Pero la oscuridad no toma partido. Fogwill ubica a los pichis justo en el medio. Aquí no hay patriotismo, ni heroísmo, ni épica; la supervivencia en su máxima expresión; tratando con Dios y con el Diablo, o más bien, dado que Dios andaba por alguna otra parte, con cualquier diablo, y así, en minúsculas mejor. Porque ellos son así, los pichis: ajenos a nacionalidades que no sean la Pichi; para ellos el argentino, o inglés, no son más que males necesarios de supervivencia.

Y desde allí es de donde intenta adentrarse en aquella parte de la generación del sesenta y tres que tuvo que ir a combatir; todos aquellos jóvenes, la mayoría del interior del país, que ignoraban lo que estaba en juego y los forzaba a estar allí, enterrados en el barro, sufriendo aquel terrible frío que los adormecía poco a poco; frío estepario patagónico de pleno otoño. Es a través de estas voces que Fogwill se expresa por la superficie de la realidad nacional y denuncia las desapariciones y los métodos utilizados, pone sobre el tapete la incredulidad de una juventud desinformada frente a una realidad cada vez más patente.

Creo que también, de alguna manera, consigue retratar la relación que tendría el Estado argentino con las Malvinas en los tiempos que seguirían tras el ya, a esa altura, previsible final de la dictadura: años de oscuridad, como si todo el asunto –sea la derrota o, lo que es peor, la soberanía de ese territorio colonizado en 1833– se barriera bajo la alfombra. Desde entonces, lo único que hizo la democracia argentina respecto de la causa Malvinas, fue la pronunciación en la reforma constitucional del 94, donde en su primera Disposición Transitoria establece que «la Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional./ La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino». Una declaración que, pese a tener un contenido y significado de gran valor, quedo largo tiempo en eso, una mera declaración –sin querer menospreciar la importantísima gestión de aquel canciller menemista , Guido Di Tella, quien quería arrojar ositos Winnie Pooh desde un avión para conquistar el corazón (?) de los habitantes de las islas–.

En los últimos días, mientras se acerca el trigésimo aniversario de la Guerra de Malvinas y a causa de la presencia de un moderno destructor inglés en las islas –tal vez relacionada con el entrenamiento militar de un príncipe allí–, el Estado Argentino está dando los primeros pasos para salir de la oscuridad y retomar las gestiones diplomáticas iniciadas en la Organización de Naciones Unidas (ONU) allá por el año 45, posteriormente abandonadas por la dictadura y su nefasta decisión de 1982.

Estos pasos, pequeños de por sí, han suscitado, sorprendentemente a mi entender, de las más variadas opiniones, siempre inmersas en la dicotomía interna oficialismo/oposición. Las contras abarcan desde el «la guerra ya la perdimos hace rato, así que dejémonos de joder» (Lanata dixit) hasta el derecho de autodeterminación de los habitantes a ser Ingleses, esgrimido recientemente por un grupo de intelectuales, y que es uno de los principales argumentos ingleses para mantener la ocupación.

Frente a estos argumentos, que me sorprende sean esgrimidos por personas que se dicen argentinos, me gustaría recalcar un par de cosas: el Comité de Descolonización de la ONU examina anualmente, desde 1965, la situación de las islas Malvinas, considerándolas en la actualidad como uno de los dieciséis territorios no autónomos que hay en el planeta; la denuncia por la militarización del Atlántico Sud y el llamado a negociaciones diplomáticas han tenido diversas repercusiones a nivel internacional: desde el apoyo de todas las naciones sudamericanas hasta la pronunciación de los EEUU, histórico aliado inglés, a que se retome el diálogo; inclusive llevó a España a renovar su reclamo por el enclave de Gibraltar.

Y también hacer un par de aclaraciones. No me parece que, detrás del renovado reclamo, haya intención de erradicar a los actuales habitantes del archipiélago, ni de forzarlos a declinar de su ciudadanía inglesa. Incluso nuestra Constitución Nacional les ofrece la posibilidad de ganar más autonomía aún, ya que, en caso de ser las islas declaradas la vigésimo cuarta provincia, por ejemplo, podrían elegir su propio gobierno, legislación civil, sistema educativo, contar con representantes en el Congreso de la Nación y, además, tendrían el dominio originario de los recursos naturales en su territorio. Cosas de nuestro tan mentado federalismo.

Personalmente, aplaudo la decisión del gobierno en la renovación del reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas; que abandonemos, casi treinta años después, la postura pichiciega adoptada tras la derrota de 1982. Creo que la recuperación de la soberanía sobre el archipiélago es la mejor manera de honrar a los 649 argentinos que murieron en la guerra, a los que los siguieron a causa de los estragos que ésta les causó en el espíritu, y a todos los héroes que, al día de hoy, aguantan las heridas que no cierran.

Por Joaquín Domenech

Revista “Rescate” N°3, Marzo 2012

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